Retrato (dialogado) de un autorretrato

Cada biografía abre el mundo, la historia y la ficción a una dimensión nueva. La que Christian Ferrer dedicó a la vida y la obra de Ezequiel Martínez Estrada es una reinvención del género que no deja de devolver una imagen concreta de la Argentina.

FABIÁN WIRSCKE
Christian Ferrer

La amargura metódica, el título del libro que Christian Ferrer escribió sobre Ezequiel Martínez Estrada, se recuesta sobre una combinatoria que antepone el sabor amargo, como estado de ánimo sustantivado, a lo metódico de una “disciplina” constante y exigente. “Vida y obra de Ezequiel Martínez Estrada” es, por el contrario, un subtítulo clásico, generalista, abarcador, al estilo de genio y figura, que sería el otro encuadre, más laudatorio si se quiere, y que en otro momento de la historia no le faltó al biografiado. Y en la primera página, ahí no más, Ferrer escribe: “Entonces, nada, casi nada”.
—¿José Hernández asediado por Martínez Estrada?
—No. Así concluye el primer párrafo de este monumental trabajo de Christian Ferrer sobre Martínez Estrada, tras poner en situación el escaso orden material en el que transcurrieron sus primeros años de vida.
—Inventarse de la nada, hacerse de un nombre, buscar una estrella y seguirla. Algunos cuentos de Borges comienzan de ese modo: Hacia mil ochocientos noventa y tantos
—Sí. Y uno, magistralmente narrado, cuyo título “Así, todavía”, de Andrés Rivera, tiene una coloratura similar, sólo que la acción se desarrolla en la frontera: el conflicto de poder está planteado entre el capitán Gustavo Antín y el gaucho Ramón Vera. Pues bien, quien sería considerado el más grande ensayista argentino de todos los tiempos había nacido en uno de esos pueblos de provincia, perdido en el mapa.
—La gauchesca como destino.
—El asentamiento de esos poblados se asemeja a los pájaros que se posan sobre el campo, luego de una desbandada, comentaría más tarde en su obra magna. Un escalón superior a la línea de fortines, ¿sí? Empalizadas y zanjas, reemplazadas por estaciones del ferrocarril que, con suerte, podían dividir un sector de otro del pueblo, o el paraje. En ese escenario comienza la historia, es decir, la vida: 1895. Porque para dar el puntapié inicial a la obra, habrá que esperar hasta su primer poemario: Oro y piedra (1918). Y seguir. Más de una década en la que se fue curtiendo, a fuerza de versos y espaldarazos lugonianos. Pero en su mejor momento como poeta, y habiendo alcanzado cierta notoriedad entre sus pares, decidió probar el reseco y amargo jugo de las raíces pampas: “abandonó los versos, como de la noche a la mañana”, y se puso a escarbar en la tierra.
—Uñas de peludo, ¿por qué no?
—Luego vendrían las primeras reseñas de Radiografía de la Pampa. Unas a favor, otras en contra. Y a partir de allí el daimon socrático, que ya se venía manifestando en artículos de revistas de la época, como Trapalanda de su amigo Enrique Espinoza, no lo abandonaría nunca.

