La invención de un museo

En Genios pobres, Claudio Iglesias explora vida, obra y sensibilidad de ocho artistas plásticos argentinos

FLAVIO LO PRESTI
Autorretrato de Cacatúa con loros, Mildred Burton

Claudio Iglesias hace explícito el propósito principal de Genios Pobres en su breve introducción: “los artistas, además de los cinco sentidos de los seres humanos, tienen el sentido de lo extraordinario. Este libro quiere captar la manera en que ese sentido se forma”. Una y otra vez las ocho breves biografías que delinea Iglesias encuentran ese momento ilusorio, quizás el mismo en que Borges trataba de condensar cualquier biografía: ese en que un hombre sabe para siempre quién es, que en el caso de los artistas visuales que Iglesias retrata es siempre el momento en que obtiene forma una sensibilidad. El uruguayo Carlos Giambiagi busca todo el tiempo la traducción de la fórmula impuesta por su maestro Martín Malharro (“Hay que amar el árbol”) y la traduce en distintas formas de amor al obrero, despojándolo de su miseria y unciéndose místicamente a su padecimiento; a pesar de la alegría de sus maestros, Valentín Thibon de Libian no puede no pintar la tristeza de la noche que recorre en la célebre compañía de poetas y artistas; aquejado por una rara dolencia dermatológica, Manuel Musto ejerce en sus telas el “realismo amiguero” rosarino, lleno de jopos alegres hasta que la enfermedad lo vence; incomprendida, María Laura Schiavoni quiere traspasar o superar el ámbito de la realidad para penetrar en “el gran misterio”; un día, Enrique Policastro ve a una banda de cirujas y tiene “una intuición”.  

Bosque, de Carlos Giambiagi

La misma exploración del surgimiento de una sensibilidad relacionada con una poética visual aparece en las restantes biografías (en las que Iglesias hace rendir una prosa precisa y al mismo tiempo imaginativa (en adjetivos, en soluciones sintácticas) obtenida probablemente en el ejercicio de la crítica de arte y en lecturas magistrales:  por momentos se siente a Genios pobres deudor de la prosa de Borges (que hace un par de cameos) pero sus breves retratos también parecen emparentados con las Vidas imaginarias de Marcel Schwob. “El monte: una sucesión de actividades, más que un lugar”; “Cada tanto los agarra la lluvia, que en Misiones es una penitencia de varios días”; “No parece que se inspirara en bodegones o tugurios sino que quisiera decorarlos o consagrarles un homenaje depravado”.
Iglesias teje su pesquisa de las vidas de esos artistas emparentados por distintas formas de despojo con un sentido del humor que oscila entre el sardonismo y la ternura, exponiendo desde el título una doble lectura: el adjetivo que lo integra es pasible de una interpretación material muy sencilla (los artistas son pobres simplemente en función de la penuria económica) y también de una más difusa, que se encarna en cada una de las formas de pobreza elegida, padecida, vivida, ya sea la fuga constante de Gertrudis Chale y su elección de los paisajes abiertos o el delirio cuasi mendicante de la increíble Mildred Burton.

La presentación, Valentín Thibon de Libian

El adjetivo increíble ayuda a subrayar una sensación que impone la lectura del libro. Catálogo de ideas escondidas sobre el funcionamiento de la sensibilidad artística y el mundo del arte (desde una ética del rechazo a la “corte” a una serie de sentencias disueltas: “No hay nada más monotemático que un grupo de artistas”; “todo artista, lo quiera o no, es la voz de alguien: alguien que no es él mismo”; “Cada artista tiene un solo problema”) Genios Pobres hace pivotear a sus personajes entre aspectos arquetípicos y elementos idiosincrásicos: la galería amenaza, a quien no está familiarizado con los “modelos” (a quien ignora la historia del arte argentino), con la sensación gozosa de estar frente a un fantástico museo inventado, al que la historia le funciona como un marco muy precisamente miniaturizado, una sensación que, paradójicamente,  la contemplación de las obras no hace otra cosa que reforzar.

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