Cómo ser apuesto y triunfar en la literatura

En El otro (Impedimenta) Thomas Tryon bosqueja una “historia de gemelos malvados” tutelados por una abuela rusa y arrojados al gótico paisaje de Pequot Landing

FLAVIO LO PRESTI
Thomas Tryon

En una foto que el crítico Alberto Giordano posteó en Facebook aparece él acompañado de un hombre calvo y de aspecto normal y, además, una suerte de Adonis musculoso y bronceado; de fondo hay una playa, y Giordano comenta: “uno de los tres no es profesor de literatura”. Hay una larga lista de personajes vinculados a la literatura para los que el estigma de un cuerpo descuidado no aplica, y Thomas Tryon (como puede verse en las ilustraciones que acompañan esta nota) es uno de ellos. En el caso de Tryon, su carrera temprana está asociada directamente a su apostura: actor de Brodway en sus inicios, cansado de ese mundo decidió probar suerte escribiendo relatos de horror; su primera novela, El otro, encabezó durante meses la lista de Best Sellers en los primeros años de la década del setenta y, como reza el blurb que acompaña esta edición, “animó a Stephen King a hacerse escritor”.
Lo cierto es que la edición de El otro (Impedimenta) empalma bien con una serie de rescates de obras del género de horror y gótico en nuestra lengua (los casos de Shirley Jackson y Michael McDowell son de los más resonantes) y con un auge de géneros como el weird y el horror en castellano (como síntoma, pensemos en el premio Herralde otorgado a Mariana Enríquez por Nuestra parte de noche). El otro entra en el sistema del horror gótico de la mano de tres elementos clásicos: un ambiente rural y una residencia con aires de mansión; una familia tradicional en decadencia económica y, digamos, moral (el contexto social de una pérdida de nicho económico está sutilmente bosquejado en el fondo del relato); personajes en el pasaje de la niñez a la adolescencia.

El otro (Robert Mulligan, 1872)

Sin embargo, la novela de Tryon explota todos estos elementos de manera potenciada: por ejemplo, los niños preadolescentes que protagonizan la trama son gemelos, y la mujer que está más cerca de su crianza es rusa, tiene una teoría sobre la relación entre los rusos y un “excedente sensorial”, y tiene una voluntad pedagógica al respecto. Ada Vedrenya les ha enseñado a sus nietos Holland y Niles un juego que consiste en una variante del poder del cuervo de tres ojos de Game of Thrones o en una fantasía deleuziana literal: los niños son capaces, mediante una fuerte concentración, de devenir objetos y animales y sentir cómo es ser ellos en un determinado momento.
Ese aletazo sobrenatural es apenas un aspecto de la intrincada trama de la novela, que está tan llena de giros que cualquier revelación sobre lo que sucede es una amenaza de spoiler. El relato trabaja, fundamentalmente y de forma a veces sutil y a veces gruesa, sobre la fragilidad de la identidad personal y el borde insidioso de la locura, sobre los vínculos poderosos que crea la fraternidad, sobre la muerte como trauma insalvable y, también, sobre un conflicto trágico tan viejo como la literatura: el choque entre la ley y la familia, entre entender que tu nieto es un monstruo y la ilusión de que el amor es más fuerte (más fuerte que la locura, que el sadismo y que el impulso homicida de un infante demente).

Pero El otro es fundamentalmente una lección de cómo contar en una forma serena y en una prosa por momentos exquisita, plena de detalles y facilidades aparentes (aunque también manchada con algún diálogo novelero), una historia bizarra, a cada paso más violenta y horrible: hacerlo sin perder nunca una redentora alegría formal, a pesar de que mueran ratas, bebés, padres, niños, gatos, y todo lo que se mueve. Y finalmente es una demostración de que es posible (para el que es apuesto) ser apuesto y triunfar en la literatura, ese reino destinado a profesores que hace décadas que no pisan un gimnasio y que evitan prolijamente los espejos.

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