Borges, la navidad y los regalos

Sebastián Hernaiz recupera y analiza, con agudeza e ironía, las navidades de Jorge Luis Borges.

Sebastián Hernaiz

Según una broma que —según Borges— Oscar Wilde atribuye a Carlyle, son posibles casi infinitas biografías de cualquier hombre. Así, no sería difícil escribir una biografía de Miguel Angel que no mencionara ninguna de sus obras sino que se concentrara en otros elementos de su vida: “No es inconcebible una historia de los sueños de un hombre; otra, de los órganos de su cuerpo; otra, de las falacias cometidas por él; otra, de todos los momentos en que se imaginó las pirámides; otra, de su comercio con la noche y con las auroras.”.
Entre esas opciones, Borges promovía que se escribieran biografías literarias de los escritores y biografías militares de los soldados, pero encontraba en general que los biógrafos tendían a incluir siempre también las biografías genealógicas, psiquiátricas, económicas: a los biógrafos les resulta difícil abandonar la fascinación por los cambios de domicilio.
Desatendiendo acaso su voluntad, podríamos sugerir una biografía sencilla: la biografía de las Navidades de un sujeto. O mejor: la biografía navideña de Borges. ¿Sirve de algo pensar cómo vivió sus Navidades, cómo las incluyó en sus obras? Hagamos un intento de esbozo de esa biografía navideña.
Una Nochebuena destacada en su biografía navideña fue, según él mismo recordara años después, el inesperado disparador de su cuento “Pierre Menard, autor del Quijote”. En su Autobiografía (1970), Borges registra: “El día de Nochebuena de 1938 (año en el que murió mi padre) sufrí un grave accidente”. Sería un día importante, ya que entonces se hunde en una septicemia que lo mantiene internado y febril durante un largo tiempo”. Al recuperarse —nos cuenta—, temía haber perdido la capacidad de escribir y leer. Autor hasta entonces de poemas y ensayos, Borges concluye por eso que, “si probaba algo que nunca había hecho antes y fracasaba, eso no sería tan malo y quizá hasta me prepararía para la revelación final. Decidí entonces escribir un cuento, y el resultado fue ‘Pierre Menard, autor del Quijote’”.
Ya entrado en años, Borges solía regalar libros en la ocasión navideña. Sin embargo, en la ya citada Autobiografía encontramos una confesión sobre su vínculo con los regalos: “Durante toda mi juventud pensé que el hecho de ser amado por mi familia equivalía a una injusticia. No me sentía digno de ningún amor en especial, y recuerdo que mis cumpleaños me llenaban de vergüenza, porque todo el mundo me colmaba de regalos y yo pensaba que no había hecho nada para merecerlos, que era una especie de impostor. Alrededor de los treinta años logré superar esa sensación”.
Alrededor de los treinta años Borges fue editor de la Revista Multicolor de los Sábados, el suplemento cultural del Diario Crítica. Allí se dedicó a publicar los relatos que luego reuniría bajo el título de Historia universal de la infamia, pero también traducía y seleccionaba relatos ajenos para que fueran publicados en dicho medio.
En el número 10, de febrero de 1933, publica un cuento de O. Henry, cuyo título en inglés era “The Gift of the Magi” (El regalo de los reyes magos), pero que Borges traduce “Los regalos perfectos”. Entre el título original y la traducción que realizara Borges se puede pensar la importancia que le daba a la “perfección” de esos regalos (“perfección” que, por otro lado, en literatura consideraba una categoría propia de la religión o del cansancio, pero que al momento de hacer regalos retoma una posibilidad del orden ético). Tiene entonces 34 años: la edad en la que, recordará en 1970, logró superar la sensación de no merecer regalos.

