Los paranoicos (parte II)

Desde Japón, Matías Chiappe intenta responder si es cierto que la situación del gran país asiático frente a la epidemia de coronavirus ha sido tan excepcional como se la presenta en la prensa internacional

MATIAS CHIAPPE
“Hombre se enfurece porque no le venden máscaras por falta de stock. ¿Es realmente un crimen?” Reportó el noticiero Mainichi.

Aichi. Especial para Cuaderno Waldhuter.

Un hombre de cuarenta y nueve años dijo tener coronavirus al no poder comprar barbijos en una farmacia. “Estoy infectado con el virus”, le gritó a una empleada y le tosió en la cara, según revelaron las cámaras de seguridad del establecimiento. El hecho ocurrió el pasado jueves 26 de marzo en la ciudad de Nagoya, prefectura de Aichi, en Japón. El acusado fue identificado como Nakayama Koichi y se confirmó que en realidad no estaba enfermo, por lo cual fue arrestado. La policía destacó también que estaba en estado de ebriedad. El día 14 de marzo un hombre de cuarenta y cuatro años había sido arrestado ya en la ciudad de Unnan, prefectura de Shimane, por haber asegurado falsamente que tenía coronavirus al no querer pagar un boleto de tren.
El caso se enmarca en un contexto de escasez de barbijos y de papel higiénico que se ha extendido a lo largo de Japón tras la irrupción de la pandemia del coronavirus. Asimismo, se da dentro del repentino aumento de casos de contagiados que se registraron esta semana, luego de que el gobierno anunciara que las Olimpíadas Tokio 2020 serían pospuestas para el 2021. En lo que respecta a Tokio, por ejemplo, el día miércoles 25 de marzo se sumaron 41 nuevos casos, más del doble que el día anterior (17 casos), convirtiéndose en la región más afectada del país (alcanzando un total de 212 casos). El número de muertos en todo Japón llega a 55 personas.
Hasta hace poco, sin embargo, los japoneses vivían dentro de una relativa tranquilidad. En un principio, el gobierno del primer ministro Shinzo Abe tomó medidas sólidas para combatir la propagación del coronavirus; a saber: bloqueó la llegada del crucero Diamond Princess al puerto de Yokohama, reforzó controles en los aeropuertos y cerró escuelas. Así, el país contó con un reducido número de casos para una población tan grande que es, además, la más anciana del mundo y que está concentrada en un territorio muy reducido. No hubo necesidad de imponer una cuarentena obligatoria ni de tomar mayores medidas que restringieran la circulación y movilidad. Tampoco para hacer mayores usos de la Ley de Emergencia aprobada por la Dieta (el parlamento japonés) los días 12 y 13 de marzo.
Esta situación excepcional hizo que otros países tomaran a Japón como modelo y que lo usaran para contrastar con las regulaciones extremas de otras regiones. Medios de todo el mundo hicieron eco de “la receta japonesa” y de “el control japonés sobre la pandemia”. Las explicaciones que dieron fueron: 1) la existencia de un sólido sistema de salud capaz de confrontar un contagio masivo; 2) la preservación de la limpieza, la intimidad social y la distancia física propias de la interacción japonesa; y 3) un desempeño responsable por parte de la población al enterarse de la situación.
¿Fue esto realmente así? ¿Ha estado Japón en una situación tan excepcional como se la presenta, capaz de servir como un modelo para aquellos países en los cuales el coronavirus se extendió después que en Asia?
Los japoneses efectivamente se sentían seguros de haber superado lo peor de la pandemia, sobre todo hasta los primeros días de marzo, cuando más de 50% de la población percibía que el coronavirus no afectaría su rutina. Muchos japoneses, sin embargo, mantuvieron dicha postura inclusive hasta la segunda mitad del mes, llevándolos a salir masivamente a las calles durante el fin de semana del 20 de marzo. Ese sábado y el domingo, 6500 personas se congregaron en ocasión de un evento de artes marciales en el Saitama Super Arena, otras 500 asistieron a la llegada de la antorcha olímpica al Centro Deportivo J-Village de Fukushima y un número incalculable se reunió en distintos parques a realizar la tradicional práctica de hanami (observación de las flores). Las imágenes de japoneses observando flores mientras el resto del mundo padecía estrictas cuarentenas también recorrió distintos medios del globo.
A esto debe sumarse un trasfondo que es quizás la explicación más rotunda de aquella ‘excepcional situación de tranquilidad que vivían los japoneses’. Después de las sólidas medidas que había tomado originalmente, desde fines de febrero el gobierno optó por una actitud mucho más pasiva que llevara calma a la población local y a la comunidad internacional, sobre todo en el marco delas Olimpíadas Tokio 2020 que iban a celebrarse en julio y agosto. Así, la clase política priorizó a todo momento mantener una imagen de orden social y pulcritud sanitaria que permitieran continuar con la celebración del evento. Diversos sectores académicos y de la oposición, sin embargo, criticaron severamente al gobierno por no revelar datos en tiempo y forma, además de reclamarle que realizara más testeos a posibles infectados. Según expertos, se estaban realizando un promedio de unas mil pruebas diarias, cuando el sistema de salud estaba capacitado para realizar siete mil o más por día.
El 23 de marzo, luego de que Canadá decidiera no participar de las Olimpíadas 2020, el Comité Olímpico decidió aplazar el evento hasta 2021. Sólo entonces el gobierno japonés volvió a tomar medidas de contención sólidas como las que había tomado cuando surgió el coronavirus. Instantes después delas declaraciones del Comité Olímpico, Yuriko Koike, la gobernadora de Tokio, solicitó a la población que cancelara todo tipo de eventos y que no salieran a celebrar el hanami; también sugirió que estaba considerándose la opción de una cuarentena o lockdown (fūsa orokkudaun en japonés).Si bien esto está prohibido por la constitución de 1947, la Ley de Emergencia de marzo podría sortear ese obstáculo.Hoy, viernes 27 de marzo, la gobernadora volvió a pedir a los ciudadanos que se queden dentro de sus casas y que las empresas permitan trabajar a distancia. No lo llamó ni cuarentena o lockdown, sino jishuku自粛(literalmente, autocontrol), lo cual incluye restricciones en el transporte público y en la apertura de parques y espacios públicos. Las encuestan señalan que la mayoría de las personas se quedará en sus casas. También, que casi todos esperan que las cifras de infectados aumenten velozmente. Y mientras tanto, la escasez se trasladó a casi todos los productos de primera necesidad.

