Una taza con tu cara

El último “secreto mejor guardado” de la literatura estadounidense fue Lucía Berlin, autora de Manual para mujeres de la limpieza. La publicación de sus memorias, Bienvenida a casa, permite deconstruir ese fenómeno.

LUJÁN STASEVICIUS

Nada más apropiado que hablar de casos de mercantilización feroz del talento. Y si de modas se trata, nada mejor sentarse a contemplar la fascinación que provoca la figura de Lucía Berlin, rescatada del olvido editorial en el 2015 con Manual para mujeres de la limpieza,un rescate seguido el año pasado por Una noche en el paraíso, publicado en Estados Unidos en tándem con su libro de memorias, Welcome Home [Bienvenida a casa], que verá la luz en español durante el 2020 y que marca, quizás, el fin de los manuscritos de la autora, aunque nunca se sabe.

Lucía Berlin es una escritora cuya imagen nunca veremos envejecer. Aunque murió en 2004, la paradigmática foto que encontramos de ella en contratapas e internet es casi siempre la misma: una Lucía modelo 61 o 63, espléndidamente joven, fumando a veces, y siempre mirando hacia fuera del plano, casi como entendiendo nuestra admiración o curiosidad y prestándose indolente a ella. Esa es la imagen registrada, que ocupa dos tercios de su merchandising, que curiosamente no incluye remeras –todavía– pero sí tazas de café y bolsas varias, además de fotografías para enmarcar. Existen, es cierto, una serie de documentales breves en los que incluso se la ve con la máscara de oxígeno que la acompaño durante sus últimos años, pero no son ciertamente los que se encuentran en una búsqueda rápida.

Es imposible saber qué reacción tendría ella frente a esta cosificación. Dio pocas entrevistas, e incluso en una de ellas dijo que no le interesaba ser famosa pero sí leída. Semi ignota mientras vivió –aunque también eso es parte del mito, ya que ganó el American Book Award 1991 y fue publicada–, adquirió definitivamente el status de celebrity en 2015, once años después de muerta, con el Manual para mujeres de la limpieza –¿o para limpiar mujeres?, podría esgrimir un Jorge Corona literario; la traducción sería la misma–, que se volvió best-seller primero en Estados Unidos y luego en España, donde El País lo incluyó cuarto en 2016 en la prestigiosa lista que Babelia hace cada año con los mejores libros, quedando en el puesto número 15 de los mejores de lo que va del siglo XXI, publicada hace unas semanas. Nada mal.
En 2015 el boom Berlín sorprendió a todos, al punto tal que su hijo recordó cómo la editorial que tenía los derechos de la obra de su madre se los ofreció por un dólar para sacárselos de encima. De chismes de este estilo se conforma también la persona que han hecho de Lucía. Uno de los eslóganes la describe como “el secreto mejor guardado de las letras americanas”, y rápidamente se le adjudicó un lugar junto a figuras de la talla de Joan Didion o Lorrie Moore además de ponerla en lugar preferencial en las librerías muy cerca de Stoner, de John Williams, a la que se reconoce como su predecesora. En 2018, y ante el éxito en ventas de su anterior antología, se publicaron también sus memorias incompletas bajo el título de Welcome Home. Estas memorias se promocionan como un volumen que acompaña al nuevo libro de cuentos, ciertamente menor comparado con Manual. Si habláramos de música, Manual sería el grandes éxitos, mientras que Una noche en el paraíso –así se titula, y ya está disponible en Argentina– sería el lado B y rarezas; irregular, con chispazos de genialidad, pero en su mayor parte balbuceante y carente de edición responsable.
Jeff Berlin, uno de sus cuatro hijos, y una de las cabezas detrás de este exitoso márketing, escribe en el prefacio que Welcome home [Bienvenida a casa] quedó “con la última oración sin terminar”, y no podemos menos que imaginar a una bellísima Lucía, lívida, dejando caer delicadamente una pluma. Poético, el hijo, y ávido alimentador del mito.

