Ángeles de la muerte

Criaturas sorprendidas en el papel, cuernos, dientes asomando, movimiento: así son los dibujos del mendocino Sebastián Maturano, factotum de la editorial cordobesa Borde Perdido

MATÍAS LAPEZZATA Y EMILIA CASIVA
“Detrás de un volcán”

Es enero en la ciudad-pozo, y el calor recorre el cuerpo como un aceite hacia los lugares menos esperados (¿acaso existe lo inesperado en la geografía de un cuerpo?). Resbala sin pudor por los bordes de un adorno apoyado en tal repisa, por el caparazón de una guitarra muda, por el cuello de los animales. Es un calor que hace explotar los trasformadores de luz eléctrica que la empresa provincial de energía coloca en las veredas (¡llamas en Cañada y Montevideo!). En las casas de techos bajos, la temperatura alcanza un grado tal que el calor convierte todo lo que encuentra a su paso en un cuerpo sobre el cual arrastrarse. Así, una línea hecha con grafito se vuelve cuerpo; se vuelve cuerpo el surco cavernoso de un grabado, mientras marca las hojas y llena el mar vacío del blanco; se vuelve cuerpo aquel perfume rancio.

“Colmillot”

Si nos acercamos a los dibujos de Sebastián Maturano, se ve y casi se huele el paso de ese calor obsceno por encima de las hojas. Surgidas de las entrañas de este magma, lo corpóreo está en criaturas que adquieren, petrificadas ahora, carácter escénico. Se han detenido por un segundo porque se saben vistas, se saben sorprendidas sobre el papel. Si las criaturas de Maturano pudieran describirse por las partes que las componen, diríamos así: caras sin cuerpo, ojos múltiples en la misma cara, ojos tiesos como una bolsa de cemento, ojos en tajo, en éxtasis, con estrías adentro, ojos a punto de reventarse. Sonrisas que se estiran hasta las sienes, sonrisas que son una mueca, muecas de las que salen colmillos, bocas que gritan sin voz, cuernos afilados, los labios cosidos. Sea lo que sea que estas criaturas estuvieran haciendo antes de ser descubiertas, van a seguir haciéndolo después (luego de pegar un chillido). De allí la cualidad cinemática de estos dibujos, de allí su cualidad de escena petrificada, como si alguien le hubiera trazado un círculo de sal alrededor. Hay entonces un relato mudo, hecho de brazos suplicantes, de extremidades yermas, de hocicos, de dedos hincando con fuerza el esternón.

“Animal Oscuro”

Aunque la obra de Maturano atraviesa varios soportes y técnicas, vamos a decir que en el fondo se trata siempre de un dibujo, definido principalmente por la línea. La razón de ser de esta línea radica en una economía, en una condición material. El dibujo es elección basada en la portabilidad y la inmediatez necesarias para reproducir infinitamente el oficio y la manía. Cientos y cientos de dibujos, años de trabajo, decenas de años, deben poderse desparramar sobre la mesa de la cocina. He allí la condición y el borde de esta producción delirante, sin “etapas” o “carrera”.

A propósito del borde, Maturano es editor y hasta hoy ilustra casi todas las tapas de los libros de su editorial. En Mendoza, su ciudad de origen, se le dice borde perdido al corte de impresión sin márgenes, cuando el tamaño del taco de madera que se entinta es igual al de la hoja sobre la que se imprime. El dibujo entonces es el límite perdido del artista, el término que busca en su obra. En Córdoba, donde Maturano vive y dibuja hace ya algunos cuantos años, a ese modo de impresión se lo denomina “a sangre”. Tal la leyenda y el leitmotiv de Borde Perdido: “trabajo tracción a sangre”, acto y consecuencia de tirar de una cosa con el objetivo de desplazarla o de conseguir que se mueva. Aquí se podría pasar como por un tubo a exaltar los asuntos independientes o autogestivos de la labor de la editorial Borde Perdido, sacando lustre a su vocación autónoma. Pero para eso habría que hacerse el ciego ante la señal que nos envía el logo de la editorial: el dibujo de una cabeza en un gesto llevado al paroxismo. Los ojos abiertos y la boca con dientes, enorme. A esta cabeza, la sangre (o mejor dicho su tracción) está a punto de hacerla estallar.

