Voyeurismo de la decadencia

¿Qué es lo que fascina a los lectores argentinos de Prohibido morir aquí, la nouvelle de Elizabeth Taylor que fue pasada por alto por la mayoría de los críticos americanos?

LUJÁN STASEVICIUS

Hay en redes sociales —o sea, en la realidad— un innegable afán por ser el primero en descubrir algo. En un mundo ya viejo para correr a la par de la primicia, ese afán resulta casi tan ansiado como imposible. La segunda mejor opción parece ser entonces re-descubrir algo que fue “injustamente” pasado por alto. Por eso abundan campañas de marketing orientadas a hacernos sentir los catadores que, con justa apreciación, le devolvemos a genuinos creadores el valor que sus ignorantes contemporáneos les negaron. Sin embargo, ese vertiginoso revisionismo buena onda en cierto modo silencia que, así como ya nada es completamente original —¿hubo acaso un tiempo en el que alguna vez lo fue?—, por definición, tampoco hay nada que pueda haber estado del todo escondido. Aunque la publicidad editorial nos venda un lugar de Indiana Jones, es claramente contradictorio asumir que estemos descubriendo un incunable desde los estantes de visibilidad preferencial de las librerías. Pero el truco funciona: el gancho se prueba a sí mismo y las fotos de uñas pintadas sosteniendo tapas inundan los espacios virtuales.

Es el caso, entre otras, de Elizabeth Taylor o de Lucía Berlín. Ambas se suman sin saberlo a la ola de escritoras “recuperadas” del olvido, aún cuando una rápida y sencilla búsqueda desmienta la marginación de la que (se dice) fueron objeto. En Argentina, esta tendencia “recuperacionista” tiene una particular pregnancia. La reciente reaparición de Prohibido morir aquí (publicada originalmente en 1971 bajo el título Mrs Palfrey at the Claremont y traducida por Bruguera en 1986) ha suscitado apasionadas lecturas en redes sociales y apurados perfiles en diarios —en su mayoría calcados de los de la revista New Yorker. El chiste/chisme se cuenta solo: por un lado, Elizabeth Taylor comparte homonimia con la celebérrima actriz de Hollywood —ya es bastante remanido el titular “La otra Elizabeth Taylor”—; por otro, y por si fuera poco, la novela en cuestión incluye un personaje llamado señora Burton, inspirado en su contraparte más famosa, y ante el cual la narración no escatima crueldad.
Prohibido morir aquí no es, por otra parte, la novela que más interese a los críticos de habla inglesa —las lecturas más frecuentes se concentran más bien en A view of the Harbour (1947) o en la póstuma Blaming (1976)—, aunque es cierto que en 2005 tuvo una olvidable versión fílmica homónima, que en Argentina se presentó como Una dama digna. Es además la última novela que Taylor publicó en vida, por lo que varios de sus biógrafos coinciden en que de algún modo traduce sus angustias de aquella época, a saber, la vejez, el olvido y la muerte. ¿Qué hace, entonces, de esa novela quizás mediocre dentro de una producción más notable un éxito editorial? ¿Qué leemos los argentinos en ella que nos hace recomendarla e incluso publicitarla con tanto énfasis?

Prohibido morir aquí es una novela relativamente corta, y el tiempo transcurre en ella de manera particular. Como bien apunta N.H. Reeve en su notable comentario crítico, la trama se desarrolla a través de dos otoños y dos caídas de la señora Palfrey, su protagonista, la última con quiebre de cadera aparejado. Si bien no son estrictamente claustrofóbicos, los escenarios configuran espacios reducidos: un húmedo y sombrío barrio londinense en el que abundan hoteles como el Claremont, una suerte de antesala a los geriátricos. De tarifa reducida, el Claremont alberga tanto huéspedes ocasionales como inquilinos de la tercera edad, de quienes obtiene la mayoría de sus ingresos. Cabe destacar que, a pesar de su particular clientela, nadie se muere en este hotel. Lo que allí se encuentra es la lenta decadencia de la vida. Ante los primeros síntomas de la enfermedad irreversible, el huésped es trasladado a una institución “más acorde a sus necesidades” para jamás volver. “Es como si nos prohibieran morir aquí”, explica al pasar la señora Palfrey a Ludovico Mayers, un joven que por casualidad la asiste en su primera caída y que luego tomará un lugar preponderante en su vida. “Prohibido morir aquí” es el título que el joven dará a su propia novela, basada en su relación con la señora Palfrey.