El cuento de O. Henry que Borges elige y traduce en 1933 es la historia de Delia y Jim, una pareja cuyo intenso amor no se ve afectado por las calamitosas condiciones económicas en que vive. Delia se desvivía por su marido y sobrellevaba sus días desposeída de todo bien material: sólo su larga y descomunal cabellera era algo que gustaba ostentar frente al mundo. Jim, por su parte, laborioso y austero, sólo tenía como tesoro un hermoso reloj de oro heredado de su abuelo. Pero llega el día de Navidad y cada uno de los amantes busca la forma de dar a su pareja un objeto estuviera a la altura de sus inmateriales pero múltiples atributos. Delia, que no ha conseguido siquiera ahorrar dos dólares para comprar un regalo, decide vender su cabellera para poder comprar una correa de platino para el reloj de Jim, sabiendo que eso lo haría más feliz que cualquier otra cosa. Jim, previsiblemente, llega a la Nochebuena tras la jornada laboral y encuentra sorprendido que Delia se cortó el pelo. Queda en shock: las peinetas recamadas que había comprado para Delia serían de pronto inútiles. También sería inútil el regalo de Delia: para comprar las peinetas, Jim había vendido su reloj.
El cuento termina con una reflexión: “Los Reyes Magos, como se sabe, eran hombres previsores y maravillosamente sabios, que traían regalos a los niños. Ellos inventaron el arte de regalar cosas en Navidad. Siendo tan sabios, sus regalos serían sabios también y tal vez existiría el privilegio de cambiarlos si eran repetidos… Yo he relatado aquí la aventura de dos niños locos en un pisito, que insensatamente sacrificaron el uno para el otro los mayores tesoros de su casa. Pero en una palabra final para los sabios de estos días, dejemos dicho que de cuantos reciben regalos, estos dos fueron los más sabios. De todos cuantos entregan y reciben regalos, los que son como ellos son los más sabios. En todo son los más sabios. Los verdaderos Reyes Magos son ellos.”
Acerca de “Los regalos perfectos”, Borges dejó anotado en su Introducción a la literatura norteamericana: “O. Henry nos ha dejado más de una breve y patética obra maestra” (1965). Pero una biografía navideña más extensa debería aquí anotar que en los textos de Borges el “regalo” no siempre es material. A veces lo es, pero a veces es también una filosofía de la existencia y a veces un modo de aceptar el destino. Esto último parece quedar claro, por ejemplo, en el “Diálogo de muertos” entre Rosas y Quiroga, cuando éste, a su modo, se muestra agradecido en vez de rencoroso: “a usted le debo este regalo de una muerte bizarra, que no supe apreciar en aquella hora”.
Una síntesis de la mirada mística sobre los regalos que no debería faltar la encontramos en ocasión de un texto sobre la obra de Whitman, donde Borges resume: “Es como si dijera Whitman: Inesperado y elusivo es el mundo, pero su misma contingencia es una riqueza, ya que ni siquiera podemos determinar lo pobres que somos, ya que todo es regalo. ¿Una lección de la mística de la parquedad, y ésa de Norte América?” (“El otro Whitman”)
También una biografía debería anotar que hay regalos materiales en la obra de Borges y no son siempre felices. Los regalos que pueblan la introducción del cuento “El Aleph” son la síntesis de la distancia insalvable que hay entre el enamorado y la difunta amada. Al comienzo del relato, el narrador enumera una serie de retratos que, como el regalo que allí aparece, sirven para presentar la vida mundana de Beatriz Viterbo: “Beatriz, el día de su boda con Roberto Alessandri; Beatriz, poco después del divorcio, en un almuerzo del Club Hípico; Beatriz, en Quilmes, con Delia San Marco Porcel y Carlos Argentino; Beatriz, con el pekinés que le regaló Villegas Haedo; Beatriz, de frente y de tres cuartos, sonriendo, la mano en el mentón”. Pero al mismo tiempo, ese regalo mundano que es un pekinés visto en un portarretrato, se conjuga pronto con otros regalos: los que el narrador brindaba esperanzado a Beatriz como excusas para verla. Si alguna ventaja tenía para el narrador enamorado la tragedia de la muerte de Beatriz era que “No estaría obligado, como otras veces, a justificar mi presencia con módicas ofrendas de libros: libros —confiesa— cuyas páginas, finalmente, aprendí a cortar, para no comprobar, meses después, que estaban intactos.”

Una biografía navideña de Borges debería incluir muchas más cosas. Pero no debiera faltar una. Lo que antologamos a continuación es un documento inestable pero precioso para seguir el registro de muchas de sus Nochebuenas, Navidades y fiestas de fin de año consignadas en el invaluable diario Borges, donde Bioy Casares dejó minucioso registro del vínculo que tuvieron con Borges entre los años cuarenta y ochenta.
Allí encontramos que entre los años cincuenta y setenta era más que habitual que pasaran juntos al menos alguna de esas fiestas. Casi siempre en casa de Bioy y Silvina, se juntaban a comer en Nochebuena, Navidad o Año nuevo. En muchas de esas ocasiones sabemos hasta algunos de los regalos que se hacían. En general, tenemos registro de que Borges regalaba sistemáticamente libros: una y otra vez, año a año, uno para Bioy, otro para Silvina, Borges les llevaba libros de regalo. Sabemos así cuáles les regaló en distintos años (por ejemplo, Mysticism, de Evelyn Underhill, a Bioy; Sappho de Jean Larnac y Robert Salmon, a Silvina) mientras que Bioy solía regalarle tés de distintos lugares y Silvina frecuentó en distintos años las corbatas y los jabones como presentes.
Pero también encontramos la historia de dos amigos que compartían su tiempo con felicidad durante muchos años, encontramos su lucidez para percibir los ritos sociales como la Navidad e historiar sus mecanismos y arbitrariedades. Encontramos la historia de la cercanía de Borges y Bioy y sus distancias, la historia del envejecimiento de cada uno, de sus glorias y derrotas y de cómo cada año parecían acercarse a una misma ventana la noche del 31 de diciembre, para mirar el tiempo que pasaba.


