Cinco cuentos extranjeros, vol. 1

En el Cuaderno elegimos cuentos que el capricho del gusto ha vuelto nuestros favoritos

FLAVIO LO PRESTI

Vino de mediodía, Katherine Anne Porter.

Katherine Anne Porter es una cuentista extraña, quizás despareja, pero tiene un larguísimo cuento extraordinario titulado “El vino del mediodía”, que tercia entre los dos cuentos “autobiográficos” de Pálido jinete, pálido caballo. La familia Thompson vive en una granja descuidada en algún lugar del sur de Texas, y el padre de la familia, el señor Thompson, es un hombre orgulloso y  haragán que se ha casado con una mujer frágil. Tienen dos hijos traviesos, y están al borde de la pobreza por falta de iniciativa. Pero llega pidiendo trabajo un sueco silencioso, el señor Helton, contratado después de un miserable regateo por siete dólares al mes, con techo y comida. El sueco es una máquina de trabajar y mejora todo en la granja (las cabañas, la manteca, los cerdos, las vacas), hasta hacer de los Thompson una familia casi próspera. Toca en la armónica, todos los días, una tonada misteriosa, casi no habla y, cuando se le invita a la iglesia, se niega. Durante el segundo año, la señora Thompson lo encuentra reprendiendo a los niños de manera violenta y muda, con la cara desencajada, pero lo deja pasar (quizás motivada por el interés o la misma sorpresa). Nueve años después de la llegada de Helton aparece en la puerta el gordo señor Hatch, con una vieja cuenta por cobrar. A partir de ahí, el relato cae en una espiral realmente perturbadora: el clima, la locura, la culpa y la sensación de que es imposible que la tragedia no asome la nariz nos llevan de la mano al infierno, algo que a Porter le toma unas setenta generosas páginas.


El período azul de Daumier-Smith, J. D. Salinger

Último cuento de los Nine stories, Salinger inventa un personaje autoparódico, un adolescente que, tras la muerte de su madre, tiene que convivir con su padrastro de ascendencia armenia (Bobby Agadganian) en New York. Es soberbio, mitómano, y quiere ser artista: huyendo de la incómoda cohabitación con el viudo de su madre, va a Quebec a trabajar en una escuela de dibujo por correspondencia manejada por una pareja de japoneses, los señores Yoshoto, inventando en su currículum que su familia fue amiga de Picasso y que se llama Jean de Daumier Smith. El cuento constituye un contrapunto humorístico al resto del libro: “Daumier-Smith” le corrige los dibujos a dos personajes  groseros, pésimos dibujantes, que encima tienen el irritante descaro de firmar cada trabajo, y a una artista extraordinaria, la Hermana Irma, de la que se enamora a la distancia. Imaginen a un adolescente mitómano, inventándose manías, desprovisto de un par de dientes, viviendo con dos ancianos japoneses en una casa precaria en Quebec y enamorado a distancia de una monja, y van a tener el tono del cuento de Salinger, que además termina con la revelación del sentido de la vida de los humanos en la tierra. O más o menos.


Geometría de sólidos, Ian McEwan

Me gustan los cuentos narrados por gente perversa que cree tener razón. Esa mínima polifonía tiene “Geometría de sólidos”, que Ian McEwan escribió antes de cumplir veintiséis años e incluyó en Primer amor, últimos ritos: el narrador es un hombre ocioso y cínico, que vive de una patente inventada por el bisabuelo, y está procurando editar los diarios de ese mismo pariente. Su mujer, Maisie, está en una crisis existencial que trata de resolver mediante recetas tomadas del arsenal de la New Age. Él tiene en su escritorio un frasco de formol en el que flota, soñador, el pene de un capitán de barco por el que su bisabuelo pujó en una subasta. La situación con Maisie está llegando a lo intolerable, al punto en que los dos se agreden mutuamente con el taco del mismo zapato, y él llega a decirle: “Nunca estuviste en ninguna parte; nunca hiciste nada. Sos una chica linda que no ha tenido ni siquiera la bendición de una infancia triste. Ese budismo sentimental, ese misticisimo de trastero, esa terapia de pebete, esa astrología de revista… nada de eso es tuyo, no llegaste a nada de eso por vos misma. Caíste ahí, caíste en un lodazal de intuiciones respetables. No tenés la originalidad ni la pasión suficientes para intuir por vos misma algo que no sea tu propia infelicidad. ¿Por qué tenés que llenarte la cabeza de las vulgaridades místicas de otra gente y fabricarte pesadillas?”. En el diario del bisabuelo, sin embargo, hay una esperanza: el confidente de su viejo pariente, el hombre práctico que aporta teorías, llamado simplemente M., desaparece un día, “vanished in the thin air”. El misterio de su desaparición involucra una geometría de alto rendimiento que es capaz de resolver las cosas en este matrimonio (al menos para uno de los interesados).


