Los vagabundos de Ginza

Un cronista argentino se mueve entre los contrastes de una Tokio tan inmensamente rica como snob e indolente

MATÍAS CHIAPPE

Fue la tarde en que Erika me llevó a esa exposición en una galería de arte. Dijo que iría con nosotros un famoso curador argentino, enfatizando ese adjetivo: “totemo yūmei”. Le propuse que le cobráramos, pero ella me lo prohibió.“Es mi amigo”, dijo. “Y sacar a pasear gente es mi trabajo”, reproché. “Dije que NO”. Lo pasamos a buscar por el Hotel New Otani Tokyo, famoso por su jardincito zen. Subimos unas escaleras de piedra, atravesamos un pasillo y llegamos a un hall en donde estaba el susodicho curador, de pie frente a un ventanal que daba al jardín. Se dio la vuelta cuando nos vio en el reflejo del vidrio. “Con este decorado uno se siente adentro de una pintura de Velázquez”, descargó apuntando al paisaje a sus espaldas. Erika soltó una carcajada. Yo no entendí el chiste.
Me quedé callado mientras hablaban de los años en que ella estudiaba en Argentina, del nombramiento de él como director de la galería tal, de sus encuentros en distintos lugares del mundo: “¿te acordás de esa vez…?”, “¿y de aquella que…?”. Sólo después de un rato largo él hizo lo que Erika no se había dignado a hacer: integrarme a la conversación. “¿Y vos qué hacés en Japón?”, preguntó mientras atravesábamos el pasillo de vuelta hacia el lobby del hotel. Iba a darle mi explicación de siempre, pero ella me interrumpió: “está haciendo su doctorado con una beca del gobierno”, dijo. “Y soy guía turístico”, agregué. “De desconocidos”, especificó ella. “Es mi trabajo igual”. “Un trabajo part-time”, retrucó.
Salimos de los dominios del hotel, esos terrenos que siglos atrás pertenecieron al samurái Kato Kiyomasa, comandante en las invasiones japonesas a Corea de fines del siglo XVI.  Avanzamos (ellos charlando y yo en silencio) entre los rascacielos de Akasaka-Mitsuke, una zona que hasta la Segunda Guerra Mundial había sido apenas un rejunte de barracas militares y prostíbulos. En la actualidad, sin embargo, la marcha de oficinistas en la calle ostentaba una exactitud que habría sido la envidia de cualquier régimen militar de antaño. Cada paso cronometrado y cada balanceo de brazos develaban un orgullo secreto, un ansia heroica: el sentirse protectores de lo que habían logrado durante décadas, el reconocerse un kamikaze que sacrifica día tras día ante el escritorio de su oficina.
Tomamos el subte hasta la estación Ginza, donde Erika se excusó para ir al baño. Fue el único momento de la tarde que pude conversara solas con Andrés. “¿Doctorado en qué?”, me preguntó. “En literatura japonesa”, respondí. “No conozco una mierda”, “yo tampoco”. Nos reímos. “¿Y en qué tema en particular?”. “Investigo escritores japoneses de posguerra que viajaron a Latinoamérica”, “…”, “estaban fascinados por la izquierda latinoamericana, por la revolución cubana, flasheaban que los latinos somos todos como el Che Guevara o el subcomandante Marcos”. “¿Flasheaban qué somos todos fanáticos?”. “Románticos”. “Ah…”, “…”, “…pobre gente”, remató el curador.
Erika salió del baño de la estación y “vamos, vamos”, dijo apuntando a una salida. Ginza, un barrio más cheto que el anterior. Sin oficinas ni dependencias públicas, resultado del boom inmobiliario que siguió al crecimiento de la posguerra, es el baluarte que protegen los oficinistas-kamikaze: una bóveda repleta de joyas Mikimoto, carteras Bvlgari y relojes Patek Philippe, construida por arquitectos-estrella como Kisho Kurokawa, Kengo Kuma y Jun Mitsui. “Y hay muchos bares como éste, al que frecuentaban escritores como Dazai Osamu, Sakaguchi Ango y Kawabata Yasunari”, dijo Erika, apuntando al Lupin y como si estuviera leyendo de una guía turística. Por supuesto desconocía que la única razón por la que venían era el bajo precio del sake, opuesto a lo que sucede hoy en día.

