El moralista en su laberinto

A 60 años de la muerte de Albert Camus, en un accidente automovilístico el 4 de enero de 1960, retrato de un escritor intransigente.

MARIANO GRANIZO

Decía Sartre de Camus, en un artículo publicado después de su muerte: “Se vivía de acuerdo o en contra de su pensamiento, tal como lo revelan sus libros”, y allí tenemos la marca de un hombre inmerso en su tiempo, consciente de la imposibilidad, en los momentos tórridos de la historia, de dejarse ganar por la tibieza de la complacencia.
Un moralista, así lo definía Sartre. Un moralista que creía en el ser humano por sobre todas las cosas, y esto fue lo que lo lanzó a situaciones complejas en lo político. Escritor antes que intelectual; escritor, en el sentido de aquél que escribe y que lo único que puede oponer al mundo, su única intervención, es la escritura. Ni intelectual ni filósofo (que sería más apropiado para definir a su otro en espejo, Sartre), tan sólo escritor. Un escritor que lucha contra el totalitarismo reduccionista. ¿Quién fue ese escritor llamado Albert Camus?
Nacido en Mondovi, departamento de Constantina (Argelia francesa) el 7 de noviembre de 1913, de padre trabajador agrícola y madre de origen español, pasa su infancia y su primera escolaridad en el barrio de Belcourt (hoy Belouzdad) en Argel, barrio popular de trabajadores y gentes de oficios por lo menos dudosos. Camus esgrimirá, a lo largo de toda su vida, la carta de su origen pobre como credencial moral para hablar sobre los trabajadores y los oprimidos, incluso cuando su fama ya lo había convertido en algo muy distante de aquél muchacho pobre y de futuro incierto. Ya en el liceo, al que asiste becado gracias al interés que Louis Germain tiene en él por su desempeño (tan importante fue Germain en el cambio de su destino que Camus le dedicará su discurso al recibir el Premio Nobel de Literatura), se vuelca al deporte por entero, desempeñándose como arquero en el Racing de Argel, carrera que se trunca por la tuberculosis que lo acompañará toda su vida. Camus sostuvo siempre que todo lo que había aprendido sobre la vida y el ser humano lo había aprendido en una cancha de fútbol. Si se hiciera una historia de los intelectuales y el fútbol, como máxima expresión popular presuntamente anti intelectualista, se debería nombrar a Camus y a Pasolini como los dos grandes responsables del acercamiento entre ambas expresiones. Alejado del fútbol por los efectos de la tuberculosis prosigue sus estudios en el liceo, donde conoce a Jean Grenier, quien será su profesor de filosofía y amigo hasta su muerte. La influencia de Las Islas, el libro de Grenier, con sus ideas de vacío y vida plena, será tan importante en Camus que le dedicará El revés y el derecho y El hombre rebelde. Grenier, posteriormente, se volcará al orientalismo, lo que deja entrever ya los hilos de la formación de Camus ante los hechos políticos que le toca vivir en su vida. Es imposible no ver el origen del moralista Camus en la influencia temprana de Grenier.

            En 1933 Camus adhiere al Partido Comunista y se hace cargo de la propaganda entre los musulmanes argelinos, aunque abandonará el Partido para siempre un año más tarde ante los cambios de la política de Moscú en relación a los árabes. Este tipo de decisiones maniqueas será su marca política que terminará en su adhesión final al anarquismo. Alejado del fútbol por la tuberculosis se vuelca de lleno a sus estudios de filosofía mientras realiza otros trabajos para sustentarse. También comienza su fuerte relación con el teatro, funda el Teatro del Trabajo y participa en la redacción de obras colectivas de carácter humanístico y contra la opresión. En 1936 culmina sus estudios con una tesis sobre las relaciones entre helenismo y cristianismo a través de las obras de Plotino y San Agustín. Aquí culmina la primera parte de su vida a la que podríamos llamar sedentaria, para comenzar el nomadismo que lo caracterizará. Ese nomadismo vendrá, inicialmente, de la mano del teatro, que lo llevará a recorrer Argelia como actor en la compañía teatral de Radio Argel. También lo lanza al camino el hecho de haber sido rechazado como profesor por esa tuberculosis maldita.

 Su carrera como escritor comienza, formalmente, con el trabajo periodístico en Alger Républicain, en 1937, año en que también publica su primer libro, El revés y el derecho, donde retrata los años de su niñez y juventud y aquello que observó y lo marcó moral y humanamente.
Su trabajo como periodista lo lleva a escribir un informe sobre la situación social de los musulmanes en la región de Kabylia. Esto lo coloca en el ojo de la tormenta para el gobierno colonial francés y se convierte en un desocupado más. No le queda otra a Camus que partir rumbo a Francia con la esperanza de poder trabajar allí. Comenzada la Segunda Guerra, vuelven a jugarle una mala pasada las marcas de la tuberculosis en su cuerpo impidiéndole enrolarse como combatiente regular. Ya en Francia, trabaja en Paris-Soir sin abandonar su vida nómade, pero dura poco en la publicación. Camus escribe todo el tiempo sin publicar (El mito de Sísifo, El extranjero, varias obras teatrales) pero no será hasta el regreso de uno de sus viajes por África del norte que comienza una de las etapas más importantes de su trabajo: la etapa Combat.
Comienza un trabajo febril de escritura para la red de propaganda de la resistencia francesa que era Combat. Los textos escritos por Camus ya muestran al moralista que, en medio de una guerra, consigue distinguir fácilmente al enemigo sin tener que manejar grises. Es innegable que Camus siempre se ha colocado del lado de los “buenos”, de los “justos” y los “oprimidos” pero, salvo en momentos de guerra y ocupación territorial por un enemigo declarado, no suele ser tan simple identificar “buenos”, “justos” y “oprimidos” sin traicionar sus causas por una opción moral inclaudicable. El 21 de agosto de 1944 aparece el primer número de Combat publicado libremente, y Camus ya es jefe de redacción. (Algunos editoriales y notas escritos por Camus fueron publicados bajo el conflictivo título de Moral y política.) Ya Camus poseía un nombre no sólo por su actividad en la resistencia sino por la publicación en 1942 de El extranjero y El mito de Sísifo. La imagen de Camus es famosa, y con imagen me refiero no sólo a la construcción que ha hecho de si con su escritura sino al personaje público que aparece fotografiado: alto, el pelo abundante peinado hacia atrás, cigarrillo colgando de la comisura de los labios, mirada ladeada, al volante de un auto deportivo o con un pie en el guardabarros y sonriente ante la cámara; es Camus la imagen viva de un sportman, un dandy, un escritor famoso que vive la vida.

