El archivo como experimento

Cruces entre arte y tecnología, de Eduardo Kac a Kenneth Goldsmith

DIEGO ERLAN

Hace meses que no tengo Internet en el departamento. Me había propuesto no contratar ningún servicio y de esa forma escribir más, sin derivas ni interrupciones provocadas por las redes sociales. Dejar el teléfono lejos, silenciarlo. No hay caso. En lugar de escribir a veces me encuentro, por la noche, buceando en carpetas y subcarpetas dentro de las diferentes memorias externas donde guardo gran parte del archivo de textos escritos que tengo, a veces publicados, otras inéditos; horas de desgrabaciones completas de viejas entrevistas a artistas contemporáneos y escritores, que vuelvo a leer como si fuera otro el que las hizo. Y así fue. A veces resulta interesante volver a leer esas desgrabaciones: lejos de la urgencia pueden advertirse nuevos matices, inflexiones sobre el pensamiento del otro que no llegué a incluir en el texto final o por falta de tiempo o de espacio o de eje que venía teniendo la conversación y la edición hacía que sólo pudiera elegir uno de esos ejes y no el resto. A veces encuentro varias versiones para un mismo texto. Relectura de viejos libros o cruces entre libros distintos que nunca conseguí articular dentro de un ensayo. Encuentro principios. Muchos. Buenas ideas no desarrolladas, malas ideas desarrolladas por necesidad. Hace unos días llegué a la desgrabación de una conversación con el artista brasileño Eduardo Kac. Me acuerdo. Habíamos ido a buscar un cinturón de cuero por la calle Suipacha. Después de aquella charla le perdí el rastro. Nunca más volví a saber nada de él. Sus experimentos con el arte transgénico, con las computadoras y el ajedrez. Kac había empezado en performances callejeras y en la investigación sobre las redes informáticas que terminarían en Internet. En el año 1997 presentó la instalación A-positive que consistía en el intercambio intravenoso entre un hombre y un robot donde uno (el hombre) donaba sangre y la máquina glucosa. El crítico Arlindo Machado supo explicar que el brasileño sugiere que las bases de nuestra cultura antropomórfica cambia y se debe reconciliar el cuerpo humano tanto con la bioesfera como con la tecnoesfera. Ese mismo año, Kac implantó en su cuerpo un microchip que contenía un número de identificación que quedaba registrado en un banco de datos estadounidense, y a partir de esta acción sometió también a la sociedad a un debate sobre la identidad, un alerta sobre formas de vigilancia y control acerca del ser humano. Una experiencia que también puede leerse, entendió Machado, como el síntoma de una mutación biológica que sucederá cuando memorias digitales sean implantadas en cuerpos humanos para complementarlos. Sin embargo, su obra maestra, la obra por la que se haría conocido en todo el mundo sería Alba, la coneja creada en base a genes modificados con proteína verde fluorescente (GFP), una sustancia extraída de las medusas, con el fin de que brillase en la oscuridad.

Antes de salir a comprar el cinturón, mientras desayunaba en el salón de su hotel, me acuerdo que le hice una de esas preguntas que, de tan abiertas, pueden ser un desastre o abrir las posibilidades a la respuesta. Le pregunté, simplemente, qué significaba ser artista para él. Y respondió: “El artista tiene que ser alguien que inventa algo que no estaba. Como el filósofo, que no cuenta qué pasó en la historia del pensamiento sino es alguien que trae algo nuevo. Es una nueva manera de ver el mundo, y esa también es una búsqueda personal. Una búsqueda que intenta comprender qué está pasando en el mundo, comprender las relaciones invisibles, el carácter relacional del desarrollo contemporáneo, pero también el de intervenir, es decir, ser parte de ese proceso de cambio.”
Es extraño de qué manera se ordenan los documentos en un archivo caótico como el de las memorias internas o externas. Una vez que cerré el documento de Kac apareció en el finder una lectura que hice, en su momento, sobre el ensayo Escritura no-creativa, de Kenneth Goldsmith, que esta semana Caja Negra volvió a distribuir en librerías. Gusmán, en la mesa de café, se asombraría del encuentro entre estos dos materiales tan distantes en el tiempo que, en algún sentido, tienen conexión. Entonces busqué en los estantes de mi biblioteca (física) el volumen The archive is a productive space of conflict donde se publicó una conversación entre Kenneth Goldsmith y Mathieu Copeland donde desarrollan sus ideas sobre archivar lo inmaterial y la construcción de un ecosistema digital. Goldsmith cita allí al teórico digital Rick Prelinger, quien proclamó que el archivo es el nuevo arte popular, algo que se practica ampliamente y se ha integrado inconscientemente en la vida de muchas personas, transformando potencialmente una necesidad en una obra de arte. “El advenimiento de la cultura digital nos ha convertido a cada uno de nosotros en archivistas involuntarios.”