“Solo estamos haciendo las compras diarias”, asegura la gente mientras arrasa con el supermercado.

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Expertos del campo de la economía estimaron que Japón perderá 3 mil millones de dólares por el aplazamiento de las Olimpíadas y que la situación post-coronavirus llevará al país a una recesión. Evitar esto, resulta claro, fue la razón principal que llevó al gobierno a actuar como actuó y a los japoneses a vivir en una ‘excepcional situación de tranquilidad’. Hoy, en una conferencia de prensa en la cual se mostró igual de preocupado por la economía del país, el primer ministro detalló los costos exactos que tendría una medida mayor que el ‘autocontrol’. Hoy, como hace un mes, los japoneses están sujetos a su economía. El destino de esta última mueve la aguja política y el accionar individual.
La situación actual, y la condena a un encierro que paradójicamente se nos impone como voluntario, me recordó la novela Kyōseichū (Parásito, 2000) de Ryū Murakami. En ella, un hikkikomori, un joven japonés que ha decidido alejarse de la sociedad y vivir recluido, está infectado por un parásito que le permite viajar en el tiempo usando su computadora y satisfacer así sus morbos bélicos más profundos. A la vez, el microscópico huésped que lo habita le hace sentir que es parte de una raza superior, que debe alejarse del mundo y que es capaz de hacer lo que quiera, justificando sus actos por su conocimiento del pasado. Cabría preguntarnos sí, salvando las enormes distancias, los japoneses no están también posicionándose al margen de la situación global, si no han elegido creer en una ilusión, si no están haciendo lo imposible por sentir que su experiencia es excepcional.
Por otro lado, el jishuku al que vamos a ingresar quienes vivimos en Japón, pero también la cuarentena obligatoria que están padeciendo millones de personas en el mundo, me recordó otro texto japonés, pero de1 212:el Hōjōki de Kamo no Chōmei. En este ensayo, el autor nos cuenta su hartazgo ante una capital azotada por incendios, insurrecciones y pestes, consecuencia de un sistema político en decadencia, narrándonos también su exilio y vida en una choza en el Monte Hino. La literatura de Kamo, junto a la de Saigyō Hōshi, Yoshida Kenkō y otros, suele categorizarse como sōan bungaku (草庵文学) o‘literatura de reclusión’, un género que ha sido criticado por su supuesto derrotismo y escapismo. Otros críticos, sin embargo, vieron en el auto-exilio que se impusieron dichos poetas una forma de subversión política; esto es, la excusa para generar un instante de contemplación y reflexión. Esta indeterminación entre un aterrado escape y una maniobra organizativa es quizás lo que caracteriza también éste, otro tiempo de decadencia.

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