El origen de la sal

Adriana Riva cuenta en este texto el proceso que originó la escritura de La sal, novela editada por Odelia en la que una mujer embarazada intenta encontrar respuestas sobre el vínculo madre-hija

ADRIANA RIVA

Lo primero fue el medio, como esos chicos que dibujan el cuerpo humano a partir de la panza y no de la cabeza. Son pocos, lo sé, pero también son pocos los que pueden decir con certeza “este fue el principio”. Nada más escurridizo que los principios. Y nada más demoledor que una certeza. Así que pensé: tengo el medio de algo. Pensé también: tengo una gran disposición, que es una hermosa cualidad humana. Entonces concluí: voy a ver qué se puede hacer con esto.
Esto, el medio, era un viaje en auto que hice a un pueblo remoto de la provincia de La Pampa, tan ridículamente cerca de Buenos Aires, en donde nacieron y se criaron mi mamá y mi tía. Lo más sencillo sería decir que en el auto viajábamos cuatro mujeres. Pero también sería correcto decir que viajaban: dos pares de hermanas o dos hermanas con las dos hijas de una de ellas o una mujer con su hermana y sus dos sobrinas o una hija con su mamá, su tía y su hermana u otra hija con su mamá, su tía y su hermana. De esas cuatro mujeres, tres ya habían sido madres, dos eran abuelas, tres eran tías, una estaba embarazada, todas eran hijas. Era un auto cargado de vínculos familiares, femeninos, fantásticos.
Fantástico,según la RAE: fingido, que no tiene realidad y consiste solo en la imaginación. El medio, lo tuve claro un día, era el viaje en auto de una gran mamushka.
A partir de ese centro temático, empecé a escribir “La sal”. Tenía para narrar a cuatro mujeres insondables, de las cuales mi favorita era la que me contó que una vez se encontró con un conocido en la panadería después de años y le dijo: “¡No lo puedo creer, qué alegría volver a verte!”, a lo que el hombre le respondió: “Bueno, tampoco para tanto”. Fue tal la vergüenza que sintió que se fue sin comprar el pan. Esa era/es mi mamá.
De ella tenía una colección de sospechas estacionadas en la puerta de casa, a las que poco a poco, a medida que avanzaba con la novela, fui invitando a entrar. Las interrogué, las disfracé, las hice mías.
Escribí, reescribí, copié (mucho), taché (mucho más).
Eliminé cosas como esta:

Durante años, antes de comprar un libro, lo hojeaba para ver si tenía diálogos. Odiaba las descripciones largas, me salteaba el párrafo o la página entera. Quería avanzar, no importaba hacia dónde ni por dónde. Después aprendí a prestarles atención a esos parlamentos profundos y me quedé varada tratando de tenerlo todo, como la luz que aletea en el estanque.

O esta:

Para construir primero hay que destruir. Lo leí el otro día en la calle, en el cartel de una de esas empresas de demoliciones controladas. Era una afiche con la imagen de la voladura de una construcción uniforme, un edificio comunista de miles de metros cuadrados.

O esta otra:

Afuera empezaba a aclarar. Los contornos de las cosas me parecieron más definidos. Las molduras del techo, el sillón para visitas en una esquina, la televisión colgada en el centro de la pared. Todo estaba bien delimitado y en el lugar exacto en el que tenía que estar, como si las cosas supiesen más que cualquier persona sobre sí mismas y su lugar en el mundo.

Todo lo que eliminé lo guardé en otros archivos, pensando que tal vez, quién sabe, sean el medio de otra cosa. Como La sal, que nació del centro de algo remoto, fantástico, insondable.

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