En la tapa del libro puede verse un gorrión posado sobre la calvicie de Martínez Estrada, cuyo rostro se proyecta entre luces y sombras, como un espectro salido de algún verso del Martín Fierro. Acaso la expresión del impávido semblante, casi una abstracción de la carne, experimenta un secreto consuelo, recibiendo la confianza de la avecilla argentina. O la disyuntiva de tener que optar, porque no hay futuro posible, entre la amargura y la resignación.
—Blanco y negro.
—Metáforas lunares, diría. Seguramente le convida unos granos de trigo al inmóvil pajarito, Barbín. O Pelusa. Aún se lo ve firme en sus facciones, y sin embargo los párpados le pesan, le inclinan la mirada hacia abajo, en la misma dirección que el tobogán del hombro izquierdo. El efecto lumínico recorta una imagen, como de paréntesis cerrado, o de media luna. La mano izquierda, debajo del mentón, apunta hacia arriba y traza un andarivel paralelo con la postura del ave, que mira de frente a la cámara, parado justo en el borroso límite, entre la luz y la sombra.
—Una figuración barroca asediando las certezas de la Ciencia del Texto.
—Mas siempre sirven las sombras para distinguir la luz”, dicen unos versos famosos. Es la tarea del biógrafo pues, caminar en círculos, escrutar esa imagen, cambiar la posición de la luz y la perspectiva, imantar aquellos, no por viejos menos importantes, “pliegos mal impresos del texto de nuestra cultura” (¿Qué es esto?): valga la metáfora como “autorretrato” del ensayo, que se autoimpone una siempre abierta y nueva dimensión interpretativa. Ferrer acepta entonces el desafío del jeroglífico estradiano: “no pude sino encarar sus ideas y sus actitudes polémicas como si estuviera frente a una puerta labrada con inscripciones misteriosas”.
—De seguro Kafka y Balzac, para empezar, del otro lado de ese umbral, ¿no?
—Y no olvidemos a Nietzsche, por supuesto. Recoge el guante entonces, para auscultar su obra, y así constelar extractos monádicos, sostenidos por una escritura en la que el peso de la historia determina, no sólo las valoraciones axiológicas del caso, sino también el destino de algunos de sus contemporáneos, y de las sucesivas lecturas que lo asediaron a lo largo de las décadas. En el centro, desde el cual el biógrafo mide las distancias y las incandescencias de lo palpable, se ubica el irrenunciable nudo moral del biografiado, aquel que forjó a lo largo de los años, que se le fue manifestando como un síntoma, acaso un pathos pesimista, y que lo embretó en el atolladero de las pasiones públicas. Porque ahí se metió solo, en el abismo de esa “falla orgánica”, desde la cual profería su discurso amasado a fuerza de martillazos nietzscheanos: “cuando se dispone de talante soberano, reticencia a todos los credos políticos y habilidad de rabdomante, un hombre se basta a sí mismo para acuñar un modo de relación entre verdad y estilo, entre falacias nacionales y violencia de recusación, entre verdades que se resisten a evidenciarse y percepción atormentada de éstas”.

