Uno de nuestros editores se puso a jugar con una app y un precario programa de edición y comiqueó un diario del encierro autoficciónal, que publicamos como muestra de la “creatividad de cuarentena”.

FLAVIO LO PRESTI

Hace literalmente dos días, mi hijastra Amelia y yo jugábamos a algo para lo que el cuerpo ya no me sirve, entonces le ofrecí (ya que es una fanática del dibujo) que buscáramos un programa para dibujar historietas en la computadora. Sabiendo que los artistas del cómic trabajan con instrumentos digitales se me ocurrió que sería fácil, pero después de un rato de hurgar lo único que logramos fue crear, peinar y llenar de accesorios a un avatar adolescente femenino, moverlo un poco por una habitación, hacerle decir alguna maldad encerrada en un globo fantasioso. Conseguimos, con un programa gratuito, hacer una tira muy elemental con la que Amelia estuvo satisfecha unos minutos (había un gato), y después se olvidó y se fue a dormir, pero yo no.
No soy constante. Ni siquiera podría definirme con uno de esos adjetivos polimodales que la gente usa para ubicarse en un tablero de cualidades, asistida por una fecha de nacimiento y supersticiones prestigiosas. Soy más bien un desordenado, malcriado por unos padres muy buenos pero con pocos instrumentos para la tarea. Por lo tanto, no sé nunca bien dónde poner mi esfuerzo, ni cuidar mis intereses, y cuando se me ocurre que tiene que haber un programa para dibujar cómics con relativa facilidad, no me voy a dormir sin terminar la búsqueda. Le escribí a Nicolás Brondo, gestor del regreso de la enorme llantodemudo, pero Nico (que dibujó la tapa de mi segundo  libro) desconocía que hubiera un programa para tales fines. Él es un profesional del dibujo, y era probable que desconociera una herramienta para burros y vagos.
Pero unos minutos más tarde le escribí a uno de los dos Nicolás León que conozco, ex alumno mío en la escuela Sagrada Familia que, después de tener una banda de música de Animé y aprender a dibujar historietas de la nada, terminó dibujando para Marvel y ahora vive en Tokio. Nico, de todo modos, no sabía nada de un programa con esas utilidades, pero mientras tanto yo había ganado terreno y, buscando una vieja aplicación que estuvo de moda para hacernos retratos expresionistas y cubistas a todos, encontré una app que volvía cómics tus fotos. Una hora más tarde encontré un programa viejísimo para Windows que permitía crear paneles. Hice dos historietas que se referían exclusivamente a Amelia y la tarea, en las que su madre era una especie de ogro que la obligaba a cumplir con sus obligaciones escolares y nuestra gata más vaga, Pachita, terminaba los últimos cuadros haciendo mofa de los humanos.

Mi hijastra Amelia posando como protagonista de una slayer movie

La desperté al día siguiente con esas dos historias, y tuve el beneficio inmenso de ver a Amelia leer los dos minicómics riéndose y con gran interés.
Pero yo ya estaba embalado, y había hecho las primeras dos páginas de la historieta que publicamos hoy. Vamos a decirlo rápido: eso no es una historieta, pero no como aquello no era una pipa. Esto no lo es porque yo desconozco casi todo sobre el arte de la historieta, sus leyes más rudimentarias. Ni siquiera tenía un guión, solo un incidente absurdo hacia el que la historia se dirige. Por lo tanto, el guión es tremendamente endeble, y en las más de veinte horas en las que fue gestado y producido, cambió tantas veces como sea imaginable, conservando siempre solamente el chiste escatológico que está en el final. Por lo tanto, la razón por la que lo publicamos no es su calidad, sino una suma de razones que detallaré brevemente.
La primera es mostrar instrumentos que, casi desconocidos, están ahí para que cualquiera (con más tiempo, más talento, más paciencia, menos urgencia) pueda darle toda la salida que necesite a su creatividad. De nuevo, repito: no lo comparo ni de cerca con lo que hacen los profesionales del cómic. Pero uno no juega profesionalmente al fútbol, y lo hace igual, y la pasa muy bien. Así la pasé yo haciendo esto, atragantado por un entusiasmo (diría J. C.) “casi perverso”.
La segunda razón es mostrar una variante bizarra del modo en que podemos pasar la cuarentena: no estamos sugiriendo, con esta estupidez que publicamos hoy, que todos debemos ponernos a hacer cómics, a hacer canciones o a tejer al crochet. Pasar la cuarentena  mano sobre mano o haciendo la muralla china con fósforos en el patio de casa me parece exactamente lo mismo, pero bueno, así la pasé yo los últimos días, y da la casualidad de que trabajo en este sitio.

Amelia y Lali en el comic de circulación interna contra la tarea en cuarentena

Eso nos lleva a la tercera razón: en este sitio somos varios editores, que tenemos una ya larga relación también afectiva, y la organización de esa situación tiene sus bemoles y sus momentos de impulsividad. Yo le comenté a uno de ellos que estaba jugando con esto y empezó un entusiasmo que terminó asignando el lugar del viernes a Escritor fracasado, el cómic que (quizás) lean hoy (Pero ellos son completamente inocentes, no habían visto el ignominioso contenido. No han visto este material que hice en un día, día y medio).
La última razón es que es muy divertido verse “dibujado” como un payaso.. Y que probablemente sea un espanto, y liquide mis pocas acciones como escritor y crítico. Pero como diría el escritor del cómic: ¿A quién le importa?
Ahora el cómic: por un lado, su guión es más endeble que el de Blade Runner;  por otro, hay páginas mejor logradas que otras. No tiene nada que ver con un supuesto saber: no-sé-nada, lo repito. ¿Por qué lo hice? Porque leí un libro de Neil Gaiman la semana pasada, porque cuando era chico dibujaba bien pero nunca pude superar algunos escollos. No me salía hacer buenos cómics pero era fanático de las historietas de la editorial Columba: el cómic fue mi primera educación como lector de narrativa. En mi casa y en casa de mis tíos había cientos de Nippur, D’artagnan, El Tony, Fantasía e Intervalo. No me voy a poner nostálgico, no hace falta. Lo hice entonces no por un afán “artístico”, ni por creer que puedo hacer “cómics”, sino para jugar a hacer uno.
Finalmente, el contenido: el personaje es incoherente en tanto que personaje, pero ahí donde sigue siendo un personaje, es horrible. Es altanero, vago, violento, mala leche, prejuicioso, sucio, evidioso, cobarde y desconsiderado. No digo que no comparta algunas de sus características, pero he procurado mantenerlas a raya, así que ese sujeto con mi cara, mis circunstancias y mi vida familiar no expresa mis opiniones, ni me representa. Con respecto a otros monstruos de la ficción tiene una ventaja y una desventaja: la ventaja es que es insignificante, no dañino en gran escala, aunque no me gustaría que comparta su vida con alguien cercano a mí; la desventaja es que, a diferencia del Humbert Humbert (por poner un ejemplo) estoy seguro de que no merece la existencia como personaje de ficción.
La razón por la que el núcleo del relato parece rebajarse a un humor de escuela primaria me parece demasiado obvia para comentarla.
Los dejo, entonces, con el producto de mi único día de trabajo como artista del cómic (el link a issuu es para que puedan verlo en formato de revista).

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