El corazón delator

Marx, Luxemburg, Gramsci, Benjamin, Gorz, Althusser, Lenin: vida de los intelectuales de izquierda a través del prisma de sus pasiones.

FABIAN WIRSCKE

A poco de leer algunas páginas de Pasiones terrenas se debe suspender la incredulidad y sumergirse en las aguas del tiempo y el espacio literarios. Cada uno de los personajes aquí reunidos es ya un mito en sí mismo: descomponerlo, rearmarlo y darlo en su versión pasional supone airear la entretela de sus vidas públicas y privadas no sin remitirlas a su núcleo de verdad histórica. Marx, Luxemburg, Gramsci, Benjamin, Gorz, Althusser, Lenin parecen nombres imposibles de reunir en un solo libro. Sin embargo, Maximiliano Crespi se la ingenia para resaltar acaso las aristas menos conocidas de estos personajes: sus relaciones personales con parejas, amantes, mentores y albaceas. Esto, me dije, a poco de leer. Pero, ¿qué pasa luego?: nos atrapa un enrarecido verosímil, un sutil cuadro donde se suceden escenas improbables y bellas, pero también trágicas y temerarias. En este sentido es muy estimulante percibir, entrever, que una de las grandes pasiones de Marx, si no la más arrolladora, fue el estudio. Hay ahí una imagen de la aventura del conocimiento: puede decirse que encuentra un método, una razón por la cual tomar el camino para que el lenguaje se vuelva “científico” y, de esta manera, desentrañar la alienación de la que es víctima el explotado trabajador. La descripción del lugar de trabajo de Marx se muestra como un verdadero laboratorio de escritura, metáfora de la que Piglia se apropió y de la que, de algún modo, se amparó para proyectarse hacia el futuro. En el de Marx se fundieron el oro y el barro. Como en todo laboratorio, se hacen experimentos; pero en este se los hace con el afán de extraer, separar y discriminar aquellos elementos que se desprenden y se persiguen con la obstinación de lo inalcanzable y así configurarlos en una fórmula científica: axiomática y deducción. Y si la escritura de Marx pasó por diversos estadios, pivoteando entre el pensamiento político, la prosa panfletaria y el lenguaje científico, incluso superponiéndose entre sí, se hace evidente que la idea de valor es el verdadero legado y el fundamento de toda crítica. Repito: es un relato donde se prioriza una sola cosa: la aventura del conocimiento.

Conforme avanzan las páginas no puedo dejar de traer al ruedo las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, ese extraordinario libro de relatos donde también todos los personajes son históricos, aunque están rodeados por un aura lejana e intangible. Aquí ocurre todo lo contrario: la literatura está más acá, es decir del lado de los huecos que dejan los documentos y que son habitados por la imaginación de la letra. ¿Cómo escribía Marx?, ¿cómo leía?, ¿en qué condiciones prácticas vivía y con quiénes?: “para entender la intimidad del pensamiento de Marx es preciso imaginar ese cuarto”, nos dice Crespi. Parece que trabajaba de una forma poco ortodoxa, como si el estar sentado lo atornillara a una posición de placer que le era negada debido a unos forúnculos indeseables. El aparente desorden en su lugar de trabajo responde a la forma de tratar los materiales con los que elaboraba sus teorías, pero también ilustra la lógica implícita de esa disposición y su propia  predisposición hacia los diversos libros, periódicos y folletos en la forma de tratarlos y marcarlos. Ahora sabemos por qué Viñas arrancaba las páginas de los libros y se las quedaba; o por qué María Moreno habla de cierto estado de perversión en el subrayado en tanto apropiación del texto ajeno. (¿Quedará muy lejos el tamborileo percusivo con el que Hernández mascullaba octosílabos, o el flujo y reflujo del humo en bocanadas de un Saer sobre sus cuadernos?).

El libro contiene imaginación e información. La primera es realmente necesaria para todo tipo de escritura. Sin el susurro sensual de las palabras no se hubieran podido elaborar estos “relatos”, según los llama el autor en la “Nota preliminar”, condensados en sus atmósferas históricas. La segunda está supeditada a las necesidades estructurales que la colocan en los lugares indicados para abrirse camino hacia lo que el lector desee saber. La combinación de ambas resulta de la tensión narrativa provista por la historia, la memoria, el relato y la ficción. Sería pretencioso demandar más a uno que a otro de estos vectores, pues del toque de intensidad de cada uno dependió la escritura de estas semblanzas; y porque sabemos que el matiz biográfico, con el que se emparentan estos relatos, los ubica en ese gran género híbrido que es la biografía y cuyo corte depende de la pulsión del biógrafo.

