Carta al lector del futuro

Valentín Díaz escribe sobre la obra de Kurt Tucholsky, el extraordinario periodista y escritor alemán que pensó el futuro presintiendo que el progreso conducía inexorablemente a la masacre.

VALENTÍN DÍAZ

Estimado.a lector.a,
Me siento muy intimidado: usás ropa muy diferente de la moda de mi tiempo, también tu cerebro sigue una moda diferente… Empecé esto ya tres veces: cada vez con otro tema, buscando un punto de contacto… Cada vez tengo que dejarlo… no nos entendemos para nada. Debo ser demasiado pequeño; estoy con mi tiempo hasta acá, apenas puedo sacar un poco la cabeza por encima del fluviómetro de mi tiempo. ¿Lo ves? Ya sabía: te reís de mí.
Todo en mí te parece pasado de moda: mi manera de escribir, y mi gramática, y mi actitud… No me des palmadas en la espalda, no me gusta. Intento en vano decirte cómo eran las cosas, lo que pasaba… pero nada. Sonreís, mi voz resuena impotente desde el pasado y vos ya lo sabés todo. ¿Debería contarte qué es lo que conmueve a la gente de mi tiempo? ¿Que te hable de Ginebra? ¿De estreno de un espectáculo? ¿De Thomas Mann? ¿De la televisión? ¿De una isla de acero en medio del océano como base aérea? Lo apartás todo de un soplido y el polvo que levantás no te deja ver lo que tenés adelante.
¿Halagos? Lamentablemente no. La humanidad no resuelve las cuestiones sino que las deja en un rincón. Es evidente que para la vida diaria ustedes tienen trescientas máquinas más que nosotros, máquinas que no sirven para nada, pero por lo demás son exactamente igual de necios, exactamente igual de inteligentes y exactamente igual de modernos que nosotros. ¿Qué quedó de nosotros? No hace falta que hurgues en tu memoria, en lo que aprendiste en la escuela. Ha quedado lo que ha quedado por causalidad; lo que era tan neutro que subsistió; en lo que es realmente grande nadie se interesa… sólo un poco los domingos a la mañana en el museo. No nos entendemos. Es como si hoy tuviera que hablar con un hombre de la Guerra de los Treinta Años: “Y, ¿cómo va eso? Debía haber un viento tremendo en el asedio de Magdeburg, ¿no?”. Y así.
Ni tan solo puedo tener una conversación elevada contigo por encima de las cabezas de mis contemporáneos, siguiendo aproximadamente la melodía; nosotros sí que nos entendemos porque vos sos un progresista como yo. Ah, querido mío: vos también sos un hombre de tu tiempo. Pero dejémoslo. Debés querer ir a desayunar.
Buen día. Este papel se puso ya amarillo. Se desmenuza entre los dedos. Ya es tan viejo… Loado sea Dios, o como llamen ahora a la cosa. No debemos tener mucho para comunicarnos, nosotros, la gente mediocre. Hemos consumido muestra vida, nuestro contenido ha pasado con nosotros. La forma era todo.
Bien, igual quiero darte la mano. Por buenos modales. Y ahora te vas. Pero todavía quiero decirte algo: tampoco son ustedes mejores que nosotros ni que los antepasados. Pero ni un poco, nada de nada.

1985
Esta advertencia la escribió Kurt Tucholsky en 1926. Le puso “Saludo al porvenir” y estaba destinada a un lector hipotético de 1985, el año de Volver al futuro. Tuvo que escribir esto porque ya sabía que el progreso conduce a la masacre, pero también porque como escritor y como crítico supo que el tiempo de la literatura es otro que el del progreso y que lo mejor en general no está por venir, aunque no se pierdan las esperanzas.

Kurt Tucholsky (1890-1935)

Años 20
Mejor que el futuro –es lo que dice de alguna manera Tucholsky– es la resistencia del tiempo. No es el fin de la esperanza, es una desconfianza que permite mirar al año nuevo a la cara. En 1926, en contra de lo que muchas veces se cree, el futuro ya había perdido encanto, al menos para los más lúcidos. La Guerra había acabado con la ilusión. Pero esa pérdida de confianza era lo que a su vez daba espesor al tiempo histórico. La incertidumbre de nuestro tiempo puede leerse en la indiferencia ante el umbral del cambio de década. Se acabó nuestro fin/comienzo de siglo. Vienen nuestros años 20. Nada permite prever una época de grandes experimentaciones. Es un precio conveniente a pagar a cambio de no tener vanguardias. Pero lo cierto es que, sea como vaya a ser, a nadie parece importarle el brillo de la fecha.

