Los días del encierro

Crónica de una Pekín paralizada por el virus

GUILLERMO BRAVO

Siempre me acuerdo de ese cuento (puedo haberlo inventado) en el que un señor enamorado de su imagen y preocupado por la pérdida de la belleza de juventud hace un pacto con el diablo: a cambio de su alma, Satanás congelará su imagen tal cual es en ese momento, en la flor de su plenitud. Pero estos pactos, ya se sabe, siempre salen mal: el diablo dice que su imagen se fijará a partir de la medianoche. El hombre se prepara, pone su mejor rostro, sonríe, pero segundos antes de que den las doce un viento traicionero entra por la ventana, el hombre estornuda y su rostro queda fijo en esa mueca extraña.
Recordé esa historia analizando algunas de las reacciones que trajo el coronavirus y las medidas que hicieron que todos quedáramos encerrados y expectantes. ¿Qué tan preparados estamos para que nuestra vida se detenga? ¿Quedaremos al descubierto en una posición irrisoria o destilaremos alguna dignidad en silencio? El virus entró como un viento traicionero por un mercado de Wuhan y casi todos quedamos con una cara rara mirando la pared.
Trataba de recordar cuándo apareció en nuestras conversaciones y nuestras redes sociales (que al fin y al cabo es lo mismo). Me acuerdo de que todo estaba bien en Navidad, y para fin de año. Incluso cuando una amiga llegó el 10 de enero aún no se hablaba del tema y ella pasó por el aeropuerto sin ningún problema.
No puedo recordarlo con claridad, pero fue como si de un instante a otro el problema se haya instalado en nuestra vida cotidiana. Le decíamos simplemente “el virus”. El 21 de enero vinieron dos amigos argentinos y ya la situación era grave: no podíamos ir a ningún lugar turístico, ni a un restaurante, ni siquiera a tomar un café.
Ese primer período fue el peor. Además de la alarma general, el invierno, el cielo pesado de Pekín y las vacaciones de Año Nuevo Chino daban la sensación de que el tiempo se hubiera detenido para siempre en el peor momento.

Las vacaciones de Año Nuevo Chino son difíciles de imaginar para los argentinos: no se trata de las típicas vacaciones de verano a las que estamos acostumbrados, o las de invierno, con chicos por todos lados. Aquí pareciera que el país, que el resto del año va a mil por hora, quedara tieso por un mes completo. No hay clases, no hay entrega a domicilio (casi un símbolo de las ciudades chinas, el kuaidi: kuai, rápido, di, entrega), no hay eventos de ningún tipo.
A este mes tieso le precede la mayor migración humana del planeta: las enormes ciudades chinas (enormes como países) están en su gran mayoría formada por personas de localidades rurales que han ido a hacerse la América a costa de sacrificios, ahorro y trabajo constante y el Año Nuevo Chino es para casi todos ellos el único momento del año en el que vuelven a su tierra. Era el peor momento para que apareciera algo así: esta migración de millones de personas de un lado al otro de la ciudad hizo que el virus se expandiera a toda velocidad. Y como las actividades ya estaban detenidas por las vacaciones simplemente no volvieron a reanudarse. El país quedó en un paréntesis muy extraño. Y la zozobra que daba esa sensación de domingo por la tarde para siempre le siguió la molestia y a veces la angustia del control chino, que suele darnos (a nosotros, los extranjeros) entre desconcierto y asfixia cuando no sabemos cómo tomarlo (que es la mayoría de las veces). Se establecieron guardias de voluntarios en las entradas de las calles y sólo puede entrar la gente que pruebe que vive allí (allí en esa calle y si uno va a visitar a un amigo o a su pareja no le queda otra que esperar en la esquina, y luego de todas formas los bares están cerrados). En la calle, a lo largo del día, nos pueden tomar la temperatura unas cinco o seis veces. Es obligatorio usar barbijo y si lo olvidamos siempre habrá alguno de estos guardias voluntarios para recordárnoslo cada doscientos metros.

La zozobra que daba esa sensación de domingo por la tarde para siempre le siguió la molestia y a veces la angustia del control chino

Aquí quiero hacer un punto. Si bien a nosotros nos puede ofuscar un poco el control, después de haber consultado a muchos ciudadanos aquí y de haber inspeccionado las redes sociales puedo asegurar que el pueblo chino se ha sentido cuidado. No sé si suena estúpido. Creo que podría pensarse desde varios puntos de vista. Anoche fui con unos amigos al único bar que conozco que está abierto (ya estábamos cansados de no salir de casa). Cuando estábamos por sentarnos nos dijeron que estaban prohibidas las reuniones de varias personas así que sólo podían aceptar tres en una misma mesa. Nos dividimos, entonces, en dos mesas cercanas. En nuestro grupo había españoles, alemanes, chinos y el cordobés que está escribiendo esto. Todos coincidimos que en nuestros países sería imposible hacer cumplir una orden parecida. En Argentina, por más sugerencias u órdenes que el gobierno impartiera, nos sentaríamos los seis y punto. Nosotros, los extranjeros, preferíamos las consecuencias de esa libertad (por ejemplo que el virus se expandiera más rápidamente) a tener que obedecer en cada momento. Los chinos , por el contrario, preferían las cosas así. No hay que pensarlo como la dialéctica tan explorada de capitalismo-socialismo/comunismo, sino como una diferencia entre las raíces filosóficas de Occidente y China.