“Batalla Campal”

Las figuras que aparecen en las tapas de Borde Perdido a veces nacen en el papel para luego trasladarse a la superficie del libro, previo trabajo digital que trastoca línea, tamaño y color. Otras veces nacen directamente en la computadora, dibujadas por el puntero del mouse o por el lápiz digital sobre una superficie electrónica. No hay en ellas, como en los otros dibujos de Maturano, esa cualidad cinemática de lo narrativo, sino más bien un fuerte contraste de los colores que definen los límites entre superficies, y en ese contraste está su estasis, su momento de detención. Son enceguecedoras. Ojos de pico, la boca ese pozo infinito, en punta el rictus de un gesto helado. En ellas duerme la genética del monstruo. Por eso, cuando en las tapas cobra forma uno de estos engendros todavía inmóvil, funciona como el registro de un espécimen en un grupo taxonómico que espera su turno para ser dispuesto en otro escenario. Es que en el universo de Maturano las imágenes se repiten compulsivamente y giran sobre sí mismas en una espiral sin fondo. Montículos de dedos, el espinazo que se arquea y se contrae, cabezas sin voluntad, los ojos-moretones, siempre los ojos, un aullido.
Maturano confiesa que hubo una época en que necesitaba que todo fuera planimétrico, que no soportaba la superposición. Tal vez de esa fobia haya quedado la fuga hacia atrás, la profundidad que logran representar estas líneas que eyectan y dan impulso de vida a Colita Alegre, a Don Pánico y Risa Vacía. Lo más o menos humano, máquina o engendro, el paisaje lisérgico y tenebroso, los ambientes cerrados en una hoja abierta y los dientes que salen de los ojos, ese abismo de noche eterna.

Seres que parecen revelarse contra alguna disposición ya dada, para implantar otra por la vía del caos y la fuerza; como los enanos locos de Herzog, que tomaban por asalto la institución donde estaban recluidos instaurando en ella un orden demencial (¡existe, señores, un orden posible en la demencia!). En cualquier caso ¿hay un sistema que anteceda a estos dibujos, una máquina que los produzca? ¿No son maquínicos ellos mismos, su condición y funcionamiento creando el artefacto, delimitando la zona escénica? La primera conjetura podría decir que la máquina está en funcionamiento, sí, que fue puesta a andar en el confín de los tiempos, pero que si vive desde entonces, es en continuum con su hermana excéntrica y gemela: la naturaleza. Aparición del doble, entonces (máquina y naturaleza). Segunda conjetura: ese doble se escurre en estos dibujos, y es un reflejo demoníaco, una presencia, el Horla. Como una bestia que respira hincada sobre el pecho de quien duerme, bebiendo su vida, el animal con bolsas bajo los ojos y cruces en lugar de boca. Hay que señalarlo, jamás podremos saber si es el hombre el que ha creado al Horla, o el Horla quien controla al hombre.

¿Y qué observan estos engendros cuando efectivamente, detenidos, nos miran desde la hoja? Sus ojos vacíos no pueden ver nada. Están esperando que nos vayamos, que los dejemos seguir. Por esta razón, no somos reconocidos como espectadores, y por esta razón se amontonan, al modo de un archivo caótico, en los anaqueles ubicados en las alturas de las sucesivas casas de alquiler de quien no ha dejado de producirlos, allí donde el calor es más asfixiante. Ese lugar sumido en la oscuridad, donde se cuecen sin explicación sus ojos sin fondo, sus piernas arqueadas, sus múltiples piernas en un cuerpo, sus músculos laxos, carne despegándose del hueso, sus cuencas secas, encías negras. Las criaturas de Maturano se lucen en piruetas imposibles, en muecas tenebrosas, son ángeles de la muerte. Una voz detrás suyo anuncia: “lo que aquí sucede tuvo un pasado y podría tener también un futuro; lo que aquí se representa, como lo que se adivina, podría proseguir, en la mayoría de los casos, rumbo al mayor de los desastres”.

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