1890-1935
Si bien estudió Derecho, Kurt Tucholsky fue novelista, periodista, crítico, autor de poemas y canciones de cabaret nacido en Berlín. Colaborador estrella del semanario Die Weltbühne desde 1913, fue uno de los intelectuales emblemáticos de la República de Weimar, de estilo fundamentalmente satírico y de gran éxito. Defensor del pacifismo y socialdemócrata, en 1911 viajó a Praga a conocer a Max Brod y a Kafka, quien en su diario registró el encuentro y su sorpresa ante el interés por el derecho penal del joven escritor. 
Poco antes del comienzo de la Primera Guerra Mundial abandonó el judaísmo, fue soldado y poco antes del armisticio fue bautizado protestante.
En 1924 se trasladó a París como corresponsal. Casi no volvería a vivir en Alemania. En 1930 se mudó a Suecia, de donde no podría volver una vez comenzado el nazismo, que incluyó los libros del autor en las quemas. Se suicidó con una sobredosis de pastillas.

1940
Porque el ciclo de la sátira estaba terminando. Tras décadas de agonía, hoy ya no es posible. Es como un golpe contra una superficie hueca que se rompe sin hacer ruido.

El castillo de Gripsholm

1929
Tres años después de la carta al lector del futuro, Tucholsky publica su mejor libro, Deutschland, Deutschland über alles, cuyo título cita los versos del himno alemán (Alemania, Alemania, por sobre todo) que el nazismo volvería pocos años después imposibles (actualmente están excluidos) pero que, demuestra Tucholsky, en cierto modo ya lo eran en ese momento. 
Se trata de un atlas de imágenes y textos satíricos compuesto en colaboración con el artista alemán John Heartfield, en el que vibra con alta intensidad el presente de la República de Weimar y su posteridad aparece a los ojos del lector de hoy como promesa de destrucción. Todo conduce a esa destrucción pero casi todo conduce también a su posibilidad de salvación, a su posguerra.
En efecto, si el libro es un ejercicio de crítica es porque conviven en él las dos fuerzas necesarias (el sí y el no) para la auténtica crítica, para ser intempestiva, para ser del propio tiempo mediante una forma inaudita de no serlo. Escribe Tucholsky al iniciar el capítulo final, titulado “Nuestra tierra”:
A lo largo de 225 páginas dijimos No, No a la compasión y No al amor, No al odio y No a la pasión –y ahora queremos decir, una vez, sí. Sí al paisaje y al país Alemania. El país en el que nacimos y cuya lengua hablamos. 
El Estado raja cuando amamos nuestra patria.
En todas las contradicciones está –imperturbable, sin bandera, sin estribillos, sin sentimentalismo y sin espada desenvainada– el amor silencioso por nuestra patria.

Este breve capítulo final encierra la lógica de la crítica: el sí y el no simultáneos y por eso sin síntesis, la dialéctica suspendida. Pero ese matiz se establece sobre un fondo en el que la tarea de la crítica es pensada desde el No. En 1919, Tucholsky había escrito una suerte de manifiesto del semanario Die Weltbuhne titulado “Nosotros negativos”:
No podemos decir sí a un pueblo que, todavía hoy, está en una condición tal que, si la guerra por casualidad hubiese salido bien, nos haría temer lo peor. No podemos decir Sí a un país que está obsesionado con las colectividades y que pone a las corporaciones muy por encima del individuo.

Bruno Cathomas interpretando a Kurt Tucholsky en los salvajes años veinte.

1952
“Nuestra tierra” está recogido también en Entre ayer y mañana, la antología editada por una de las mujeres de Tucholsky, Mary Gerold-Tucholsky,  traducida al español, y si bien aparece fuera del contexto original, cierra esa antología y coloca todas las intervenciones breves y poemas de Tucholsky que componen el libro en la lógica de la crítica como afirmación vital y negación radical simultáneas. Entre ayer y mañana es la experiencia del tiempo histórico en Tucholsky. Es el tiempo de la espera. Es la resistencia del tiempo, la convicción de que algo no está listo para terminar pero menos aún para crear lo nuevo. Lo que acaba de comenzar es bisiesto. 

2006
Además del nombre de una calle, Tucholsky es hoy el de una serie de proyectos, Kurt-Kurt Projekte, que llevan adelante Simone Zaugg y Pfelder en Berlín. Las habitaciones de la casa natal del autor son utilizadas para desarrollar una programación artística que tiene como centro temático al barrio de Moabit.

Entre el ayer y el mañana

2020
El libro para las vacaciones que escribió Tucholsky es un clásico de la literatura alemana, El castillo de Gripsholm. Una historia veraniega, publicado en 1931 y prohibido luego por el nazismo. La novela empieza con cartas al editor del propio libro, Ernst Rowohlt. En la última, se despide de él antes de lanzarse a la aventura que la novela va a contar, le pide que tenga paciencia con las entregas y también un aumento:

“Te escribo esta carta con un pie en la estación. Dentro de una hora sale mi tren. Estas vacaciones no voy a trabajar nada, lo que quiero es tirarme a la sombra de los árboles y dormir a pierna suelta. Cuando vuelva podemos volver a hablar del tema, pero ahora te saludo cordialmente agitando mi sombrero en señal de despedida y deseándote que pases un buen verano. No te vayas a olvidar del 12%.”

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