Roland Barthes, la salvación de la crítica

A 40 años de la muerte de Roland Barthes, Valentín Díaz traza un singular recorrido por 15 fechas clave para comprender la excepcionalidad del gran ensayista francés.

Valentín Díaz
Roland Barthes (1915 – 1980)
Fotografía de Michel Delaborde, relizada el 5 de febrero de 1980.

12 de noviembre de 1915- 26 de marzo de 1980
Cuando día a día se constata que la crítica naufraga entre la falta de legitimidad y la burocratización cientificista, son sólo unos pocos los nombres que pueden invocarse para no perder el rumbo, para no abandonar todo y dedicarse a otra cosa, para no cambiar de lado y decir que sí, que a quién le importa, que basta de esto. Al pronunciar en voz baja pero clara “Roland Barthes” vuelve la calma, vuelve la paciencia, vuelve el interés por un discurso siempre marginal, en suma, vuelve la filología en su sentido puramente originario, pero sobre todo vuelve el anhelo de las dos formas (hoy devaluadas por los sistemas científicos globales) que él hizo convivir y transformó en modos de acción: la clase como situación vital y el libro como unidad de intervención. De la primera, la más frágil, el registro son los libros de transcripción de cursos y seminarios publicados póstumamente, de la segunda, los más de 20 libros que conforman su obra escrita.

19 de marzo de 2020
 “En marzo de 1980 te caíste en la calle en París. Llorabas como un marrano. Ante nuestra desesperación, una señora compró un alcohol y nos lo dio. Usamos ese envase 40 años. Hoy es agua + alcohol para desinfectar todo”, me escribe mi madre hace unos días. Y agrega una foto:

¿Por qué todos los lectores devotos de Barthes buscan su pequeña coincidencia a la distancia, su conexión secreta? ¿Y por qué cuanto más quiere uno evitar el gesto patético menos lo consigue y llega un mensaje que sin saberlo pone a disposición el dato biográfico intrascendente que dice: moría Roland Barthes, yo estaba ahí?

1975
El rasgo que hace de Roland Barthes una forma de la propia salvación es que supo (incluso antes de transformarse en un best seller) vivir del capricho de sus temas sin impostura ni autoritarismo. Hay un cuadro de “Fases” que incluyó en Roland Barthes por Roland Barthes para sintetizar su relación con los temas, las teorías y las modas.


1977/1978
Si lo que interesa es la experiencia de Roland Barthes y no la tranquilidad que dan las colocaciones, lo que se constata es que esos ”géneros” y la convicción que los sostiene son necesarios pero al mismo tiempo totalmente intrascendentes y que lo que hace Barthes, incluso en ese cuadro, es en el mismo movimiento, como señala Elena Donato, organizar y desbaratar los distintos períodos en que divide su obra. Después de esa operación sustractiva, lo que brilla, despojado de todo, es una experiencia cuya obsesión parece haber sido la reformulación permanente del compromiso y cuyo signo final parece haber sido la ética, que a veces se llama “moralidad” (una pregunta simple: cómo vivir), punto de reunión de todas las líneas que su obra había trazado hasta ese paso del 25 de febrero de 1980 que lo llevaría a ser atropellado y, un mes después, a la muerte. Por eso lo único que vale son las constantes (“retornos, afinidades, supervivencias”, las llama Barthes), el modo en que las constantes se ensamblan con las constantes de otros autores y arman una soledad relativa, en suma, aquello que hace del trabajo de un crítico o un novelista no una filosofía pero sí un pensamiento. En RB esa constante se llama de muchos modos, pero todos los conceptos son, en algún momento, lo mismo: lo Neutro, el grado cero, escritura blanca, el ni ni, la exención de sentido, placer, no-querer-asir, etc. En el curso Lo Neutro, dictado entre 1977 y 1978, el argumento se formula en estos términos: “defino lo neutro como aquello que desbarata el paradigma. ¿Qué es el paradigma? Es la oposición de dos términos virtuales de los cuales actualizo uno al hablar, para producir sentido […] De allí el pensamiento de una creación estructural que deshace, anula o contraría el binarismo del paradigma mediante el recurso a un tercer término […] la ‘no elección’”.