Así como el espacio ficcional tiene una doble existencia (como hotel y como espacio pre geriátrico, con leyes que son sigilosamente vigiladas y impiadosamente acatadas), el submundo que la novela presenta también tiene sus propias normativas. No sólo está prohibido morirse; también el tiempo y el flujo económico se miden en parámetros singulares: un día es el tiempo que transcurre entre comidas y la economía de los afectos es la que realmente divide las clases sociales. Demostrar que uno no ha sido olvidado por el mundo exterior (exhibiendo la visita de una persona joven de tanto en tanto) es la moneda de cambio que, más allá de las glorias pasadas o las cuentas bancarias, separa tajantemente los potentados de los desgraciados en el universo del Claremont. La señora Burton, por ejemplo, debe su aire de superioridad a que es la más visitada, así como la señora Palfrey avanzará casilleros vertiginosamente a partir de su amistad con Ludovico, a quien presentará en principio como su nieto Desmond.
Si bien el sexo está claramente ausente en la novela (es una práctica exclusiva de los jóvenes), abundan las redes de deseo, que se activan como últimos estertores de una emocionalidad cansada. La señora Palfrey se turba cada vez que reconoce que Ludo le hace acordar a su ya difunto marido, y no puede dormir de los celos que le provoca descubrir que tiene novia. Al mismo tiempo, el señor Osmond desea casarse con la señora Palfrey, basando su propuesta matrimonial en los menúes originales de comida que puede ofrecerle si se complotan para salir del Claremont. De nuevo, la dote no se mide en términos pecuniarios; queda dentro de esta particular economía gastrointestinal. La propuesta resulta fallida y los insistentes avances de Osmond precipitan la caída —literal y simbólica— de la protagonista y su posterior traslado al hospital, antesala de una muerte segura.

El mundo por fuera del hotel no está, por supuesto, exento de singularidad. El sistema de valores del Claremont tiene su contraparte en la hipocresía que se maneja en el espacio exterior. El contrapunto hace emerger el paso de comedia: las excusas insólitas de los familiares para no visitar a los huéspedes son tomadas como verdades reveladas; la carta que la señora Palfrey escribe a su familia con la noticia de la propuesta de casamiento dispara un pánico que se disfraza de preocupación (su casamiento reduciría los beneficiarios de su testamento); los sentimientos de Ludovico hacia la protagonista —quizás genuinos— no llegan a ser descifrados por el joven, quien gravita los espacios de la vejez como si flotara en un sueño.
En su libro sobre comedia y novela femenina, Erica Brown sostiene que tanto la obra de Elizabeth Taylor como la de Elizabeth von Arnim pertenecen a lo que en literatura se llama “middlebrow”, es decir, representan un punto intermedio entre lo que se considera “alta” literatura y literatura popular. Siguiendo esa clasificación, podría decirse que Prohibido morir aquí se encuentra, en su tratamiento sobre la vejez, en un justo punto medio entre la provocadora Harold and Mauve y la ciertamente condescendiente El hijo de la novia. Si bien la incomodidad que Harold and Mauve genera desde los primeros momentos brilla por su ausencia en la correcta novela de Taylor, también es cierto que su descripción geriátrica es justa y despiadada, y eso la vuelve memorable. Los viejos del Claremont no son “abuelitos”; no serían elegidos para posar sonrientes en la publicidad de una compañía de seguros o de una marca de pegamento para dentaduras. Los viejos de Taylor sufren, son cascarrabias y no asisten a un final feliz en el que se festejen sus achaques.

¿Qué es lo que fascina entonces a los argentinos de esta nouvelle, que, si bien tuvo un moderado éxito comercial al momento de su publicación en EEUU, fue pasada por alto por la mayoría de los críticos americanos? ¿Es la comedia de enredos —en el sentido británico— que se desarrolla cuando el “verdadero” Desmond finalmente visita a su abuela por recomendación de su madre? ¿Es el alivio disfrazado de ternura por lo lejos que nos encontramos de ese mundo ficcionado? ¿Es el recuerdo de algún familiar al que hemos olvidado en algún geriátrico? ¿Es su brevedad otoñal? ¿Nos reconocemos de algún modo en el tratamiento de los viejos? ¿O es que, al ser lectores de sus peripecias, podemos engañarnos creyendo que siempre seremos espectadores de la vejez ajena?
Leila Guerreiro dice con razón que de la vejez no se habla, salvo por eufemismos condescendientes y bastante estúpidos, que simulan —mediante una ternura impostada— el rechazo y el pánico que sentimos por la decrepitud. Los viejos siempre son los otros. Es cierto. La vejez no es más que el anuncio de la muerte imprimiéndose en nuestro cuerpo, recordándonos que existe una fecha límite —un deadline, como tan apropiadamente le dicen en inglés— que, no sólo no dejará de existir si la ignoramos, sino que está cada vez más cerca. Quizás en la deferencia de Taylor por hacer de estos personajes decrépitos los protagonistas de una novela nos ilusionamos con que a nosotros también nos quede algún rol de acotada importancia una vez que el tiempo nos alcance en su camino a sobrepasarnos.

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