El recorrido no sólo es cronológico, ya que es uno de los hilos conductores de este bíos. Es, también y sobre todo, un tazado de frases y pensamientos, inteligentemente extraídos del magma escriturario del ensayista. Esos fragmentos, convocados desde la trama mayor de una vida, precisamente para revitalizarlos y ensayarlos, se proyectan en una disposición reflexiva, a través de la predisposición de los humores del biógrafo. Así, las comillas, convidadas de lujo en este género, recortan y extraen polémicas, resaltan los relieves estilísticos, los meandros imprevistos del pensamiento, las crispaciones provocadas por los trabucos que apuntaron a su ave de gran vuelo.
—¿La Radiografía?
—Esa misma, claro, que no deja de reeditarse, como la que acaba de publicar la editorial Interzona, primer ensayo por cual le otorgaron, allá por el treinta y siete, el segundo premio Nacional de Literatura. “El primer galardón correspondió al profesor Arturo Marasso por un libro acerca del poeta Rubén Darío, obra que no tuvo futuro”, escribe Ferrer.
—¿No habrá sido el fin último del biógrafo, aunque no se lo haya propuesto, devolverle el habla a Martínez Estrada, en un diálogo inconcluso con el biografiado?
—Quizá. Las preguntas acechan, agazapadas en los pliegues (y pliegos, retazos del olvido): la voz del ensayista se escucha desde las sombras, oracular y nítida, fuera de lugar, como le gustaba reconocer la figura del intelectual a Viñas, de algún modo su discípulo. El biógrafo entonces hace preguntas; y el biografiado responde: con ira, con mesura, con rigor estético, con pasión, con tristeza, en fin, con amargura. El lector atento a la cultura argentina puede reconocer la procedencia de alguno de los bloques entrecomillados. Otros se nos escapan porque las referencias bibliográficas perdieron la batalla contra las comillas.
—¿Por qué el autor decide excluir las fuentes?, ¿la totalidad de éstas revelarían las sacudidas de la trama cultural de la que fueron tomadas?
—Seguramente, pero sin duda que la inmensa cantidad de citas distraerían al lector del tempo histórico-narrativo propuesto. Lo digo así porque este libro es como una inmensa novela balzaciana, y por qué no decir que se parece bastante al esquema de ciertos libros de Martínez Estrada, en lo que respecta a la cantidad de capítulos y apartados, como si se hubiera querido calcar un diseño similar, y así cruzar el umbral de esa puerta misteriosa. Por otra parte para qué citar cuando la lengua te lleva a un estilo punzante. Acaso en dos adjetivaciones del biógrafo esté la respuesta: “budista contrera” (Vicente Fatone), “católico golpista” (Dell oro Maini). ¿Hace falta ser más contundente? El sarcasmo efímero de la primera, el tono burlón de la segunda anudan la argamasa del estilo del libro, en un intento por acollarar conceptos y nombres como anillo al dedo. Así el biógrafo logra describir los climas de época, las modas ideológicas, aquellas lecturas que hicieron ruido pero que, como tantas otras, cayeron en el olvido. Y entonces ha tenido que hurgar en archivos inconsultos, o agradecer el dato hallado, piezas de un rompecabezas infinito. Pues el método propuesto en esta biografía intelectual, mixtura la historia de los vaivenes políticos, que sufrió y padece la Argentina, con lúcidos destellos de crítica a nuestra atribulada actualidad. Porque seguir las serpentinas de Martínez Estrada, opción que lo lleva a convertirse más en un “descentrado”, al decir de Ferrer, que en un “excéntrico”, según David Viñas, es ineludiblemente recorrer gran parte de la historia argentina del siglo veinte. Hay una mirada que sobrevuela los textos, que los constela en perspectiva, urdiendo así una trama biográfica en la que el documento se desencarna de la vida, (la carne, ese reverso de la obra), para esgrimir los signos craquelados de una pasión amarga.

Ciertas publicaciones olvidadas o casi nunca citadas, ya sean del autor o de sus comentaristas, son rastreadas desde el pie de página del olvido de la historia, e incrustadas —resaltadas—, en el cuerpo central de la biografía. Y decir cuerpo cuando se habla de Martínez Estrada implica, necesariamente, hablar de materialidad.
—Claro, sólo a pura enumeración de hechos reales se llega a un estado de esplendidas amarguras.
—Y en este sentido, la materia del relato de Ferrer abarca una serie de intervenciones y disputas, a través de las que se arma este friso estradiano. Así damos con la primera referencia de Borges hacia el laureado y celebrado poeta, en un caso que podría decirse de justicia poética, ya que lo rescata de la querella de Gálvez, respecto de la adjudicación del Premio Nacional de Literatura del año 1929, otorgado a Martínez Estrada, y no al autor de La maestra normal, por sus libros Humoresca y Títeres de pies ligeros: “era la primera vez que Borges se refería públicamente a Martínez Estrada”. Y lo hace defendiéndolo, porque hacia los años sesenta, el distanciamiento ya era pronunciado, por no decir abismal.
—Cuba.
—Cuba, Exacto. Un capítulo aparte, como se dice, el último de su vida, digamos, y muy revisado por Ferrer. Cuando aquellos, que años antes lo habían tildado de pesimista y fatídico, decidieron emigrar hacia la utópica isla, él ya los estaba esperando allá.

