Todos los que fui

En Biografía y Ficción (Notanpuán), Damián Huergo mezcla biografía e invención para contar, en detalles, la historia de sus contemporáneos.

FLAVIO LO PRESTI
Damián Huergo

El título del volumen de cuentos que acaba de publicar Damián Huergo a través de Notanpuán podría indicar que algunos relatos corresponden a la biografía del autor, y otros no; pero también incorpora a su lectura una insidia obvia: ¿qué porcentaje de lo que estamos leyendo es biografía, qué porcentaje es ficción? Frente a cada bit de información, frente a cada dato, dudamos si estamos ante a un momento documental o a un elemento nacido de la invención. El hecho de que varios de los cuentos estén escritos en una primera persona que repite datos biográficos de Huergo (como la profesión de sociólogo) conspira a favor de esta confusión, pero al rato ese juego, que en nuestra literatura enseguida despierta ecos de las obras de Borges, Piglia y, más recientemente, en la obra de Roberto Bolaño (un autor argentino honorario), cede a otra sensación: antes que un juego de averiguación verista sobre la biografía de Huergo (de una carrera suficientemente incipiente como para que esa duda no importe mucho), lo que prima en la lectura de Biografía y ficción es la sensación de estar frente a la investigación conjetural de la vida de un argentino posible, nacido a principios de los ochenta: una especie de Jack Ryan lo fi, una versión comprimida de esos grandes proyectos novelísticos que intentan seguir las bifurcaciones que nuestra vivencia del tiempo (férreamente lineal) hace imposible en “la realidad” (pienso en 4321, de Paul Auster).
Los padres del yo murieron juntos en un accidente en el Delta, o el padre se suicidó en un hotel después de ganar una fortuna en un casino flotante (una anécdota que recuerda al apunte de Chéjov que Piglia usaba para ilustrar “su” teoría de las dos historias sobre las que se monta la arquitectura de un cuento); o el yo que narra tuvo una serie de viajes de autodescubrimiento por el mundo hasta llegar (de forma casual) al cementerio en que un cura austríaco enterró a los muertos sin nombre rescatados del Danubio, o consiguió exiliarse en el 2001 y huir para ser un paria en Europa, para buscar un sentido trascendente en los símbolos pintados por Tapies mientras se vuelve loco y consigue un regreso desdoroso a un país agrietado. Esas posibilidades, que parecen contradecirse, también pueden ser leídos como la exploración de los fantasmas posibles de una vida.

Esa es otra sensación que deja Biografía y ficción: con sus pequeñas revelaciones, con sus desgarramientos y sus exploraciones por momentos costumbristas, con el hijo de Raimundo Ongaro fusilado y el billete yugoslavo que el Mariscal Tito le regaló y que va a manos de la abuela croata del narrador, con la exploración del exilio y los fantasmas históricos de un país agrietado, dividido, por momentos inviable, con el registro de la ternura derrotada con la que las generaciones se transmiten los escasos saberes posibles, Biografía y ficción lee en indicios la historia reciente del país en la piel de un personaje que podría llamarse Huergo o Arregui o Lo Presti, y en cuya voz (sin considerar las circunstancias) se escucha siempre el tono de un sobreviviente.  

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