Los paranoicos

En Japón un hombre infectado con coronavirus salió a los bares a contagiar gente. Cifras, datos, ansiedad, Matías Chiappe sale a la calles de Tokio para relatar la escalada paranoica, anticipada hace años por la ficción especulativa.

Matías Chiappe

Un hombre de 50 años visitó un bar atendido por mujeres filipinas y una taberna tradicional japonesa (izakaya) después de haber sido diagnosticado con el nuevo coronavirus. El hecho sucedió en la ciudad de Gamagōri, en la prefectura de Aichi, Japón. “Voy a esparcir el virus”, le habría informado a su familia. También le habría confesado a una empleada del segundo establecimiento que le habían aconsejado no salir de su casa tras recibir la noticia. Tanto las declaraciones del personal del bar y del izakaya, como las respuestas de los oficiales de policía, se volvieron virales en las redes sociales siguiendo el hashtag #コロナばらまき男 (#hombrediseminacorona) y así continúan al día de hoy. Los establecimientos cerraron y una empleada resultó estar infectada. El susodicho ha sido arrestado y puesto en cuarentena.

He ahí la noticia tal y cual fue difundida en Japón el 5 de marzo, si bien la información precisa (nombre del individuo, fechas de lo sucedido y del arresto) nunca fue revelada. La carencia de información generó dos vertientes en el público. En primer lugar, un sector de la sociedad consideró que la noticia será una fake news, sobre todo luego de que un medio en particular dijera que el hombre enfermo era en realidad una mujer. Otro sector de la sociedad viró hacia lo opuesto. Usando las pocas fotografías difundidas y sitios de búsqueda como Google Maps, lectores y televidentes dieron con la casa del hombre, con los establecimientos en cuestión y con los empleados involucrados. Usando estos datos, presentaron reclamos a nivel municipal y nacional, promoviendo un hate speech que por momentos era aún peor que aquél del sector conspiranoico que creía la noticia era mentira.

Este caso se sumó a otro de la semana previa que impactó a la sociedad japonesa aún más fuertemente: un rumor surgido en Internet que afirmaba había escasez de papel higiénico. Si bien la mayoría de las empresas locales salieron a desmentirlo, el ciberespacio japonés proliferó en notas que recordaron otras instancias de escasez como la Crisis del Petróleo de 1973 o el Incidente de Fukushima de 2011. Hoy, la venta de papel higiénico y también de suministros como barbijos y alcohol en gel está sumamente limitada en Japón para así evitar el desabastecimiento. El gobierno se limitó a solicitar que la población no saliera a comprar desesperadamente esos productos, asegurando la producción nacional bastaría durante la crisis. Ésta ha sido, en efecto, la postura del primer ministro Shinzo Abe desde por lo menos febrero: poca intervención más allá de transmitir mensajes de tranquilidad.

¿Fue esto suficiente? Consideremos las medidas que SÍ tomó el gobierno japonés en el marco de la crisis batereológica (e informativa) que sacudió el mundo entero.

El gobierno japonés empezó a tomar medidas vinculadas al virus ya desde el 25 de enero en conjunto con la Organización Mundial de la Salud. Del 29 de ese mes al 17 de febrero, se tomaron medidas más estrictas, incluida la repatriación de japoneses en China y Corea y la implementación de tests obligatorios en algunos sectores. Entre el 5 y el 6 de febrero se tomó la decisión de poner en cuarentena al crucero Diamond Princess en Yokohama, si bien no se siguió un protocolo de desinfección ni se tomó total responsabilidad sobre el navío. El 23 de febrero el gobierno comunicó que sería imposible contener el contagio entre individuos y que había comenzado a orientar sus políticas a la prevención general. Declaró además que las siguientes dos semanas serían las más críticas. Recomendó a las instituciones sanitarias que enviaran a sus casas a los enfermos que presentaran síntomas leves para evitar la propagación del virus y el desabastecimiento en los hospitales, a la vez que aconsejó a las empresas a exhortar a sus empleados a trabajar de forma remota.

En ningún momento se recurrió a un decreto, sin embargo. El Ministerio de Justicia limitó vuelos día tras día desde fines de enero, pero actuó de forma muy cuestionable respecto a cómo y a quién realizar los tests de la enfermedad COVID-19. Según una encuesta que de la cadena televisiva NHK, un tercio de la población reprobaba el accionar oficial. Sólo el 5 de marzo el gobierno propuso una Ley de Emergencia para darle frente a la situación, que fue aprobada por el parlamento recién en los días 12 y 13 de marzo. Durante el tiempo en que las medidas oficiales pasaron de recomendaciones a reglamentaciones, la tasa de infectados aumentó a razón de un 20% por día, alcanzando un 30% el día 15 de febrero, para después caer y estabilizarse alrededor del 10 o 15%. Esto es, el número de enfermos no ha dejado de aumentar a lo largo del mes y medio previo a que el gobierno comenzara a tomar medidas concretas. A esto debe sumarse una consecuencia que no tuvo aún su más fuerte impacto: la caída del 10% de la Bolsa de Tokio que siguió al momento en que la Organización Mundial de la Salud declaró al coronavirus una pandemia.