El índice onomástico revela una cantidad de nombres que ya son más que eso y que de algún modo estuvieron vinculados entre sí por diferentes circunstancias. Como si se pudiera empezar a leer La amargura metódica desde el final: cada uno es una hebra de la urdimbre histórica y cultural de la Argentina, y aún más allá de sus imaginarias fronteras. Basta tirar un poco, tensar la hilatura de esa trama, pues la biografía como género se arroga el derecho a hablar del otro, de esa alteridad que la compromete a poner su voz, la voz de un nombre, en la polifonía de tantas otras. Y aquí Ferrer imprime la suya propia. Como un director de orquesta, reparte las partituras de acordes consonantes y disonantes, arma escenas en las que no deja de oírse hasta en los resquicios más insospechados. Es un trabajo arqueológico: el lector es invitado a tomar la escobilla y a despejar cuidadosamente el polvo con que la historia cubrió los jeroglíficos estradianos. Comprobamos así, por ejemplo, que Viñas, uno de los más citados en el libro, junto con Borges y Perón, nunca dejó de leerlo. Desde la década del cincuenta, hasta sus últimas intervenciones siempre volvió sobre Martínez Estrada, llegando a conclusiones en las que los “límites ideológicos” del ¿Qué es esto? (“Libro mandálico”, dice Ferrer), le impedían seguir balanceando entre texto y contexto. Pero siempre estuvo cerca. Cierta vez fue a visitarlo al Hospital Tornú, en épocas que el peronismo lo dejó sarnoso: “el colibrí —murmuró— que no tolera ni la vista de las jaulas. Casi sin cuerpo, pura pluma. Una especie de metáfora en el aire… Porque si digo plumaje en vilo —y alzó la mano como señalando— puedo prescindir del diccionario y de toda la ornitología”.

