Uncut Gems: Piedra y Camino

Gran ausente en la última ceremonia por los Oscars, la segunda película de los hermanos Safdie conecta la kabbalah y el misticismo judío con un vendedor de joyas, interpretado por Adam Sandler, el capocómico que siempre se está quejando.

Fernando Krapp y Germán Sarsotti

Algunos actores de Hollywood llegan a un punto en su carrera en el que aceptan cualquier rol en cualquier película. Como si fueran anónimos ciudadanos desesperados de un país con su economía quebrada, agarran lo que sea. Y una vez subidos a ese tren tienen dos opciones: economizar sus energías, o sea trabajar lo menos posible según lo que el proyecto permita, o convertirse en el centro mismo de la película, independientemente de lo mala que pueda ser. Casi todos eligen la primera opción, porque hay que ser un maestro de la actuación como Nicholas Cage para dominar la segunda. 

Howard en problemas.

Adam Sandler, la estrella cómica de Billy Madison, Happy Gilmore, Anger Management y Zohan, lleva años perfeccionando su técnica “tai-chi” de actuación: cuanto menos le interesa la película que está protagonizando, menos se mueve delante de cámara. Es fácil notarlo en Grown ups 2, donde transita casi la mitad de la película sentado. Por otro lado, en esas esporádicas ocasiones en que decide ponerse al servicio de un director que requiere de él su mayor esfuerzo, su respuesta corporal es la opuesta: no puede quedarse quieto. Primero fue Punch-Drunk Love y Paul Thomas Anderson, ahora es Uncut Gems y los Hermanos Safdie. 
En Diamantes en bruto Adam Sandler es Howard Ratner. Comerciante de joyas judío y neoyorquino, marido infiel y adicto a las apuestas. Así como se podía rastrear el origen de las convulsiones diabólicas sufridas por Linda Blair en El Exorcista a esa reliquia maligna desenterrada en Irak que veíamos en el prólogo de la siempre enorme película de William  Friedkin, lo que aquí desata la hiperkinesis de Howard es una roca contrabandeada por Internet desde Etiopía. Un ópalo, una piedra preciosa que, independientemente de su valoración, posee un magnetismo salvaje capaz de nublar el juicio de quien la posea. Y de convertir a basquetbolistas en actores. 

KG en su debut actoral.

Aunque Kevin Garnett, el pívot mega estrella de los últimos Boston Celtics, haga de sí mismo, no está tan mal. Nada mal. Otros jugadores que intentaron ponerse la camiseta de la actuación lograron resultados mucho menos honrosos. Pensemos en Shaq´ O´Neill y en esa bastante buena película que es Blue Chips del mencionado William Friedkin. Una película que narra los vericuetos de una dirigencia universitaria para conseguir buenos jugadores de basket. O en He got game, aquella fábula etílico-religiosa dirigida por Spike Lee, que tuvo como co-protagonista al “hall of fame” Ray Allen en la piel (un poco dura) de un rookie que no se decide por un club. El caso se extiende por supuesto hasta Michael Jordan y su pastiche Space Jam, en donde Jordan debía jugar con dibujos animados quizás porque nadie podía hacerle frente en un aburrido partido interestelar. 
Pero acá, en la película de los hermanos Safdie, Kevin Garnett, AKA KG, sale bastante derecho. En parte porque la película no es estrictamente sobre basket sino que tiene al juego como subtrama para potenciar el cruce entre azar y destino, entre juego y números. Cálculo y fe.  En una escena, Demeny le pregunta a Howard: “¿Qué mierda les pasa a los judíos con el básquet?” y Howard responde con elocuencia de ultimador (o de vendedor, que en muchos casos es lo mismo): “Los primeros dos puntos de la NBA los anotó un judío”

El peso del mundo.