Mientras tanto, yo en este encierro terminé un librito que tenía por ahí varado, vi todas las películas de Gus Van Sant (la primera que vi de él fue Drugstore Cowboy y me entusiasmé con algunas películas buenísimas pero de a poco me fui decepcionando, sobre todo con Good Will Hunting), leí varios libros (entre ellos Llamadas de Amsterdam, de Juan Villoro, publicado en una hermosa edición por la librería Cien Fuegos), empecé otro libro, empecé dieta, empecé a pintar.
Fue una buena oportunidad para pensar varias cosas. ¿Qué hacía cuando no tenía tiempo para nada? Este mes me sobró buena parte del sueldo: ¿tanto gastaba cuando no había virus yendo de acá para allá, tomando cafés, tomando subtes, taxis, copas de vinos con amigos o desconocidos? ¿Para qué?
El capitalismo actual –que algunos llaman turbo capitalismo– vive a base de velocidad: es su principal ingrediente. Y sobre todo por una ciudad como Pekín: millones y millones de personas yendo todo el tiempo de un lado a otro, luces, ruidos, eventos, anti-eventos, promociones, días especiales, contra-días especiales, novedades. ¿Por qué la vida no podría ser como ahora? Claro, sin el virus. Se necesitó un virus mortal para que podamos ver la posibilidad de funcionar de otra manera.
Ahora ha salido el sol, entre dos manchas grises, y de a poco las cosas vuelven a la normalidad. Han empezado las clases, pero online, y algunos han empezado a ir a sus oficinas. Ahora el virus tiene nombre y forma y estadísticas y todas esas cosas que ayudan a combatir el miedo: las palabras conjuran y tranquilizan. Ahora se está diciendo que cuando acabe el peligro el país deberá recuperar el tiempo perdido, y se trabajará los fines de semana y por la noche y los feriados, y conociendo cómo son aquí las cosas me parece una perspectiva posible.
Ya volvieron los kuadi, pero para que cliente y repartidor no tengan que tocarse (y para que el repartidor no tenga que entrar a la urbanización) se han puesto estanterías en las veredas y allí se dejan las entregas, el cliente las va a buscar más tarde. Por supuesto tuve que pensar que en Argentina no podríamos nuca dejar paquetes en la vereda por varias horas (a veces de un día para el otro) sin que nadie lo toque, sin vigilancia.

En esta medida veo no sólo la prevención natural del caso: también veo la discriminación que hay aquí hacia los migrantes internos que son los que hacen este tipo de trabajos. Sin duda se considera que ellos son más propensos al virus, cuando no se sienta que son directamente un virus, como en la película Parasite, que por otra parte me pareció, efectivamente, una versión de Rabia, de Sergio Bizzio.
Esa también la vi aprovechando el tiempo suplementario que nos dio el virus en este comienzo del año accidentado. Las dos juegan con la idea de que los pobres pueden ser un parásito picando en la nuca del rico, sin siquiera ser percibido. Esta idea es peligrosa, ya se sabe. La metáfora organicista que ve a la sociedad como un cuerpo siempre amenaza con alguna forma de fascismo. Pero también esta idea de sociedad más compacta (menos individualista) ayudó para que los pequeños hombres pudieran luchar en esta ocasión tan ruda. El gobierno pidió a los ciudadanos que se quedaran en sus casas y esperaran que todo pasara. Y los ciudadanos obedecieron.
Muchos se preguntaban desde el comienzo qué pasaría si algo así sucedía en Occidente: ahora que el virus está golpeando en Europa y América latina podemos verlo. Es claro que China, por su organización política y por sus enormes recursos, estaba mucho más preparada. Viendo cómo se organizaron los chinos y cómo obedecieron los ciudadanos quedándose en sus casas y millones de ellos ofreciéndose como voluntarios para todo tipo de tareas (por ejemplo la de monitorear las esquinas) pienso que no solamente este país estaba más preparado para el coronavirus, también está más preparado para la guerra. Algo que, desde luego, no es necesariamente un argumento para defender este sistema. Todos se están preguntando cuándo volverá la normalidad: cuándo volverán las clases, las compras, los eventos. Quizás sea pronto aunque esto dejará sus huellas. Ni China ni el resto del mundo seguirán siendo los mismos, y después de ver las escenas de Pekín sospecho que no vamos a volver a los días que conocimos antes del virus. Nada volverá a ser lo mismo.

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