—¿Entrañable?
—Sí. Es más, consultado acerca de diez libros fundamentales de literatura argentina para entender este país, Viñas no duda y apunta Muerte y transfiguración, en segundo lugar. El podio le pertenece a Sarmiento. El autor no refiere qué libro del sanjuanino.
—¿Facundo, quizá?
—Probablemente.
—Insisto: ¿no se parece el texto de Ferrer a un producto artesanal, tejido con esos telares antiguos, con los que se demuestra una habilidad milenaria, para combinar colores, texturas, imágenes, figuraciones?
—De acuerdo. O quizás la tarea del biógrafo es similar a la de un experimentado relojero (y el biografiado sea un conjunto de piezas desparramadas por el suelo), a quien se solicita para que, justamente, con precisión de relojero, haga su fino trabajo encastrando pieza por pieza, para que la maquinita vuelva a funcionar.
—Sin duda, sí.
—En cualquier caso, lo imagino a Ferrer más como un restaurador de libros antiguos, que hace decir, a los fragmentos citados de la obra, lo que no dicen, al modo de una antropología negativa, sacudiendo el polvo con una escobilla, ávida por dejar ver en esos escritos, lo que aún tienen de potencia literaria y de crítica amarga: ahí habla la obra porque la vida se ausenta, inasible, desencarnada, en los hojaldrados pliegues de La amargura metódica. Pero no es que no se “reconstruya”, que la vida quede afuera, sino que los reflejos de esa vida nunca son simétricos al destino social de la obra. He ahí la tarea del biógrafo, que con mano de ensayista, despliega un minucioso recorrido que va de San José de la Esquina a Cuba, recalando en Bahía Blanca, lugar en el que vivió hasta su muerte.
—San José, Cuba, Bahía. No es el triángulo de la dialéctica, ni mucho menos.
—No. Más bien Nietzsche, Balzac y Kafka. O el recambio de su santoral, es decir Martí y Fanon remplazando a un Thoreau o un Ghandi. Prosigo: los mojones temporales que le dan ritmo a este imprescindible trabajo, y que nos hacen ir y venir en el tiempo, practicando una suerte de “memoria simultanea”, borgeana y tan antigua como la épica: “años más tarde”, “diez años antes”, “ya en el final de su vida”, “por esa época”, que por lo general preceden una cita, (sea esta de Martínez Estrada, sea de algún autor que escribiera sobre él), hacen vibrar la cuerda de lo perdurable, descartando lo que se pudre como madera vieja, pero a la vez indican menos la urgencia precisa de la fecha, que la perecedera reacción química sobre la amarga savia de la escritura ensayística.
—¿Artilugios del género que hacen salir elegantemente al biógrafo del atolladero de las cronologías?
—Pelo y contrapelo. Ferrer corrobora en el cruce de lenguajes el fuego fatuo de las celdillas ideológicas que intentaron atrapar esta difícil y disímil obra, porque muchas de ellas cayeron en el olvido, acaso un pie de página en la arrasadora historia de las ideas argentinas, gusta decir.
—Es una forma, sin duda, de hacer prevalecer el legado del biografiado. Pero vuelvo a insistir: ¿no será la diosa Mímesis la que permite que el desencarnado Martínez Estrada, reencarne en la escritura de Ferrer, que opta por reconstruir la vida de aquel, como abstracción desdocumentalizada?
—Puede ser. Pero bajemos a tierra, no olvidemos que estamos hablando de un telurista, y mejor preguntémonos, con Barthes: ¿quién habla ahí?, ¿el narrador-biógrafo, el personaje biografiado?, ¿alguna comilla se habrá ausentado? Horacio González es más explícito y dice que Christian Ferrer es un anarquista del lenguaje.
—Riesgos que se corren. La obra de Martínez Estrada es observada entonces a tras luz por Ferrer, y comprueba que la razón y la ciencia, mitos de una modernidad que ha parido racionalistas impenitentes como Juan José Sebreli, aún no han velado del todo lo que ha dejado escrito: marxistas, nacionalistas, peronistas, antiperonistas, liberales han probado, con suerte adversa, desmitificarlo. Pero el gran desmitificador era él. La fina ironía y el desencantamiento de las pasiones efímeras vistean con el mito: en este caso sólo bajo la hábil condición del biógrafo transfigurado en narrador omnisciente.
—Y viceversa, ida y vuelta.
—Es que ya todo lo sabe: lo que pasó y lo que iba a pasar, el oscuro destino final que le esperaba a muchos de esos nombres, las vidas que habían encarnado sin sospechar que quedarían truncas, son meditaciones que conmueven y también perturban al lector de este libro. Y uno se pregunta, si puede, ¿qué ha quedado en pie?, ¿cómo salir de los ciclos en los que cada tanto se embreta la Argentina?, ¿transformaciones que ocultan invariantes históricos?

O transfiguraciones: algo que deja de ser lo que es, no para ser otra cosa, sino para conservar una migaja de lo que se deja atrás. Seguramente la única fórmula retórica que subyace en esta larvada crisálida es la paradoja, que le hizo inventar frases como “serpientes que renacen de sus colas” (Borges). De ahí sacaba un estilo que si a veces dependía de un humor crispado, la serpentina barroca enfilaba hacia la amarga aporía o hacia la sentencia fulminante: “los antagonistas ya se fueron. De algunos ni siquiera recordamos sus nombres o bien hay que rastrearlos en el pie de página. De otros que en su momento fueron leídos, a duras penas son publicados hoy o no son publicados en absoluto. Esas retóricas son casi incomprensibles ahora, menos por la antigüedad del ‘objeto temático’ que por haber sido enunciadas desde los pedestales de la presunción y el encumbramiento pasajero. Son voces atenuadas de milicias retrocedidas. Y sin embargo, a Martínez Estrada, los dardos no le eran indiferentes”.
La amargura metódica es un retrato de Martínez Estrada esbozado a partir de un escrutinio de cartas, declaraciones, entrevistas, adhesiones, rechazos, contradicciones. Todas estas piezas van llevando al biografiado a mirarse en su propio autorretrato. En esto se insiste en ciertas partes de este notable trabajo, y son los momentos en los que la biografía de Ferrer superpone vida con obra, como decía Libertella.

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