1975
Barthes asumió una tarea en la que llegó, sin saberlo, al relevo del otro nombre clave del siglo crítico, Walter Benjamin, y esa tarea fue la salvación de la crítica. Salvación aquí significa demolición (la formulación de un diagnóstico sobre las trampas de un discurso corroído por el periodismo y el aburrimiento universitario) y reinvención (la creación de un destino nuevo que para ser debe paradójicamente volver a los orígenes filológicos de la crítica y empezar de nuevo para buscar una lógica del desplazamiento permanente).
¿Qué es la crítica? La paradoja:
“Formaciones reactivas: una doxa (una opinión común) está establecida, insoportable; para desprenderme de ella postulo una paradoja; luego esa paradoja se espesa, se convierte a su vez en una concreción, una nueva doxa, y tengo que ir más lejos en busca de una nueva paradoja.” (“Doxa/paradoxa”, Roland Barthes por Roland Barthes).

1963, 1966, 1968
El gesto originario de Barthes fue la denuncia. No su comienzo (que se produce con uno de sus mejores libros, El grado cero de la escritura de 1953), pero sí un salida a escena. Publica Sobre Racine (1963) y logra escandalizar a la vieja crítica académica y, con ello, dar nacimiento de la nueva crítica —nouvelle critique, nouvelle vague, nouvau roman: las rupturas que definen el perfil crítico, cinematográfico y novelesco de unos tempranos años 60 que marchan ya hacia 1968. Como respuesta al escándalo que despierta aquella intervención, publica luego Crítica y verdad (1966), donde el lugar de la crítica es definido (en relación con la ciencia y con la lectura como sus bordes) como un modo de tocar la verdad de la escritura. Así termina el libro:
“Pasar de la lectura a la crítica es cambiar de deseo, es desear, no ya la obra sino su propio lenguaje. Pero por ello mismo es remitir la obra al deseo de la escritura, de la cual había salido. Así da vueltas la palabra en torno al libro: leer, escribir: de un deseo a otro va toda la literatura. ¿Cuántos escritores no han escrito sólo por haber leído? ¿Cuántos críticos no han leído sólo por escribir? Han aproximado los dos bordes del libro, las dos faces del libro, para que de ellos no salga sino una palabra. La crítica no es sino un momento de esta historia en la cual entramos y que nos conduce a la unidad —a la verdad de la escritura”.

Fotografía de Michel Delaborde, relizada el 5 de febrero de 1980.

7 de enero de 1977
El escándalo, quizás, es la salida que encuentra el que no tiene papeles (otro rasgo que lo une a Benjamin). Su juventud está signada por la enfermedad, lo que él llama tuberculosis-retro, que lo hace perder el tiempo y lo coloca en una posición universitaria definitivamente demorada, o más bien desplazada. Barthes accede, sin embargo, a la posición académica más prestigiosa, el Collège de France. En la Lección inaugural, dice: “a nosotros sólo nos toca hacer trampas con la lengua, hacerle trampas a la lengua. A esta fullería saludable, a esta esquiva y magnífica engañifa que permite escuchar a la lengua fuera del poder, en el esplendor de una revolución permanente del lenguaje, por mi parte yo la llamo literatura”.

2006
En 1993, la editorial Seuil comenzó la publicación de las Œuvres complètes de Barthes. Su editor, Éric Marty, luego reunió los prólogos a cada uno de los 5 tomos y un ensayo largo sobre Fragmentos de un discurso amoroso en un libro que es una de las relecturas de Barthes más relevantes de los últimos tiempos, Roland Barthes, el oficio de escribir —una nueva edición del cual debería incluir el que en 2015 escribió para Album, el monumental volumen donde compiló inéditos, correspondencia y otros materiales preciosos. Hay otras lecturas francesas que señalan la compleja colocación de Barthes aún hoy en Francia, ejemplarmente las de Jean-Claude Milner, El paso filosófico de Roland Barthes (2003), y Philippe Sollers (2015). Además de la biografía clásica de Luis-Jean Calvet de 1990, hay nuevas, la de Marie Gil (Flammarion, 2012) y la de Tiphaine Samoyault (Seuil, 2015). Más reciente, en la colección “Que sais-je?”, un Roland Barthes por Mathieu Messager.

