Mary Karr y la mirada del abismo

En El club de los mentirosos, Mary Karr retrata la supervivencia en una familia disfuncional

FLAVIO LO PRESTI

Qué libro difícil de leer es El club de los mentirosos. Uno atraviesa su prólogo con una creciente sensación de que va a encontrarse con una historia edulcorada de autosuperación, y lo que hay dentro es una historia que oscila entre la inverosimilitud, la extravagancia y la locura. El tono clásico de la prosa de Karr nos amenaza todo el tiempo con que las rarezas familiares prometidas por la autora no son tales. Por momentos, uno está tentado de creer que su pretensión de delirio es una suerte de fantasía exagerada, elucubrada por la escritora de un best seller sobre las alternativas ordinarias de una vida ordinaria. Y quizás lo sea, y quizás la verdad del libro sea esa: toda vida ordinaria es un cúmulo atragantado de sinrazón, y la sensación de familiaridad que El club de los mentirosos nos brinda no es otra cosa que la evidencia.
Pero es un libro difícil fundamentalmente porque es un libro doloroso, acerca de un dolor contra el que no se puede luchar. El libro cuenta la vida de Karr desde su infancia hasta el momento en que muere su padre, cuando ella ha superado la barrera de los veinte: con una habilidad extraordinaria para sostener el suspenso de los secretos familiares mientras escande los momentos de su vida, Karr compone la figura de un padre criado en la calle, gran narrador de historias, violento fuera de su casa y sobreprotector y comprensivo puertas adentro; y, en paralelo, la figura de una madre culposa, neurasténica, volátil y curiosa que está magnéticamente atraída a su marido, pero cuya intranquilidad es una sombra de amenaza sobre la unidad familiar. Junto a su hermana Lecia y sus padres, Mary Karr integra una familia disfuncional ya típica, replicada hasta la náusea incluso en los dibujos animados. Orgullosos, conscientes de la superioridad intelectual sobre sus vecinos, escandalosos, carentes de las formas que son aceptables en el provinciano pueblo texano en el que viven, la aventura vital de la familia tiene un punto de giro (el libro arranca ahí) en el momento en que su madre, tras el fallecimiento de su abuela, quema todas las pertenencias de la familia en una hoguera y amenaza a sus hijas con un  cuchillo, lo que determina  su internación en un psiquiátrico.

En esa escena está el núcleo dramático del libro. Hay un secreto antiguo (del que hay evidencia en los diálogos que las nietas sostienen con su abuela demente y mutilada) que parece el núcleo alrededor del cual crece la locura de Charlie Marie Moore, su madre. Pero también alrededor de ese secreto se ha construido una convicción que el libro desenvuelve con sutileza: la mínima consciencia del deterioro de la vida basta para ser infeliz, para vivir en “una vigilia que algo tenía que ver con aguardar tu propia muerte y con vivir en un estado constante de desesperación vigilante”. Es difícil saber si es la sordidez del pasado oculto hasta el final del libro lo que determina el dolor que hace imposible la vida en la madre de Karr, o si en realidad es la mera consciencia. Como una forma de respuesta, la vida de la propia Mary Karr (que transcurre en esas mismas páginas) está llena de momentos plenos de sordidez y horror: abusos sexuales, escenas de violencia, inestabilidad constante y, hacia el final, la pérdida en vida del padre a causa de la demencia. El hombre que, por otra parte, siempre había compensado el pesimismo de su madre, enredada folclóricamente en Camus y el existencialismo francés: “a él le procuraban sumo placer las pequeñas cosas: el café con azúcar, conseguir que el sinsonete de nuestro árbol de paraíso contestara a su silbido. Sin él, el pesimismo de mamá lo impregnaba todo”.
Hacia el final de su vida, Charlie Marie Moore  abrazó formas de la espiritualidad que asociamos con la New Age como forma de paliar su terror; y Karr (que tuvo una relación con David Foster Wallace) abrazó  el cristianismo después de los cuarenta. Es una tentación hacer un juicio sobre los instrumentos con que Karr terminó lidiando con la mirada que le devolvió el abismo, cuando se atrevió a mirarlo. Este libro, con su humor y con su por momentos cruda liviandad, es el resultado de ese intercambios de miradas con la oscuridad, y no vale la pena perdérselo.

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