 “¡Y las galerías de arte!”, siguió Erika, ignorando que fueron las responsables de transformar al barrio en la cuna de toda banalidad y esnobismo. Apuntaba a cada galería a medida que avanzábamos: Shiseido, Pola, Eizendo…hasta finalmente llegar a la nuestra: “¡la101!”. Se trataba de una pared blanca con una puerta blanca que, al abrirla, daba a un sótano. Bajamos a un hall donde una chica buscó nuestros nombres en una lista y nos entregó un folleto a cada uno. “Dōzo!”, exclamó abriendo otra puerta. Envuelta en la luz tenue de bombillas de luz de esas que están de moda, la galería se extendía unos veinte metros; en las paredes había cuadros y en el centro, estatuas e instalaciones varias; estaba llena de personas que iban de un lugar a otro y mozos que les repartían copas. Una escena sacada de El mapa y el territorio, de Michel Houellebecq.
El famoso curador y Erika se infiltraron entre la gente. Yo me quedé estático y mirando el folleto en mis manos. La muestra se llamaba «Poverty in memoriam» y buscaba darles visibilidad a los pobres japoneses (decía el texto). “An exhibition to not forget”, agregaba un epígrafe con la ambigüedad que caracteriza a toda frase en inglés escrita por un japonés. Fotos, obras y pinturas de personas durmiendo en la calle, pidiendo limosna, en estado de total miseria. Artistas nuevos, “comprometidos” (sic), que querían mostrar la hipocresía japonesa y derribar el sistema capitalista, explicaba también el folleto. Otros fragmentos memorables afirmaban: “menos es más”, “hay riqueza en la pobreza”, “el anonimato es la nueva fama”, “la ausencia es la nueva presencia”.
En el centro del sótano estaba la instalación principal: un prisma rectangular y de cartón de metro-y-pico de lado que parecía haber albergado un gigantesco electrodoméstico ya obsoleto en nuestra época. Así nomás: la instalación principal era una caja. La obra se titulaba «Los vagabundos de Schrödinger» y en el folleto se explicaba (traduzco) “cuánto puede servirnos la teoría del científico austríaco para pensar aquello que no queremos visualizar en nuestras sociedades, lo que queremos esconder, lo que debemos cambiar”. También se detallaba la influencia que tuvo en Schrödinger el budismo japonés y la literatura de Lafcadio Hearn. Eso y una invitación a informarse mejor sobre la física cuántica.

