August Strindberg, misántropo filántropo

En Solo (Mármara), August Strindberg desgrana, con una serenidad paradójica, su retracción frente al dolor de convivir con la humanidad

FLAVIO LO PRESTI

En 1903, August Strindberg, que es conocido principalmente como dramaturgo pero que escribió todos los géneros, publicó esta especie de diario de la soledad, esta especie de bitácora de las consecuencias de separarse de la especie o de sus ritos, y la llamó Solo. La distancia lúcida y levemente irónica con la que el proceso es descripto en las primeras páginas hace pensar en un relato ficcional: después de reunirse con viejos camaradas,  los desencuentros por opiniones, por la interferencia de la vida familiar (de la que Strindberg había hecho escarnio en  libros cada vez más misóginos) o por falta de intereses comunes hacen que el sabor del contacto humano directo le resulte al narrador entre desabrido e insoportable. La pregunta subsiste: ¿se trata de un texto autobiográfico? ¿Es una novela de ficción?
La premisa del libro, de todos modos, aplaza la duda por el género y por las relaciones entre el narrador y la firma del escritor, porque la fascinación de su discurso misantrópico está por encima de cualquier otro interés lector. El tópico de la soledad imposible y deseada, el tópico del abandono de la vida en sociedad para abrazar alguna fantasía vindicativa (una fantasía de huída complementaria de la pertenencia plena al orden capitalista) reaparece, por ejemplo, en las reediciones, relecturas, reescrituras de la obra de Thoreau (como lee Fernando Bogado en esta nota); o, por dar un ejemplo al azar, en un ensayo como Cómo estar solo, en el que Jonathan Franzen (estrella fugaz de la literatura norteamericana) se pregunta por las maneras de esquivar la invasión abrumadora de lo social en tiempos en que la soledad se vuelve imposible. En Strindberg, la soledad tiene una función específica, enunciada en una frase ambigua: “Lo que he ganado en la soledad es el poder de decidir por mi mismo mi dieta espiritual”. ¿Qué significa? Concretamente, que la soledad (no pensada en términos de regreso a la naturaleza, sino como mera retracción defensiva) le garantiza a tener razón, o al menos sostener sus razones sin caer en la cobarde claudicación que impone sí o sí el roce con humanos: “Verse obligado a cerrar los ojos ante las injusticias, por pura consideración, es una escuela de hipocresía. Acostumbrarse a callar el propio punto de vista, también por consideración, hace de uno un cobarde. Finalmente, asumir la culpa de acciones que uno no ha cometido, por mero afán de conservar la paz, te va degradando imperceptiblemente, hasta que por fin llega el día en que uno se siente una basura; no escuchar nunca una palabra de ánimo le roba a uno el  valor y la autoestima. Y soportar las consecuencias de los errores de los otros te encorajina contra la gente y el orden imperante”.

La identificación con este pasaje es francamente incómoda, sobretodo porque no es difícil ver en las razones expuestas las heridas matrimoniales de Strindberg, quien atravesó tres matrimonios en los que fue profundamente infeliz (habría que preguntarle a sus mujeres cómo la pasaron). Es claro también en pasajes como este que, a pesar de su serenidad formal, gran parte del libro está alimentada por la descarga iracunda de un hombre muy poco equilibrado,  por la falta de sosiego propia de alguien incapaz de encajar en el plan general de su entorno social, con lo cual Strindberg se vuelve una caricatura de cualquier hipersensible o terco hijo de vecino. De todos modos lo más interesante del libro no es una lectura en clave de psicología personal de Strindberg (que excede este comentario y al comentarista), sino el registro que los efectos de la decisión de recluirse tiene en la carrera de un escritor, y la forma en que esa decisión subraya una paradoja casi basal de la  condición de artista.

Strindberg huyendo de su hijo por miedo a que, después de criarlo hasta los quince años y enviarlo a ultramar a ser un adulto, venga a reprocharle (con la inevitable altanería del adolescente) su condición de burgués maduro, el terror que le produce la posibilidad del reclamo de una extinta responsabilidad paterna, constituyen momentos amargamente jocosos; así funcionan también las escenas en las que Strindberg hace inventario de reojo de la gente con la que se cruza, o en las que se ve forzado a espiar a través de las ventanas para tener material de escritura, a hacer malabares de imaginación en función de dar contexto a los detalles con los que se encuentra en esas intimidades desconocidas, con lo que Solo se transforma en una comedia involuntaria.
Esa es, también, la paradoja del escritor misántropo: condenado a la inclinación del Cremes de Terencio (“hombre soy, y nada de lo humano me es ajeno”) la retracción social bloquea ese impulso, y queda atrapado en la pinza del Linus de Charles Schulz (”amo a la humanidad, lo que no puedo soportar es a la gente”). De todos modos, en las escenas delicadas de este breve volumen se siente la fuerza de ese atragantado amor a una humanidad representada por humanos, y al arte de pensar y escribir, y en su vibrante contradicción se atisban las razones (también se pueden imaginar peores) por las que, al morir el controvertido Strindberg, miles de humanos fueron a despedir sus célebres restos.

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