Alasdair Gray

A días de su fallecimiento, un perfil de Alasdair Gray, extraordinario escritor y artista visual escocés que revolucionó la literatura de su país con una desbordada imaginación, y que escribió durante treinta años la misma fantástica novela

FERNANDO KRAPP
Alasdair Gray

Seamos realistas: hoy nadie escribe una novela como Lanark. ¿Quién se toma 30 años, se enfrasca en un mundo paralelo y decide contar toda una vida mientras se encuentra viviéndola? Y por vivir una novela no nos referimos a pagar las cuentas, conseguir un trabajo, y mientras tanto escribir. Alasdair Gray se tomó 30 años de su vida para que su imaginación creciera junto con él. Para que madurara con el proceso eterno que le llevó construir su personaje, desarrollarlo y aniqularlo. Hace unos días, el escritor escocés, nacido en Glasgow en 1934, uno de los más grandes desde Sir Walter Scott (por cierto, tampoco ya se toma nadie la molestia de leerlo), murió a los 85 años en su casa. Apaciblemente, según su familia.  
Las fotografías y los registros en video no dejan adivinar del todo su contextura, si es gordo o más bien tirando a flaco; es claro que ve muy poco detrás de los culo de botella; anda con los hombros caídos,  y tiene algo de gnomo: lleva los pantalones bien por arriba de la cintura sujetados por tiradores. Es muy gracioso escucharlo hablar (como puede verse en este video). La erre se le escapa cada vez que se pone efusivo. Parece alguien arrancado de un cuento de hadas que debe padecer las desventajas de vivir en nuestro prosaico mundo con cierta gracia, forzado a una sabia melancolía. Hace unos años, Interzona publicó un ejemplo de su obra, Historias inverosímiles, en general. Un libro de cuentos que combina su destreza como pintor y dibujante con su maestría para la fábula y la invención. Pero su novela más famosa, por la que cual será recordado (o rescatado), es Lanark, que fue publicada en español por Ediciones de Blanco Satén y Ediciones del B. Novela maratónica y monumental, de más de 600 páginas, que llevó 30 años de escritura (no me canso de repetirlo, quizás para creerlo).

Gray estudió pintura de joven. Durante mucho tiempo hizo murales en cantinas a cambio de comida,  un oficio que aprendió en la facultad. Fue muy pobre, y cuando salía de su precario frasco ficcional para pegar una ojeada a su vida económicamente miserable, prefería volver a la escritura de su mundo zigzagueante y surrealista, a la imaginación penosa que le mostraba el reverso de sus vicisitudes prosaicas, como la asechanza del desempleo de su padre durante su juventud, los problemas que tenía con las mujeres, el bullying sufrido en la infancia.
Publicada en 1983, Lanark recibió el espaldarazo automático de Anthony Burgess, que la incluyó en su micro canon de la nueva narrativa británica, 99 novelas. En su etílico estilo rezongón, Burgess fue directo: Gray era el heredero de Sir Walter Scott. “Una gran novela llega por fin de Escocia. Ya era hora de que ese país produjera algo moderno capaz de hacer saltar por los aires todo lo anterior”. Leer hoy Lanark es atravesar una vivencia anacrónica, absurda, hermosa. Una de esas novelas que se convierten en una poderosa y extraña experiencia de lectura, que nos arrastran a otra dimensión y demandan de nosotros no solo nuestra precaria concentración, asaltada por el uso inmoderado de los celulares, sino de nuestras emociones, nuestros vínculos y de nuestras obligaciones materiales.
En un afán titánico, Gray narra una vida en cuatro libros agrupados en un mismo ladrillo. Comienza por el libro tercero, continúa con un prólogo, después el primero, el segundo, un interludio, el cuarto, y un epílogo. La historia – si podemos glosarla en estos escasos caracteres – transcurre en una Glasgow levemente desfasada, una ciudad imaginaria llamada Unthank, que, como la mayoría de las ciudades al norte de Gran Bretaña, en un momento de la Historia, dejaron de ser productivas y se convirtieron en infiernos.

