Juan Larrea, poeta secreto

Místico y obstinado, entregado al azar, Juan Larrea fue un personaje casi secreto, pero estuvo en contacto e influyó a las más poderosas corrientes de la cultura del siglo XX

FLAVIO LO PRESTI

Vivir poéticamente y no volverse calle

Hay, en barrio General Paz en la ciudad de Córdoba, una calle dedicada a Juan Larrea. Pero no es Juan Larrea Celayeta, según declarara un crítico italiano, “padre secreto del surrealismo español”. Es, naturalmente, un homenaje al vocal de la primera junta. Ni en su Bilbao natal obtuvo Larrea un cartel cuando el ayuntamiento decidió renombrar un centenar de calles bautizadas con nombres ligados al franquismo: seis concejales se opusieron a su fama catastral. ¿Qué había hecho Larrea para merecer una calle, en todo caso? ¿Qué sentido tiene dar nombre a una calle, a un centro cultural, de un premio de poesía? ¿Qué sentido podría tener para Larrea? Para un poeta que abandonó el ejercicio de la poesía cuando la poesía era demasiado estrecha para su aventura espiritual, que consistía (por absurdo que suene) en seguir la dirección que indicaban las palomas.

Con Gerardo Diego en Madrid

Larrea nació en Bilbao, en 1895, y huyó de su familia bilbaína, industrial y ultracatólica primero hacia Madrid cuando era un niño (se alojó en la casa de una tía) y luego a la universidad de Deusto, donde estudió archivología y forjó una amistad crucial con Gerardo Diego. Esa vocación de huir del “convento de la calle Henao”, como llamaba a su casa, definió su vida. Los años veinte fueron una seguidilla de huidas: un viaje a Oceanía en los años veinte, un regreso a Madrid (siempre lejos de Bilbao) y después una prolongada estancia en París. En Deusto, Gerardo Diego había acercado a Larrea una poesía contemporánea que ignora: a través de Diego conoció en Madrid a Vicente Huidobro, y en un departamento parisino de Huidobro terminó en contacto con César Vallejo, quien encarnó para él una idea superior de la fusión entre poesía y vida y con quien sostuvo la revista Favorables París Poema (donde llega a publicar a un joven Neruda).  
Hay un dato clave: en la foto célebre de la generación del 27, Larrea (que influye secretamente en todos sus contemporáneos) no está. A Larrea no le interesa la poesía como vehículo a la gloria, ni como ejercicio técnico: le interesa vivir poéticamente. No se consideraba un surrealista (sí un ultraísta vital, alguien que busca el más allá de la vida) y consideraba a Bretón el Papa de una iglesia como cualquier otra. Quizás buscando una ampliación universalista de su poesía empezó a escribir directamente en francés, mientras pasaba años de juerga venérea e insalubre en París con los amigos peruanos de Vallejo. Larrea publica poemas secretos y entra en contacto con Tzara, el surrealismo, Juan Gris, Jacques Lipschitz, escribe un guión para Buñuel titulado Ilegible, hijo de flauta, que dará vueltas durante sesenta años en el escritorio del cineasta español hasta ser publicado en 1980 en la revista de Octavio Paz. De esta época son los poemas de Oscuro dominio, editado en México cuando Larrea tiene treinta y nueve años, y de esta época es la influencia secreta del bilbaíno sin la cual, según el hispanista italiano Gabriele Morelli, “no se explica Poeta en Nueva York”.  