Casi nunca, William Boyd

“Imaginaos, el sexo”. Así empieza este cuento de En resumidas cuentas, un libro que vegetó en las mesas de saldos durante unos años. Niles vive en un internado caro en las colinas de Escocia. Es un tipo tranquilo, pero todo a su alrededor lo excita hasta el sufrimiento, incluso los poemas románticos ingleses (ha llegado a fantasear con la heroína de La violación de la cerradura).  Sus compañeritos (menos tranquilos, al borde de la locura en plena revolución hormonal) lo convencen de algo al borde del ridículo: cantar en H.M.S Pinafore, una ópera ligera de Gilbert y Sullivan, los favoritos de Bob Patiño. El gancho reside en que la parte femenina de la obra está a cargo de las alumnas de un colegio de menor categoría social. Según el muy desagradable Holland, las chicas están buscando lo mismo que ellos: “¿qué clase de chica iba a querer trabajar en una maldita opereta? Piénsalo. Una orquesta mierdera, trajes hechos en casa, gente incapaz de cantar aunque le fuera en ello la vida. Nilo, lo hacen por la misma razón que nosotros. Están hartas de los paletos locales. Quieren chicos de colegio bien”.  Pero los tímidos avances de Niles con Alison no alcanzan para contentar los oídos libidinosos y vírgenes de sus compañeros de habitación, y noche a noche tiene que inventar las aventuras de un gigoló experto, hasta que esas fantasías terminan por substituir una experiencia cada vez más frustrante y confusa. La traducción española, vejatoria de la comunidad hispanoparlante, brinda el inesperado servicio de hacer más graciosas las desventuras eróticas del pobre Niles.


Adiós, hermano mío, John Cheever

La familia Pommeroy tiene un cottage en Laud’s Head, en la costa de las islas de Massachussetts. Es una familia privilegiada, patricia y decadente, pero ninguno es capaz de ver esa decadencia: viven en estado de negación frente a un impreciso (quizás imaginario) desastre inminente. El narrador es el más ciego a esta realidad, pero no se puede decir que viva mal. Sería entretenido encontrar un equivalente argentino a este cheto que es profesor en un college y va a esquiar y tiene una familia rubia de propaganda de obra social, pero al mismo tiempo parece acogotado por una progresiva extinción de la fuerza de su gens.  El conflicto lo introduce Lawrence, hermano menor del narrador: hace años que no ve a la familia, y va a pasar diez días con su esposa e hijos en el cottage camino a un nuevo trabajo. Lawrence transforma las vacaciones en un infierno: no deja pasar sin comentar ni una sola de las turbias malas costumbres de los privilegiados Pommeroy, señala cada signo de esnobismo, de estupidez, de miopía, cada deterioro espiritual. Es muy probable que al principio nos guste esa lección de realidad que le da a su familia y en especial al idiota de su hermano, pero al rato su cualidad de santurrón nos agota. Hacia el final, el cuento actualiza en una clave suave el mito de Caín y Abel, y nos regala un párrafo maravilloso: “¿Qué se puede hacer con un hombre así? ¿Qué se puede hacer? ¿Cómo convencer a su ojo para que no descubra entre la multitud la mejilla con acné, la mano enferma? ¿Cómo se le puede enseñar a responder ante la inestimable grandeza de la raza humana, ante la áspera belleza de la piel de la vida? ¿Cómo obligarlo a poner el dedo en las testarudas verdades ante las que el miedo y el horror resultan impotentes?” No lo sabemos, John.

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