Al 14 de marzo, el Ministerio de Sanidad, Trabajo y Bienestar Japonés informó que hay 714 enfermos y 21 muertos por coronavirus en todo el país, sin contar los 657 enfermos y 7 muertos a bordo del Diamond Princess.

A pesar de estos datos y con su Ley de Emergencia ya aprobada, el 14 de marzo el primer ministro Shinzo Abe dijo que no existe necesidad de declarar un «Estado de Emergencia».  Asimismo, aseguró que Japón va a continuar con sus preparaciones para las Olimpíadas Tokio 2020, un evento que involucrará a 11000 atletas olímpicos, a 4400 paraolímpicos, a entrenadores, organizadores, periodistas, fans y, sobre todo, sponsors, además de haber contado con una inversión por parte del gobierno de Tokio de 20 mil millones de dólares.

Poco después del surgimiento del virus, se había hablado de mover el evento a otro país, posponerlo o realizarlo sin público, un debate difundido tras la escalada que empezó con la cancelación de la Maratón de Tokio programada para el 1 de marzo, seguida del cierre de museos, parques de diversiones e instituciones educativas. Hoy, el 45% de la población cree que las Olimpíadas no deben realizarse en julio, si bien la decisión final quedará en manos del Comité Olímpico. La elección de la capital nipona como sede había sido objeto de crítica antes, tanto por la oposición política como por el ámbito académico. En primer lugar, se dijo que se trataba de un gasto excesivo e innecesario. En segundo lugar, que se trataba de una forma de correr la atención a las aún-palpables consecuencias del Incidente de Fukushima, cuya amenaza nuclear todavía no pudo ser contenida del todo. En un giro distópico, ya en 1998 el film Akira había presagiado no sólo que las Olimpíadas se harían en Tokio, sino que serían repudiadas por el público; como puede verse en el screeshot de una escena, al cartel olímpico en la futurista Tokio de 2019 lo acompaña una crítica escrita en aerosol: “Cancélenlas, cancélenlas” (中止だ、中止だ).

Efectivamente, el cine, el anime, el manga y la literatura japoneses de las últimas décadas del siglo XX han estado marcados por el tono distópico y apocalíptico de Akira, producto de los radicales cambios que sufrió Japón desde la Segunda Guerra Mundial. Sin embargo, el antes mencionado Incidente de Fukushima de 2011 generó un cambio de perspectiva. Lejos de las imágenes propias de los medios (imágenes de la destrucción repetidas hasta el hartazgo), la literatura japonesa post-2011, por ejemplo, ha estado caracterizada por una fuerte crítica a las instituciones gubernamentales y al sistema capitalista en general. Pionero en esta línea ha sido el escritor Furukawa Hideo y su novela Caballos, la luz se mantiene pura a pesar de todo (Umatachi yo, sore de mo hikari wa muku de, 2011), pero quienes más se han destacado en el campo fueron escritoras como Yōko tawada, Hiromi Kawakami, Sayaka Murata y Yu Miri en cuyas obras irrumpe una constante crítica social. Estas escritoras (todas feministas) demuestran que el momento de catástrofe es también uno de revisionismo y reflexión en el cual los individuos están convocados a cuestionar a las instituciones.

Escena de Akira (1988)

La situación en Japón es crítica, sí, pero también reina un orden imperante. La mayoría de los japoneses cumple con una cuarentena auto-impuesta, acepta las medidas tomadas por sus empresas y evita difundir noticias que pudieran desinformar. En el primer año de la Era Reiwa (cuyo nombre significa ‘orden y armonía’), los japoneses han ratificado su reputación en materia organizativa. Este orden, sin embargo, fue producto de la sociedad civil mucho más que del estado, el cual actuó una y otra vez a destiempo. Asimismo, las noticias sobre el enfermo de Aichi y la supuesta falta de papel higiénico demuestran cuán frágil resulta esa organización social cuando se difunde información falsa o contradictoria. Sea en Japón, Argentina o en Groenlandia, en estos tiempos de posverdad, shock y excepción, difundir datos imprecisos es igual de irresponsable que salir de bares a esparcir el virus.


Para seguir leyendo




Compartir