Como si en mi biblioteca rigiera el orden, junto a ese enorme compendio de entrevistas inspirado en el trabajo del curador suizo Hans Ulrich Obrist, donde pueden conocerse distintas experiencias de archivos alucinantes, encuentro mi ejemplar de Escritura no-creativa. Vuelvo a leerlo. Fundador del documentado archivo de la vanguardia Ubuweb, Goldsmith plantea en su libro que las dinámicas conservadoras de los programas de escritura creativa estandarizaron la producción literaria sin profundizar en las posibilidades (e incluso complejidades) que aporta la revolución digital y la sobreabundancia de formas textuales que atraviesan la vida cotidiana. ¿Eso es literatura? Goldsmith arriesga que podría serlo. La literatura podría respirar en las anónimas conversaciones callejeras, en el cotilleo histérico de Twitter o en las confesiones melodramáticas de Facebook. Y sólo es cuestión de capturarlas y ofrecerlas como objeto artístico. A partir de aquí podemos articular una serie de discusiones sobre la autoría, el plagio, la programación, el sampleo, la banalidad, el ruido, la cita, la intertextualidad y el chiste. En el centro rigen las bases del arte conceptual incorporado a la literatura. “La escritura contemporánea –propone Goldsmith– requiere de la pericia de una secretaria mezclada con la actitud de un pirata: copiar, organizar, cotejar, archivar y reimprimir, junto a una tendencia más clandestina hacia el contrabando, el saqueo, el acaparamiento y la distribución de archivos.” Una literatura posidentitaria donde rige la fragmentación digital.
Goldsmith traza una sinuosa línea que deambula entre El libro de los pasajes de Walter Benjamin a la reflexiones de Borges con Pierre Menard, navega por las variantes de poesía concreta de Mallarmé y Apollinaire, actualiza su estado con la crítica situacionista al capitalismo de Guy Debord y la cultura pop de Andy Warhol, le gusta la rítmica erudición de David Markson y las listas alimenticias de Perec y el registro detallado que Boswell hace de la vida de Samuel Johnson hasta llegar a favear experimentos insólitos como The Xenotext Experiment de Christian Bök, en el que inocula un poema a una bacteria, “un poema que durará tanto tiempo que sobrevivirá a la eventual destrucción de la Tierra” para no ser leído por nosotros sino por los habitantes del futuro.

The Xenotext Experiment

“La escritura no-creativa –propone Goldsmith– es un puente que conecta las innovaciones humanas de la literatura del siglo XX con la robopoética tecnológica del siglo XXI”. Siendo parte de una generación criada en los old media pero enamorado e inmerso en los nuevos, Goldsmith analiza sin prejuicios la producción textual incesante del mundo contemporáneo y arriesga experiencias artísticas más tendientes al pensamiento que a la emoción. El ensayista comprende que la mejor forma de lidiar con textos desconcertantes no es preguntarse qué son sino qué no son y encontrarles su sentido. Y por lo general llega a la conclusión de que se trata de conceptos revestidos de literatura. La escritura no-creativa –entiende– permite una nueva manera de escribir sobre nosotros mismos. “Al hacer un inventario de lo mundano, de lo que comemos y lo que leemos, dejamos un rastro que revela tanto de nosotros como la opción mucho más tradicional de llevar un diario y, al mismo tiempo, abre un espacio suficiente para que el lector haga sus propias conexiones y construya una multiplicidad de narrativas.” Es en este punto en el que me preguntó cuál habrá sido la deriva de Eduardo Kac y encuentro que una de sus obras recientes, posterior al conflicto en torno a la coneja Alba, fue la “Aromapoetry”, un nuevo tipo de poesía en la que la unidad de composición (el poema) está compuesta de olores.

Aromapoetry

El poeta “escribe” los olores al concebir el poema como una experiencia olfativa y luego emplea múltiples procedimientos químicos para lograr sus objetivos poéticos. Cada poema del libro, explica Kac, utiliza nanotecnología al unir una capa extremadamente delgada de vidrio poroso (doscientos nanómetros de grosor) a cada página, atrapando los odorantes (es decir, las moléculas volátiles) y liberándolos de manera muy lenta. “Con un ojo en el futuro lejano, el resumen del libro presenta moléculas clave utilizadas en la producción de cada poema.” Goldsmith podría citar esta experiencia de aromapoetry dentro de la escritura no-creativa y mi amigo Gusmán, lector cruzado como es, podría fijarse en la mesa de luz donde se acumulan mis últimas lecturas: entre ellas, el extraordinario libro de Federico Kukso, Odorama, una historia cultural del olor. Ese trabajo merece una conexión aparte.

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