Vos también sos así

Nórdica publicó los relatos de Kjell Askildsen escritos entre 1953 y 1996 en No soy así, un volumen tan cómico como aterrador

FLAVIO LO PRESTI

Una vieja edición de los cuentos de Kjell Askildsen muestra en un fotomontaje a dos hombres en un café: uno de ellos en el fondo de la imagen con la mano sobre la mejilla, en actitud contemplativa, mirando hacia el vacío; el otro mirando a la cámara en un rictus furioso, los hombros levantados y las manos cruzadas en un ademán tenso. La imagen define a muchos de los personajes y escenarios de los cuentos de No soy así, la compilación de los relatos escritos por el noruego entre 1953 y 1996 (Askildsen se quedó ciego y dejó de escribir)  y que, como señala la traductor a Kirsti Baggethun en el prólogo, renovaron el arte del relato breve en el país escandinavo.
La imagen descripta arriba define, como decimos, la posición en el mundo de los personajes de Adskilsen: crispados, condenados a una cohabitación en la que es imposible sentirse cómodos, pero al mismo tiempo necesitados del contacto humano, incapaces de renunciar a la vida en comunidad. Quizás por eso hay tantos bares y plazas en estos cuentos: lugares en los que se puede permanecer en un tenue contacto mudo con desconocidos, pero donde el equilibrio violento del silencio está siempre amenazado por la necesidad de hablar. No es raro encontrar en los cuentos un personaje, en general un octogenario, que rumia la posibilidad de hablar con otro, que especula sobre las consecuencias del abismal salto hacia otro ser humano. Los humanos de Askildsen están atrapados entre el reconocimiento del absurdo de la vida y la necesidad de sostenerla: no en vano algunos de sus personajes ven, como única barrera contra el suicidio, el mero instinto de conservación.
Con todo, los momentos más interesantes de su narrativa suceden cuando una conciencia crispada, abrumada por el dolor de vivir o por la sensación de que este indigno arrastrarse sobre la tierra no tiene sentido, choca contra la candidez de los que pretenden encontrar en la experiencia alguna orientación significativa. “Cada día es un regalo”, dice con entusiasmo en un bar un ex compañero de trabajo de Paulus Hornemann en El estimulante entierro de Johannes.  “Me quedé atónito”, piensa Hornemann, “era como oír a mi madre, y no fue precisamente una mujer digna de imitar”. Así, el seco hipersensible que protagoniza una buena porción de los cuentos del escritor noruego va rompiendo todo vínculo posible por intolerancia frente a la vanidad humana, hasta sentir que el infinito es un consuelo: “yo sabía que existía el infinito y que todo lo irracional perecerá en él”.  

Ese realismo amargo que define la actitud ética de sus personajes define también la forma de estos relatos: reconocida la influencia de Hemingway en un principio, a medida que pasan los libros la prosa de Askildsen se va volviendo un instrumento de lo estrictamente necesario, que no deja entrada a los devaneos líricos ni  a los excursos preciosistas ni a las descripciones superfluas. La herramienta con la que Adskilsen ausculta a sus sufridas marionetas es precisa y estricta, y evita el sentimentalismo al que la técnica de la epifanía suele condenar al relato inspirado en los narradores norteamericanos. Algunos de estos “cuentos” suelen terminar de un modo tan abrupto que parecen la ejecución de un ideal chejoviano: sin trama y sin final.
Pero más importante que la técnica es el puñado de muñecos y situaciones que arrojan los relatos: soñadores incestuosos, hermanos abandónicos, padres muertos a los que la muerte les sienta bien, amantes perplejos, vacacionistas autoengañados con la maravilla del momento y de la juventud, paranoicos vengativos, condenados a tareas inútiles porque no pueden redimir el absurdo, los personajes de Adskilsen atraviesan de manera casi  cómica todos los momentos que la vida le depara al lector, desde los tiernos descubrimientos juveniles hasta los achaques más humillantes de los años (y hasta de los minutos) finales. Los acompañamos con una carcajada y con la mano en la cabeza, aterrados por el espejo roto que nos devuelve nuestra imagen en las páginas: es difícil no pensar que, en realidad, todos somos un poco así.

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