Tres poemas de Philip Larkin

Estas piezas pertenecen al último libro de una de las voces más importantes de la poesía inglesa de la segunda mitad del siglo XX.

Marcelo Cohen, traductor de los poemas que integran Ventanas altas, considera que este libro de 1974 es el más equilibrado, más completo de los que Larkin publicó. “Fue el último. Contiene piezas muy tenues, junto a otras sanguíneas y otras apropiadamente siniestras. Pero incluso estas son, en un sentido nada crepuescular, invitaciones a la aceptación. Observaciones de la vida como aprendizaje de lo contradictorio. Elogios de la necesidad de elegir: cantos de entrega.”

Ventanas altas

Cuando veo una parejita e imagino
que él se la coge y ella toma
píldoras o usa un diafragma,
sé que es ese el paraíso

que todo viejo soñó la vida entera:
ataduras y prejuicios desechados
como una cosechadora obsoleta, y/ los jóvenes
deslizándose sin límites, ladera abajo,

hacia la felicidad. Me pregunto si
cuarenta años atrás, mirándome,/ alguien
habrá pensado: Eso es vida;
nada de Dios, ni de sudar de noche
pensando en el infierno, ni de ocultar
lo que opinas del pastor. Ese y sus
amigos se deslizarán, maldita sea,
libres como pájaros. Y de inmediato,

más que en palabras, pienso en ventanas altas:
el cristal en donde cabe el sol y, más allá,
el hondo aire azul, que nada muestra,
y no está en ninguna parte, y es interminable.


Sea este el verso

Bien que te joden tus papis.
Aunque no adrede, lo hacen.
Te llenan con sus defectos
más algunos especiales.

Pero a ellos los jodieron
viejos necios atildados
que cuando no estaban rígidos
se peleaban como gatos.

Heredamos la miseria
como zócalo marino.
Escapa lo antes que puedas
y no busques tener hijos.


Dublinesca

Por callejuelas de estuco
donde la luz es de peltre
y en las tiendas la bruma obliga
a encender las luces sobre
rosarios y guías hípicas,
está pasando un funeral.

La carroza va adelante,
pero detrás la acompaña
a pie una tropa de mujeres
con anchos sombreros floreados,
vestidos hasta los tobillos
y manguitos de carnero.

Hay un aire de amistad
como si rindiera honra
a una que era muy querida;
algunas se alzan las faldas
distramente y dan saltitos
(dos palmas marcan el tiempo);

y también de gran tristeza.
Mientras siguen su camino
se oye una voz que canta
para Kitty, o Katy, como
si el nombre hubiese albergado
todo amor, toda hermosura.

Philip Larkin. Apenas cuatro libros de poemas publicados entre 1945 y 1974 le alcanzaron para convertirse en una de las voces más importantes de la poesía inglesa de la segunda mitad del siglo XX. Nacido en Coventry, Inglaterra, en 1922, toda su vida se dedicó a ser bibliotecario. Primero en Shropshire y en Leicester, y luego en el Queen’s College de Belfast, para terminar siendo bibliotecario de la University of Hull. Además de su poesía, publicó dos novelas, Jill (1946) y A Girl in Winter (1947).

Compartir