La novela comienza con una deriva realista entre pubs por la bohemia escocesa. Lanark es un personaje amnésico, que no sabe bien cómo llegó hasta la ciudad en donde se encuentra. Tomó el nombre de una ciudad que apenas recuerda y se la pasa tomando alcohol con una serie de personajes extravagantes que lo someten a extrañas preguntas mientras su entorno se va volviendo igualmente extraño. De pronto entendemos que estamos en una ciudad imaginaria llamada Unthank y que nuestro personaje tiene un problema en la piel. Como en las viejas historias de portales (que tanto le gustaban al niño Gray), una llave lanza a Lanark a un hospicio para tratar su extraña enfermedad dérmica llamada “Dragon Skin” (Gray de chico sufrió enfermedades dérmicas y múltiples eccemas que lo llevaron a recluirse en su casa). En este nuevo espacio aparece el médico (¿es médico?) Thaw, alter ego de Lanark, aunque uno no sabe si no es a la inversa. Lo que ocurre es que Thaw empieza a a preguntar y a hablar de más, a desdoblarse en la historia que escucha Lanark. Gray inserta un enorme flashback que altera el presente de Lanark: de pronto entendemos que un oráculo le ha contado esta vida (la de Thaw) a Lanark, alterando la suya. Gray abre el Libro 1 y el Libro 2, y señala que “la vida de Thaw está recubierta por el caparazón de la historia de Lanark”.
Aquí es donde Gray habla de su propia vida y el relato retoma una vena realista. La ciudad en la que transcurre la acción es más parecida a Glascow, la familia de Thaw es una típica familia de trabajadores, y se identifica un tiempo histórico de entreguerras. Una novela de aprendizaje que Gray comparó con Retrato de un artista adolescente de James Joyce. Esta historia se convierte en una pesadilla en el último libro. Ya que la vida de Lanark, desdoblado en Thaw, está atrapada en una distopía funcional y política. Es el tiempo que controla el presente del relato, el tiempo real de la historia. Gray va encerrando a su personaje en un mundo atravesado por laberintos, vías aéreas que se conectan con escaleras infinitas como shoppings eternos. Una fábula social, con ecos de 1984 de Orwell, que sirvió como inspiración a las fábulas tecnocráticas de Iain Banks en El puente y a David Foster Wallace para La broma infinita.

La nuestra es una época estigmatizada por el diseño gráfico. Los libros de Alasdair Gray son objetos que combinan diseño y narración. Tienen todos los condimentos que necesita un objeto para atraer a los lectores distraídos: dibujos, tipografías raras, mapas gigantescos con contornos definidos. Sus libros son el regalo ideal. Pero esa amabilidad de su aspecto visual contiene un complejo mundo narrativo. Lo que entra por los ojos, sus dibujos y sus mapas, cumplen una función (ergódica, diría un crítico pedante) dentro de un libro que parece estar en constante, lúdica y destructiva construcción.
Lanark es para mucho el “Ulises” escocés (no lo digo yo, sino William Boyd e Irvine Welsh, dos fanáticos declarados de la obra maestra de Gray). Siguiendo una vieja idea de Borges, Carlos Gamerro señala en su lectura sobre el Ulises que Joyce se permitió hacerle un “gran chiste” a la literatura occidental desde un lugar marginal dentro de la lengua del imperio, el inglés. Al ser irlandés, Joyce pudo crear una lengua nueva, menor, dentro de una lengua dominante. El caso de Gray es similar: construye una literatura marginal desde su Escocia natal, tratada siempre como una provincia salvaje al norte de Inglaterra, y esa marginalidad define su carácter experimental. Gray se permite mezclar todo: ciencia ficción con la novela realista, el muralismo con el comic, la novela de aprendizaje con la novela distópica. La forma de Lanark contiene en su esencia un espacio de libertad, de inverosimilitud, donde la parodia y la copia (el grabado de la realidad) constituyen la épica del juego. Gray lo señala en una entrevista: después de leer a Scott en la secundaria lo primero que pensó fue en que su literatura debía ser épica. Si en Ivanhoe se narraban los avatares épicos para los nacionalismos imperantes del Siglo XIX, la épica de Gray hacia fines del siglo XX se plantea desde un lugar de desintegración pos industrial.


La copia y el desfasaje: mejor dicho, el diseño de una realidad (de ahí todos los dibujos que componen los libros de Gray como si se tratara de una Enciclopedia de una Escocia proyectada). Tomemos como ejemplo el libro de cuentos publicado por Interzona, Historias inverosímiles, en general. El leve desplazamiento en el título, “inverosímiles”, le permite, como señala el escritor y traductor Marcelo Cohen en su contratapa, emanciparse de toda probabilidad, de todo atisbo de realismo, de todo verosímil. Pero Gray agrega un gesto desestabilizador: “en general”. ¿Cuáles son los cuentos inverosímiles y cuáles no? El problema, parece plantear Gray, es cuando no se saben dónde está el conejo y dónde el agujero. Dónde comienza el verosímil y donde termina. Cada libro que constituye esa vida (que son todas las vidas posibles) de Lanark suma tanto como resta, y en su forma libre y autónoma, Gray se permite incluirlo todo, porque todo mundo que se crea demanda tanto lo perfecto como lo anormal, el mapa y la deriva, la grandilocuencia y el detalle absurdo. Ya lo definió Burgess en su momento: “Gray es un escritor fantástico”.

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