Las páginas avanzan y luego de leer las “biografías” de Rosa Luxemburg y Gramsci se debe prestar atención  a los fragmentos elegidos por el autor con el fin de dejarnos entrever a nosotros, lectores cautos, el semblante de esos nombres propios. De la revolucionaria polaca debe destacarse como un grito actual el eco de una frase que de un modo contundente reivindica toda lucha por derechos denegados: “La libertad es y ha sido siempre libertad para los que piensan diferente”. Gramsci toca un nervio kafkiano, porque la cuerda interna que todo lector escucha y que en todo lector vibra (cuando quiere aferrarse al último rastro de vibración en un cuerpo, el cuerpo del lector), deja ver que la extinción es inevitable. Y sin embargo, el don de la palabra va de la mano de lo vital, porque en ella, en la materialidad de su pronunciación, en su escritura, la imaginación de la letra sobrevive a la barbarie.

El texto sobre Benjamin se sostiene en la tensión de un relato onírico. Crespi transcribe un sueño que tuvo el autor de Calle de dirección única, relatado en una misiva enviada a Gretel Karplus, esposa de Adorno. La materia del sueño se manifiesta como un valor en sí mismo que es necesario preservar a la manera en que los coleccionistas o los bricoleurs se dejan seducir por los objetos que encuentran en el camino: la articulación del sentido viene a posteriori, como en la lectura. Increíblemente el sueño se vincula con el “motivo de leer”. Entonces benjamín escribe y el sueño se vuelve materia en una deriva que condensa y desplaza sentidos: la alegoría se convierte en el santo y seña del filósofo que supo hacer de la imagen alegórica (Angelus novus) la interminable glosa de una incandescente forma de leer que aun hoy nos alcanza como restos diurnos. 

La rasante “biografía” de André Gorz serpentea en la relación del escritor con Doreen, su compañera. Ambos permanecieron juntos hasta que decidieron acabar con sus vidas. Este relato proyecta el aura del arco voltaico que se produce entre ambos. La ficción biográfica aprieta las mallas que entretejen la vida imaginaria del escritor, es decir, del mito del escritor. Pero también deja en evidencia las vicisitudes de la vida cotidiana y la lucha por sobrevivir en el mundillo intelectual. Los dos forman un equipo en el que Doreen emerge como la lectora crítica de la producción ensayística de André: el positivo necesita del negativo para funcionar en una relación cuyo destino final es el robo del fuego a los dioses para decir cese ya la escritura. El epistolario se muestra como un ida y vuelta, un interesante “nido de víboras” en el que el soporte ensobrado, escrito de puño y letra, como se dice, habla también de lo insoportable de la distancia pero de la necesidad de la correspondencia.

A cada uno de los personajes los movía y los conmovía una sola pasión: la palabra. Que saliera de la boca o del puño, para enarbolar las blasfemia, el odio, el resentimiento o el pasional amor, hizo que la revolución intelectual tuviera su renacimiento en el siglo XX: “un revoltijo y sin embargo una luz” (Althusser). La pasión por la intelección tiene su precio, aunque también tiene como contrapartida la pasión que puede llevar a la embriaguez del sin-sentido, pero aquí se craquela rozando la ironía sofista para zafar de las garras del mito originario. A no dudarlo: la verdadera pasión que trasunta en estos relatos es la de la escritura, esa práctica tan antigua que llegó a esgrimirse en sagrada hasta ser abordada como un moderno concepto por parte de la crítica.

Crespi, con su libro, quiere que quede un registro, una iluminación breve pero precisa, de la aventura del conocimiento. La imaginación biográfica es el procedimiento que emprende para ir recorriendo las estaciones a las que ha arribado la teoría marxista en el siglo XX. Sus derivas, sus transformaciones y sus polémicas insoslayables. Pero además merodea también en los alrededores de la sintaxis calculada, la pregunta que sigue siendo motivo de escritura para todo aquel que se adentra en su “misterio”: ¿cómo se le quita a la palabra su halo religioso y así, por fin, descorrer el velo de la alienación? Se puede fracasar en el intento, y de hecho el fracaso sería la prueba más irrefutable que hay que seguir intentándolo. Sin embargo, quien escribe desoye todo canto dulce porque sabe que hay algo por hacer y comprobar: escribir sigue siendo un verbo intransitivo.

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