César Vallejo, Georgette Phillipart Travers y Juan Larrea en París

Ahí es cuando decide abandonar la poesía buscando ejercerla: después de un hundimiento en un pantano peligroso de spleen y enfermedad, en una crisis espiritual terminal, Larrea empieza a leer su vida como un enigma descifrable, como si detrás de todo hubiera una clave. Montado en una lectura de los sucesos cotidianos que parece inspirada en el método paranoico crítico de Dalí, para Larrea la vida está atravesada de un sentido inteligible, algo que ante el cinismo contemporáneo podría ponerlo al borde de la caricatura: si asegura haber ganado a puro pálpito tres relojes en tres rifas anuales sucesivas que se hacían en su colegio, esos tres relojes marcarán las edades del Padre, del Hijo y del Espíritu; si una paloma entra por su ventana y se posa en su cabeza, es seguro que su mujer Marguerite Aubry está embarazada (esa paloma, de hecho, se quedó con los Larrea un largo tiempo hasta que fue expulsada de su vida, según el poeta, por la energía oscura de la detestada Georgette Phillipart Travers, mujer de César Vallejo). Si sueña con el triunfo de un caballo, va al hipódromo, apuesta por el caballo y gana.
Dice José Fernández de la Sota en la biografía El hombre al que perseguían las palomas: “Juan Larrea [está] completamente persuadido de que cualquier acontecimiento, una vez descifrado su ‘código’, tiene la clave del porvenir”. Se aplica  en el “desciframiento de esos códigos y en la interpretación de esa gramática” en un diario de cerca de dos mil páginas, titulado Orbe, que le da a Vallejo para que mecanografíe (una changa contra el hambre del peruano) y que Pere Gimferrer edita parcialmente recién en 1990, comparándolo con El libro del desasosiego de Soares/Pessoa.

Las aventuras del viejo y del nuevo mundo y la Oda a Juan Tarrea, el saqueador de tumbas

Larrea en Perú, en 1930

Quizás subido al influjo de Vallejo (pero también, como respondió en una entrevista, “para estar cerca del cielo”) viaja a Perú y vive dos años (ahí nace su hija Luciana). El azar lo pone entonces en un lugar inesperado. La muerte de su madre lo vuelve, cuando estaba al borde del hambre (una circunstancia reiterada en su vida) un hombre rico. El obispo Sabas Sarasola (tío por vía materna) lo invita al Cuzco en el contexto de una crisis del Banco Nacional de Perú, y Larrea va comprando de a poco, sin explicarse a sí mismo las razones, antigüedades invaluables a “precios módicos”, hasta conformar una colección de arte precolombino única, que incluye una cabeza de Viracocha. Larrea se gasta casi toda su fortuna en ese aparente delirio, y mediante un personaje rocambolesco, Jacinto Sanz, logra sacar de Perú la colección, que termina exhibida como Colección Larrea en España y que Larrea termina donando (así, como suena) a la República Española (hoy la colección, de cerca de seiscientas piezas, está en el Museo de las Américas, en Madrid).
En este período se gesta una mancha oscura en su biografía. Por todos los medios, Neruda convoca su firma para que suscriba un homenaje a su grandeza poética, tratando de involucrarlo primero en una pelea con Huidobro (secundado por la engañada generación del 27, con la excepción de Gerardo Diego). Larrea se niega, como se negaría siempre a sostener las pretensiones de autoglorificación de Neruda, y eso le valdría en 1954 la Oda a Juan Tarrea, que entre otras bondades dice: “Sí, conoce la América/ Tarrea./ La conoce./ En el desamparado/ Perú, saqueó las tumbas./ Al pequeño serrano,/ al indio andino,/ el protector Tarrea/ dio la mano,/ pero la retiró con sus anillos./ Arrasó las turquesas./ A Bilbao se fue con las vasijas.// Después/ se colgó de Vallejo. Le ayudó a bien morir/ y luego puso/ un pequeño almacén/ de prólogos y epílogos”.
Cuando se publica la oda, Larrea vive en Nueva York merced a una beca de la fundación Bollingen (después de haber tenido la beca Guggenheim durante dos años). Es un sexagenario en peligro de indigencia, y para llegar a ese punto han debido pasar muchas cosas: el estallido de la guerra civil en 1936, que lo encontró en Francia, lo forzó a asumir una posición política, y su adhesión a la República genero una grieta casi definitiva con Gerardo Diego (a quien llamó “Judas” en un texto de prensa).
En París, Larrea se vuelve funcionario de cultura de la República y gestiona el encargo del Guernica a Pablo Picasso para el pabellón español de la Exposición Internacional de París, obra cuya ejecución atestigua y, según algunas fuentes, orienta conceptualmente (Picasso, afirma Larrea, estaba impresionado con el desprendimiento con que había donado su colección de arte incaico).
Ocupa esa posición de gestor (incómoda para un aventurero del espíritu) hasta que emigra a México, donde se vuelve secretario de redacción de la revista de los exiliados españoles y, después, de la revista Cuadernos Americanos (en México prologa y edita España, aparta de mí este cáliz, que Vallejo le confía antes de morir: su edición se acerca más a la última corrección del poeta peruano que a la contenida en Poemas Humanos).