1977
En Lección inaugural aparece otra de las denuncias de Barthes (una de las más estridentes) que está en la agenda de hoy: una denuncia contra la lengua misma: “la lengua no es reaccionaria ni progresista, es simplemente fascista, ya que el fascismo no consiste en impedir decir, sino en obligar a decir”. ¿Qué hubiera dicho Barthes sobre el llamado inclusivo, el neutro argentino? Imposible saberlo. Particularmente cerca de su utopía de lo Neutro, seguramente lo hubiera abrazado como causa fundamental para luego abandonarlo por dogmático: una forma nueva de lo que llamó “paradigma”, una conminación a optar, una nueva obligación de decir (y ya no una exención salvadora), la arrogancia militante.

1960
Hay un Roland Barthes íntimamente latinoamericano que se funda en su amistad de 20 años con el cubano Severo Sarduy y cuyo resultado es una inesperada “cara barroca” de Barthes. Sarduy, con quien Barthes se encuentra cada día a las 8 en el café Flore, es uno de los nombres que desde el margen de la página dictan cosas a Barthes en su libro más fatigado, Fragmentos de un discurso amoroso y es también quien en el Diario de duelo le ofrece a Barthes una cura de calma.

1980
Los 40 años de la muerte de Barthes son también los 40 años de la publicación de su último libro, La cámara clara, pero la muerte repentina no hizo más que inaugurar una nueva gran serie de obras, las póstumas, entre ellas el proyecto de novela, Vita nova, del que sólo se conservaron 8 páginas y que funciona como una fuerza que lleva a la crítica a su límite: el abandono, la literatura, el relato. Pero también el regreso a su lugar excéntricamente más íntimo.

25 de agosto de 1979
“Siempre esta misma idea: ¿y si los modernos se hubieran equivocado? ¿Y si no tuvieran talento?” (Noches de París).

Roland Barthes por Roland Barthes
(Monte Ávila, 1978)

1975
¿Qué es la crítica? La descomposición:
“Admitamos que la tarea histórica del intelectual (o del escritor) sea hoy la de mantener y acentuar la descomposición de la conciencia burguesa. Entonces, hay que conservar toda la precisión de la imagen; esto quiere decir que fingimos voluntariamente quedarnos dentro de esta conciencia y que la vamos a deteriorar, desplomar, desmoronar, desde dentro, como se haría con un terrón de azúcar que se sumerge en el agua. La descomposición se opone aquí a la destrucción: para destruir la conciencia burguesa hay que ausentarse de ella, y esta exterioridad sólo es posible en una situación revolucionaria […] Destruir, en resumidas cuentas, no sería más que reconstruir un sitio para la palabra cuyo único carácter fuese la exterioridad: exterior e inmóvil, tal es el lenguaje dogmático. En suma, para destruir, hay que poder saltar. ¿Pero saltar adónde? ¿En qué lenguaje? ¿En qué lugar de la buena conciencia o de la mala fe? Mientras que al descomponer, acepto acompañar esta descomposición, descomponerme yo mismo en la misma medida: desbarro, me aferro y arrastro conmigo.” (“Descomponer/destruir”, Roland Barthes por Roland Barthes).

24 de marzo
“Hablar de mamá: ¿y qué, Argentina, el fascismo argentino, los encarcelamientos, las torturas políticas, etc.? Eso la habría herido. Y la imagino con horror entre las mujeres y madres de los desaparecidos que se manifiestan por aquí y por allá. Cómo habría sufrido si me hubiese perdido.” (Diario de duelo)

1977
¿Qué es la crítica? Un estilo de presencia:
“Una reflexión sobre lo Neutro, para mí, personalmente, es una manera de buscar libremente mi propio estilo de presencia en las luchas de mi tiempo.” (Lo Neutro).

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