 El fin de la guerra hace que Camus se deba enfrentar a un mundo inmerso en contradicciones, un mundo en el que se puede identificar fácilmente al enemigo aunque no sea tan simple dar con la acción política correcta para derrotarlo. Si para Sartre “las manos sucias” es algo inevitable al momento de hacer y pensar políticamente el mundo, para Camus las manos siempre deberán estar limpias o, a lo sumo, con la sangre del enemigo, aunque esto sólo figurativamente dado que es un declarado enemigo de la violencia. Para un moralista como Camus, el ser humano es la medida de todo, pero tener creencia absoluta en el ser humano y en su capacidad para distinguir lo bueno de lo malo es lo mismo que no creer en nada, es deshistorizar las acciones humanas. Esto, que le daba resultado a Camus en la guerra y en la lucha sin cuartel, lo torna desacertado en la política del acontecer diario.

            Al surgimiento de los vaivenes de la guerra fría Camus opondrá textos morales que, poco a poco, se van alejando de la utilidad política. En 1947 abandona Combat y publica La peste, donde el sacrificio y la solidaridad destacan como valores humanos innegociables. Albert Camus es ya el termómetro moral de su época. Como es lógico, todo moralista político se acerca al anarquismo, y Camus no podía ser menos. Es desde esa posición político-moral que comienza a distanciarse del ala más dura de los intelectuales de izquierda. Sus constantes críticas y denuncias al accionar del Partido Comunista soviético sobre sus países satélites (la rebelión malgache, la condena a muerte de militantes comunistas griegos, el apoyo a la sublevación obrera en Alemania del Este en 1953), tendrán su momento cumbre en 1951 con la publicación de El hombre rebelde, que lo colocará ya fuera de la actividad política real dejándolo en el lugar del moralista de hierro.
El hombre rebelde (o revuelto, de quien hace revueltas, más acorde a la idea expresada por Camus) lo enfrenta con su otro en espejo, Jean-Paul Sartre. Finalmente el moralista y el político se enfrentaban y daban por terminada una amistad tirante de quienes, a su modo y con bemoles, habían luchado en el mismo lado del campo de batalla. Para Camus, el hombre rebelde es el que dice no en nombre de un valor común a todos, y eso lo hace no estar ya solo. Los hombres se rebelan y luego existen. Pero desde el punto de vista sartreano, esa rebelión sólo puede darse en el marco de una concepción histórica dado que no existe un valor común a todos los hombres. Criticado duramente el libro en Les temps modernes por igualar la rebeldía ante cualquier opresión, sea de Dios o del Partido, y no manejar grises, no manejar la estrategia política en la declaración (para Camus sería igual Stalin que Hitler, aunque decir eso anule la posibilidad de defender la causa por los derechos de los trabajadores del mundo ante sus verdaderos enemigos: si todos son malos solo nos queda el absurdo proclamado en El mito de Sísifo) es invitado a escribir una respuesta a la crítica hecha por Jeanson. La polémica que se desata entonces entre Sartre y Camus, y que terminó con la compleja amistad que sostenían, es el mejor ejemplo que tenemos de lo que debe pensar en decir un intelectual antes de decir. ¿Qué callar, qué decir, hasta dónde decir para que una causa triunfe y, posteriormente, poder decirlo todo?

El 10 de diciembre de 1957 un Camus desmejorado por los estragos de la  tuberculosis recibe el Premio Nobel de Literatura. La telaraña de la realpolitik lo aprisiona una vez más y lo premia con el burgués premio del opresor burgués al escritor burgués. Extrañamente, el moralista que no reconoce grises ni conveniencias políticas por la causa, sube a recibir el premio. Es un hombre del teatro (Calígula, El malentendido) y de la narrativa (La caída, El exilio y el reino) al que se lo premia por una obra que “ilumina los problemas que se plantean en nuestros días a la conciencia de los hombres”. Dos años y pocos días después, Albert Camus muere en un accidente automovilístico. Es el 4 de enero de 1960 y sobrevuela el fantasma de la KGB. Tres días después lo recuerda y despide Sartre en un magnífico texto publicado en el France-Observateur: “Su humanismo obstinado, estrecho y puro, austero y sensual, sostenía una lucha incierta contra los acontecimientos densos y deformes de la época. (…) A poco que se leyera y reflexionara, se daba con los valores humanos que llevaba apretados en el puño: enjuiciaba el acto político. Había que convertirlo o combatirlo; en una palabra, era indispensable para esa tensión que constituye la vida del espíritu”.

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