Todos estos años Larrea ha sostenido una convicción novomundista que consiste en pensar que Europa está muerta y América es el lugar en donde se gesta el futuro espiritual de la especie, que ha equivocado el camino convirtiendo a la razón materialista (alguna vez emancipadora) en una razón en sí misma. No hay nada que le importe menos que el oropel y los homenajes mutuos de los poetas, y encima recibe en su exilio neoyorkino border (ahora con dos hijos a cargo y separado de Marguerite desde hace casi una década) la ponzoñosa estocada de Neruda. El poeta chileno, inflado de poder y fama, le cobra además un ensayo en el que Larrea relativiza su tamaño y lo vuelve un mero retórico que desperdició el talento (El surrealismo entre el Viejo y Nuevo mundo: se lo había enviado al chileno como muestra de buena fe).
“Neruda carecía de esas humanas fibras sensibles donde el amor y la amistad se justifican y modulan”, dice Larrea en su respuesta indirecta.
Pero esa respuesta va a llegar mucho después, porque en 1954 está enfrascado en sus investigaciones sobre los padres de la iglesia, escribiendo Rendición de espíritu, La espada de la paloma y Razón de ser. Es un místico que predica en un desierto existencialista. Es un poeta sin libros de poemas publicados (solo está el pequeño Oscuro dominio de 1934 y poemas sueltos en antologías y revistas). Es el exiliado de un sueño republicano olvidado. Está lleno de energía, pero también es una antigüedad frágil, sobre todo económicamente. La beca Bollingen no va a ser renovada.
Y sin embargo, todo eso tiene algún sentido. Mientras estudiaba en la Biblioteca Nacional de México una década atrás, cavilaba sobre una certeza numerólogica que hacía del Alfa y el Omega de Cristo una paloma, cuando una mujer entró en la biblioteca diciéndole: “la encontré en la calle”. En la mano tenía una paloma.

En la imposible Córdoba

Entonces, cuando ya está casi sin recursos en Nueva York, llega desde la imposible ciudad de Córdoba (en Argentina) una carta de Víctor Massuh, ex colaborador de Cuadernos Americanos, que ahora es el decano de la Facultad de Filosofía y Humanidades. Massuh lo invita a ser profesor en la casa de Altos Estudios, pero a pesar de lo providencial que suena la oferta, Larrea contesta: “Si con un criterio estatalmente burocrático se comprende a la Universidad como oficina de capacitaciones profesionales y académicas, según suele ser frecuente en nuestro mundo, mis ideas y aún mi persona se han de ver en ella como en morada ajena. Pero si(…) la Universidad (…) aspira a convertirse en laboratorio creador, donde se vive la conciencia de la cultura, me parece que entonces sí pudiera yo desempeñar en ella un servicio interesante”.

