Sinapsis

¿Puede la obra gráfica de Ward Shelley conectarse con Federico Manuel Peralta Ramos? Sí.

VICTORIA D’ARC

Hace tiempo que estoy obsesionada con el tema de las conexiones neuronales. Esas ramificaciones que llevan de un conocimiento a otro, de un elemento a otro, de una idea a otra, en modo de pequeños movimientos que modifican lo anterior y agregan la información necesaria para que apenas un detalle consiga modificar completamente al resto y uno sea parecido al siguiente pero no lo mismo, imperceptibles variaciones, cuya modificación vuelve diferente a todo y conduce a un nuevo estadío. Un pensamiento arborescente que se aleja de la tierra en busca de sol, como sucede con los árboles en la selva: sólo el más fuerte, el más alto, el que llegue más lejos podrá sobrevivir y los demás quedarán sometidos a la sombra del resto. Es un ejercicio. Quizás porque estaba en ese trance sobre neuronas es que me aparecieron las obras de Ward Shelley. Y me fasciné.

De algún modo, lo que hace este artista son esquemas: una historia de la ciencia ficción, por ejemplo, se construye a partir de ciertos autores, de ciertas tendencias y el resultado es una especie de imagen tentacular que vuelve al género algo prácticamente inabarcable. Shelley lo plantea de este modo: “Estas narraciones son historias que tejen una serie de hechos (o afirmaciones) para que tengan sentido. Las narrativas crean lo que es verdadero para el creyente, que es más pertinente a la vida del creyente que los hechos. Los hechos son como puntos en un gráfico. La narrativa es la curva que los conecta, que da sentido a los puntos de datos aislados y da forma al significado. Obviamente, esta metáfora gráfica particular para una teoría de la epistemología surge naturalmente de la forma en que he llegado a crear líneas de tiempo, que considero imágenes de narraciones.” Quizás no tenga demasiado que ver pero algo que ver tiene. Los puntos se conectan.

En estos días estuve leyendo el libro de Esteban Feune de Colombi sobre Federico Manuel Peralta Ramos: Del infinito al bife (Caja Negra). Ustedes quizás digan: una biografía coral más, pero Feune de Colombi hace bien algo que otras no hicieron: construye una poética del mito. Y todo mito se construye a partir de versiones y correcciones alrededor de ese objeto y ese objeto era el inclasificable (aunque se lo clasifique todo el tiempo) Federico Manuel. Hay una anécdota en la época de estudiante de arquitectura de este performer de la vida misma. Me la acuerdo de memoria, que es como se construyen los mitos y contradicciones de la memoria. Un día, en clase, Federico tuvo que pasar al frente a trazar una línea recta y lo que hizo fue dibujar puntos en el pizarrón. Ccuando se le terminó el pizarrón siguió por la pared y después por la puerta y después por el pasillo fuera del aula y siguió hasta la calle, donde terminó pintando puntos en la vereda. Algunos lo consideraban un loco. Un loco lindo, decían otros. Sin embargo, en esa anécdota está contenido todo: el concepto y una forma de realización. ¿Qué es una línea sino que una sucesión de puntos trazados?

Y aunque parezca que me fui por las ramas (¿qué es el pensamiento acaso sino una ramificación de puntos, de ideas y olvidos?) en esta anécdota encontré una conexión entre Peralta Ramos y Shelley. Y me explico: en el contexto en el que Peralta Ramos vivió, en aquellos sesentas de bares y Di Tella, a Peralta Ramos no se lo comprendió para nada. Sus gestos duchampianos parecían una broma, sus frases escritas en las servilletas del Florida Garden terminaban siendo regaladas o el tacho que expuso una vez en una galería terminó utilizado para juntar la basura post inauguración. Digamos. Un punto en la historia del arte es visto sólo como un punto. Perdido. Nada más que un punto. Un punto visto en otro contexto entonces forma parte de esa línea. Es el elemento constitutivo de esa línea. A veces el elemento fundamental.

Del infinito al bife construye loops con frases, con ideas, con anécdotas contadas y vueltas a contar. Y enmarca a FMPR (sus iniciales estaban bordadas en sus camisas) dentro de la historia del arte argentino, al mismo nivel que Marta Minujín. Fueron pocas las personas que creyeron que las acciones de aquel personaje (que trabajaba “de hijo”, como solía decir, como hijo bien de una familia patricia de la Argentina) eran un divertimento de niño rico. Pocos veían en eso algo de valor. En sus juegos de palabras. En sus interpretaciones de De la Vega. En sus apariciones televisivas con Tato Bores. Había que creer. Y en este punto (porque los puntos se conectan) vuelvo a Ward Shelley cuando dice sobre sus obras: “Como actores en el mundo, necesitamos una visión del mundo, y una visión del mundo requiere algo de construcción. Las narrativas son lo que construimos: son los componentes básicos para organizar nuestra perspectiva e interpretar el mundo. Para que una narración sea útil, debes comprometerte, debes creer. La aprensión es un salto de fe y, hasta que nuestra confianza fuera de lugar se vuelva letal, nuestra reacción ante el mundo está determinada más por la creencia que por los hechos.”

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