Uncut Gems es una película mística, influida por la corriente esotérica de ciertas tradiciones judías. Para empezar en muchas escenas proliferan los números, y las complicadas apuestas que realiza Howard pueden leerse como un ejercicio de la Kabbalah, la antigua ciencia numérica que orienta a las personas en su autoconocimiento. No es una lectura demasiado arriesgada, ya que no es la primera vez que el cine independiente norteamericano se nutre de esta fuente de ficción. En Pi, ópera prima (y mejor película hasta la fecha) de Darren Aronofsky, la mezcla de cyberpunk y judaísmo jasídico sostenía la revelación de la omnipresencia de Dios y los peligros inminentes a la posibilidad de comunicarse con él. Pero mientras el protagonista de Pi, aún sin saberlo, iba en busca de Dios, en este caso es la Divinidad quien toca la puerta de la oficina atestada de memorabilia deportiva de Howard. 
Rodeado de espejos y diamantes, irrumpiendo en un mundo de vanidad y ostentación, un mensajero entrega un paquete cargado de pescados enterrados en hielo. En la tradición judía el pez simboliza la protección contra el mal de ojo, y el signo de Piscis marca también en el calendario un período especial de espiritualidad, “un tiempo en el que el hombre tiene la posibilidad de trascender el nivel corporal con los poderes espirituales”. Dentro de uno de estos peces está escondido el Aleph borgeano, la roca que contiene todo el Universo dentro suyo, el amuleto que llega a las manos de Howard. 
En el Distrito de los Diamantes de Manhattan la confianza es un capital imprescindible, una virtud que Howard parece estar perdiendo. Sus acreedores no toleran más dilaciones, sus maltratados empleados lo abandonan decepcionados, y su esposa lo reconoce como la persona más irritante que conoció en su vida. Sin embargo, es el riesgo de confiarle su nueva y maravillosa posesión a otro, lo que le permite a Howard canalizar la energía del amuleto hacia una combinación numérica traducida en una apuesta. Una canalización interrumpida imprudentemente por Arno, principal acreedor y familiar político de Howard. “Es como tener un extraño en mi casa”, le reconoce el suegro de Howard la noche de Pesaj en relación a su yerno goi. 
A partir de este momento, la recuperación y comercialización de la gema marcan el ritmo del inexorable caos que Howard despliega a su alrededor en un típico tour de force que apenas sale a exteriores. La música de Daniel Lopatin, sintetizadores y arreglos vocales inspirados por Vangelis, el compositor de clásicos de ciencia ficción de la altura de Blade Runner y Akira, ayuda a tejer los altibajos emocionales que Howard atraviesa, a la vez que revela la verdadera dimensión que el amuleto contiene.

Cálculos y silencio de Dios en un Un Hombre Serio.

La pregunta es (y ojo con los spoilers), ¿por qué Howard se convierte en un héroe trágico? ¿Por qué, si su accionar final es “noble”, tiene que pagar una cuenta de desacato frente a los Dioses? Pero acá la cosa es distinta a la vieja y querida Hybris. El disparo que recibe es justamente debajo del ojo, señalando algo que pierde al entregar el ópalo: la protección del mal de ojo. Hay algo noble en Howard que los Hermanos Safdie se encargan de resaltar en el montaje alterno junto con el final del partido que juegan los Boston Celtics. Como si de pronto el Universo buscase un equilibrio cuando una persona logra dar con algún tipo de clave (por segunda vez). 
Hay una película hermanada con esta, pero por razones contrarias: A serious man de los Hermanos Coen. Allí, una crisis de fe puede desbaratar la vida de una persona. Y no es casual que aquel reclamo de ayuda, inútilmente repetido por el protagonista rabino tras rabino, sea el mismo que Howard articula sollozando en el regazo de su amante: “No sé qué debo hacer”. Un llamado desesperado hecho a la providencia, porque, como descubriera el gran Atahualpa Yupanqui, no se trata de romperse la cabeza decidiendo si vale la pena creer o no en Dios, sino en rogar porque sea Dios el que crea en nosotros. 


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