Presidiendo el Simposio Internacional sobre César Vallejo en Córdoba (1959)

Larrea desembarca en el Cerro de las Rosas, en una casa alquilada; dicta cursos extravagantes (uno de ellos sobre Teleología de la cultura, orientado según un método esotérico de interpretación de la Historia); funda en Córdoba el Instituto del Nuevo Mundo, además de sostener la revista Aula Vallejo y presidir y organizar un simposio en honor a Vallejo en 1959.Su hijo Juan Jaime ha optado por la nacionalidad estadounidense y no lo acompaña, así que a Córdoba ha llegado con Luciana, que se casa un par de años más tarde en Nueva York con un empresario suizo llamado Gilbert Luy.
Cuando Larrea y Luy se conocen en la Gran Manzana, la pareja decide acompañar al poeta en Córdoba y el suizo compra una casa en Jardín Espinosa, un barrio patricio de la ciudad. Luciana es la única discípula de Larrea. Los diarios  de la mujer (hoy desaparecidos, pero registrados en un libro del nieto del poeta bilbaíno) están llenos de símbolos y arrebatos místicos: entre los dos forman un dúo poderoso, soldado en la convicción de que el mundo tiene un sentido. Pero en Córdoba los espera una contrariedad: los estudiantes marxistas ven en Larrea a un chapucero, un místico desatinado con una interpretación trasnochada de la historia, y empiezan a hacerle la vida imposible, sumando trabas políticas para la renovación de sus contratos.
En 1961, su hija Luciana tiene un hijo al que bautiza con el nombre de pila de Huidobro, viejo amigo de su padre: seis meses más tarde, camino a Suiza vía New York, después de dejar a su hijo a cargo del abuelo y de una escala en Sao Paulo, el avión (el Comet Arco Iris) se incendia en el cielo y tanto Luciana como Gilbert Luy desparecen en el aire.

¿Tendría también eso sentido? Una increíble fortaleza espiritual, un resabio de la resignación cristiana, la propia inercia de la vida hacen que Larrea se sostenga y sostenga su tarea. La biografía de Fernández de la Sota lo muestra destruido pero al mismo tiempo incapaz de renunciar al trabajo, administrando la nueva herencia que se cruza en su camino, haciéndose cargo de su nieto de forma intermitente. Cuando recuerda el avión en llamas, recita en voz alta la oración que Pascal llevaba en su bolsillo al morir: Fuego, Dios de Abraham Dios de Isaac, Dios de Jacob- No de los filósofos y los sabios-. Certidumbre, certidumbre, sentimiento, alegría, paz. Dios de Jesús, dios mío, dios vuestro. Tu Dios será mi dios”.
Paradójicamente o no, al republicano Larrea le limpia el conflicto académico la dictadura de Onganía, y se dedica a estudiar y a administrar su propia obra, merodeando como un eremita entre dibujos de sus amigos Gris y Picasso, esculturas de su amigo Lipschitz, la inmensa biblioteca acumulada después de una larga vida dedicada al estudio. Tras décadas de no hablar, retoma el contacto con Gerardo Diego.
En España, la sensación de inminente caída del franquismo posibilita que los nuevos poetas vean la figura de Larrea con una renovada simpatía: sus poemas de Versión celeste llegan a imprenta por fin, de la mano de Carlos Barral. Una hija desconocida, Mari Cruz Gimeno, aparece en su vida, y lo visita en Córdoba.
Tras la muerte de Franco, Larrea finalmente vuelve a España. Recibe homenajes, y hasta Soler Serrano le dedica una hora en A fondo, ese programa casi cómico por el que han desfilado todos los grandes escritores en español del siglo XX.

Larrea vuelve a Córdoba para morir el 9 de julio de 1980 de un penoso cáncer al estómago, por fin con aspecto de profeta. A su lado están un nieto de dieciocho años encandilado por su afán de vivir poéticamente y su amiga Eugenia Courtade, que recuerda a Larrea atravesado de sondas, pidiendo una biblia para chequear un dato casi con el último aliento. Deja miles de páginas en un archivo cuyo destino todavía no está resuelto. Su nieto, salido del servicio militar con permiso especial, se encarga de los trámites que entregaron el cuerpo de Larrea al fuego, su dios más reciente.
El chico, de nombre Vicente, queda solo en esa casa inmensa, a merced de vagos parientes, rodeado de fantasmas.
Pero esa es otra historia.  

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