El libro en tanto cosa es un objeto de lujo, y es a propósito. Nuevamente es Jeff el que declara, sin ruborizarse, que quería que las memorias de su madre fueran a parar a las mesitas de café de los livings de sus lectores, y ciertamente ha sido fiel a su deseo. Aunque muchísimo más pequeño que un libro de arte o fotografía, Welcome Home, en su edición en inglés, está impreso en páginas de papel fotográfico en el que parece que es el texto el que acompaña a las imágenes, y no al revés. Las fotos dan cuenta del álbum familiar. La mayoría está tomada durante su infancia, hay algunas escasas fotos que no van más allá de 1966 (dos fotos), y una figurita difícil: Lucía en 1982, distante, lejana, en blanco y negro y ciertamente avejentada. Mal llamado “memorias” –al menos que nos resignemos a admitir que la de Lucía era cortísima–, el texto se compone de la autobiografía que se interrumpe abruptamente en 1965 –aunque fuese escrito durante la década del 90–, un catálogo que la autora hizo de las casas en las que vivió, con sus diferentes problemas edilicios –se le cayó el techo, literalmente, más de una vez– e inmobiliarios –fue desalojada varias veces– , y finalmente una selección arbitraria de correspondencia entre ella y sus allegados. 1965 pareciera entonces ser el año límite en la existencia mítica de la autora. La Lucía biológica vivió 39 años más, pero públicamente siempre tendrá 29. Sus sobrevivientes la han convertido en la Garbo que no sabíamos que necesitábamos: la mujer que no se deja ver vieja, y alimenta el chisme.
El tono del libro es crudo y detallista, y se puede jugar un rato a hacer referencias cruzadas entre los detalles y sus contrapartes ficcionales en los cuentos, pero el juego se vuelve aburrido bastante rápido. Quizás por haber quedado incompletas, el ritmo de estas memorias carece de toda pulsión narrativa. Se extraña a la Lucía escritora, autora de cuentos, pero bueno, a quién le importa si el libro es bonito, ¿no?

La literatura a la que nos tiene acostumbrados es el reverso de este branding post-mortem, ya sea en forma de este libro o de su imagen registrada. Antes que una Garbo, Lucía sería la contraparte obrera de Sylvia Plath. Los relatos de Manual de mujeres de la limpieza, por ejemplo, se demoran en mujeres ojerosas, desgarbadas y pobres, la llamada working class que, cuando se la describe con destreza, y este es definitivamente uno de los casos, de glamoroso no tiene nada. Acá la pobreza se describe desde las entrañas; no hay tiempo para la caridad, la conmiseración ni el paternalismo. Frases como “los pobres siempre esperan un montón”, “las mujeres siempre le suben dos octavas a su voz cuando le hablan a las mujeres de la limpieza o a los gatos”, o “cuanto más grave está un paciente, menos ruido hace” combinan perfectamente la experiencia con la sensibilidad que se requiere para representarla. Los cuentos están, además, rebosantes de muerte, aunque no en un sentido trágico o melodramático. Berlin no coquetea con la solemnidad del final de la vida, sino que mira cansadamente a la parca y suspira. Clínicas de abortos clandestinos donde, esperablemente, no todo sale bien, peligrosas paradas de bondi a deshoras, salas de emergencia atiborradas de pacientes terminales son algunos de los escenarios por los que Berlin se detiene y la muerte abunda, pero por remanida no asusta a nadie. No son volúmenes que se lean de un tirón. Berlin exige con su atención al detalle que saborees con ella lo poco que puede valer la vida, y lo nada que importa.
Sin embargo, e incluso antes de Welcome Home, pareciera que no sólo la familia ha promocionado la celebrity Lucía por encima de la Lucía escritora. A la ociosa comparación con Raymond Carver –¡rápido, alguien nombre un escritor americano de cuentos cortos!– la gran mayoría de la crítica le ha agregado en sus reseñas una fascinación tabloide por su vida íntima. La tentación es burda, pero entendible; con un parecido más que razonable a Elizabeth Taylor –y no sólo en la imagen–, Berlin llena párrafos ajenos con sus desdichas personales. Escudados su cultivo de la autoficción, más de uno cede al chisme que impregna su obra. Sí, Berlin era alcohólica, tenía escoliosis, muchos maridos e hijos de distintos padres. No todas las alcohólicas con muchos maridos e hijos escriben como Lucía Berlin, así como nadie que se ha llevado mal con su padre ha sido capaz de escribir Carta al padre, o componer Don Giovanni. En otro enero, hace ya un año, Rodrigo Fresán en un por demás divertido artículo, calificó a Lucía Berlin de “espécimen comercialmente perfecto a la vez que noble”, y anticipó, con justa razón, la inutilidad de una autobiografía incompleta, truncada mucho antes de llegar siquiera a la mitad de su vida. Hoy sabemos que esta última publicación lo que menos intenta es ser leída, sino ojeada, como todo buen libro de mesa de café que se precie.

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