Todo me resultó tan irritante que me limité a hacerme una única pregunta: ¿cuántos de mis clientes pagarían por venir acá? Después, a reformularla: ¿cuánto pagarían por venir a un lugar como éste? Lo cierto es que ésta se había convertido en una de mis costumbres predilectas en Tokio: imaginar recorridos turísticos, fantasear respecto a cómo explotar las rarezas de Japón, idear formas de redistribuir esa riqueza que injustamente cayó en sus manos. Le pedí a un mozo una copa de vino y me acerqué a los invitados, dándole forma a uno de esos recorridos. Tomé otra copa y otra, perfeccionándolo y mejorándolo con cada trago, haciendo también que su precio se elevara. Para la séptima copa ya había diagramado el recorrido perfecto.
Pero no fue suficiente. Ebrio, decidí pasar de la estrategia a la táctica y me puse a hablar con los invitados de la galería: “hola…”, “hello…”, “hajimemashite…”, presentándome como un «guía turístico especializado en el arte local». Le conté a los invitados que hablo inglés, español y japonés (dije que también alemán), que tengo clientes en Milán, Berlín, Londres, Barcelona, Nueva York, que soy un hombre-de-mundo y que puedo presentarles a potenciales clientes. “Todo por una comisión acorde”, agregué. Fue entonces cuando vi el rostro furioso de Erika acercándose entre la multitud. “¡Éste no es un lugar para andar haciendo negocios!”, me dijo entre dientes. “Es el lugar PERFECTO para hacer negocios”, “NO, no lo es; no todo es dinero en esta vida”. “¡Pero si a esta gente sólo le interesa el dinero!”, grité. Algunos de los invitados se dieron vuelta y nos miraron. “¿Y qué?”, siguió Erika, “si vos sólo salís conmigo para que te lleve a lugares a los que no llegarías de otra forma”.
No sé qué gesto habré hecho, pero dudo que haya mostrado el nivel de mi indignación. Tomé mi copa de un sorbo, se la entregué a Erika y mantuve mi dedo índice en alto. Uno. Dos. Tres segundos. Después me di media vuelta y dejé el salón. Subí la escalera, salí de la galería y crucé a la vereda de enfrente, después volví a la entrada de la galería y después otra vez enfrente. Desde afuera grité cuanta cosa se me cruzó por la cabeza. Qué gente de mierda. Gente despiadada, sin el más mínimo sentido de la solidaridad o la moral. Adictos a la romantización de la pobreza, a la lástima, a la caridad. Gente que ignora que en esta islita se explota hasta a los gatos y que hasta en su ascetismo es pura ambición y frivolidad. ¿Cómo pueden ser tan insensibles, tan forros con nosotros, los verdaderos pobres, los realmente pobres, cómo se puede ignorar lo que sucede en otros lugares?
Borracho, encaré hacia Yūrakuchō. Pasé por un konbini y compré una petaca de whisky Suntory. A los tumbos caminé hasta la placita detrás del shopping Tokyu Plaza en donde está ese tótem horrible que hizo Okamoto Tarō: el que tiene un montón de tentáculos y un reloj de colores en lugar de cabeza. Busqué un lugar entre los cajones de comida y cerveza que dejan los restaurantes cercarnos en esa plaza y me puse a tomar ahí mismo, sentado y ya lejos de la banalidad de lo que en Ginza se considera arte. Uno, dos sorbos. En Tokio es legal tomar alcohol en la calle, pero nadie lo hace porque se vería como un linyera. Lo mismo sucede con comer en la calle; dicen que está prohibido porque uno ensucia y hace ruido, aunque en realidad es para no verse pobre, me confesó una vez Erika. He aquí otra muestra de la hipocresía de esta gente.

Estaba por la mitad de la petaca cuando un tipo se paró frente a mí, tapándome las luces de colores que venían del tótem. Saco y pantalones azules algo raídos, zapatos negros que parecían de segunda mano, un maletín con moho en las esquinas…otro salaryman de medio pelo. Otro oficinista que se inmola por mantener el orden. “Sumimasen”, dijo con un tono demandante y mirando fijamente al lugar donde yo estaba sentado. Miré a un lado y otro. Acto seguido reprodujo con su mano el movimiento de una escoba. Me puse de pie y me abrí de brazos. Entonces el tipo me corrió hacia un costado, levantó uno de los cajones de cerveza y, levantando un cartón, sacándose el saco y corbata, se acurrucó entre las ropas y sábanas que había allí, dispuesto a dormir. Puso de vuelta el cajón entre nosotros. Un instante después ya se había fusionado con el paisaje.
Primero, me quedé estático, sin saber cómo reaccionar. Levanté la cabeza y sentí que en cada rincón oscuro del barrio había ojos que me espiaban, gente ignorada por el sistema; que es cierto lo que dicen: que en ningún lugar uno es más pobre que entre un montón de ricos. En seguida sentí algo más intenso, más profundo. Pensé en los homeless que viven bajo el Metropolitan Building de Shinjuku, en las filas frente al Ejército de Salvación, en la homeless patrol que lidera de uno de mis amigos de la universidad, en ese documental de Michael Goldberg que habla sobre la pobreza en Japón… Pensé en los hikikomori, en los freeters, en los que viven en la calle, en los que viven en sus autos o en cafeterías 24 horas o en manga-cafés, pensé en las casillas de indigentes al borde del río Sumida, en esos barrios de las afueras que albergan a cientos de personas en cuartos ínfimos, en Sanja, el barrio de pobres al que va la gente solitaria que sólo quiere morir. El Japón que ninguna guía muestra, el más difícil de ver. “El recorrido turístico perfecto”, me dije. Respiré hondo, apoyé la petaca al lado de tótem, sonreí. A fin de cuentas, Japón siempre termina enriqueciéndome.

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