[Biografías navideñas: selección de entradas de Borges, de Adolfo Bioy Casares, Destino 2006]

1951
Jueves, 4 de enero. La noche de Navidad, Guillermo de Torre despreció mucho el turrón de casa de Borges y elogio con igual vehemencia uno que él llevaba y que resultó indestructible. «Bueno —dijo finalmente—, que traigan un hacha.» A pesar de que ni siquiera pudieron cortarlo, Guillermo, mientras comía el otro, seguía diciendo que el suyo era el único genuino y recomendable.

1953
Jueves, 24 de diciembre. Comida en familia; después, los Canto, los Guido y, como perdido entre demonios, Borges. Estela, mediante una serie de láminas, agresivamente lo psicoanaliza. Borges no ve, porque es casi ciego, y ella le dice que no quiere ver. Una ilustración muy banal muestra a una mujer que abre una puerta y queda tontamente espantada. Alguien dice: «Esa mujer ve algo que la choca; por ejemplo, dos personas haciendo el amor». Yo no creo que necesariamente el que interpreta esto así debe sentir espanto por la cópula; acaso piense que un dibujante tan banal solo pudo concebir una situación así: banal y tonta.

1954
Viernes, 24 de diciembre. Con Borges y su madre voy al consultorio de Malbrán [el oculista]. En cierto modo, buenas noticias: el desprendimiento no llega a ser tal; es como un desgarramiento; la operación, de poca importancia, calificada de profiláctica, no entrañaría muchos peligros. Borges se había pasado quince o veinte días sin hablar de lo que estaba ocurriendo en sus ojos; sin consultar a un médico; pienso que del terror de volver a empezar la pesadilla de los sanatorios y de las operaciones.
Después que Elizalde le dio brutalmente su terrible noticia, Borges anduvo con entereza, bromeando como siempre y pensando mucho. Las amigas se sentían las protagonistas de este episodio de su posible ceguera. Todas querían acompañarlo al oculista. Cuando yo argumentaba: «No podemos ir en caravana; va a parecerle una pesadilla», cada una estaba de acuerdo, pensaba que las otras estaban de más, que solo ella debía ir, porque era la gran amiga.
En el consultorio, Borges refiere que tiene seis generaciones de cataratas. Su madre me cuenta que el padre de Borges tenía los ojos oscuros; que cuando Borges nació —ochomesino—, el padre ansiosamente le miro los ojos; al ver que eran claros, exclamo: «Esta salvado. Tiene ojos claros. Heredo tus ojos». Heredo la claridad de los ojos de la madre y la enfermedad de los ojos del padre. Aprendió a leer en inglés. Un día, teniendo ocho años, la madre le preguntó que decían las letras de una etiqueta de un frasco de dulce Cross & Blackwell; la etiqueta era blanca; las letras, doradas. Borges contestó: «No dice nada. Es un papel blanco». La madre, aterrada, lo llevo a ver a un tal Molard, que era el gran oculista de aquellos años. Molard dijo: «Este niño tiene cataratas incipientes».
Cuando salimos, emocionados y aliviados, llueve a cántaros. Borges ve todo rojizo, y muy poco.
En el viaje de ida, por distracción casi choque contra otro automóvil.
Un sacudón podría dejar ciego a Borges. Me sentía enfermo de disgusto.
Sábado, 25 de diciembre. Visito a Borges.

1955
Sábado, 24 de diciembre. Después de comer voy a casa de Borges. Con la madre, con Norah y Guillermo, con Miguel y Luis, brindamos con champagne. Luego vamos a casa, Borges y yo. Conversamos con mi padre. Luego Borges, Silvina, mi padre y yo brindamos con champagne (de Los Dos Chinos) y comemos torta de Navidad. Borges comenta: «Americanos, del siglo xx, cumpliendo sus ritos». Dice también: «Estos ritos son patéticos, porque somos muy pocos. Más raro sería que un hombre solo estuviera haciéndolos».

1956
Martes, 25 de diciembre. Comen en casa Borges y Peyrou. Borges me regala Mysticism de Evelyn Underhill.
[El martes 31, Bioy visita a Borges] Le lleva de regalo “un paquete de té de La Marquise de Sévigné y, de parte de Silvina, una corbata. Después de un brindis con champagne y un turrón compartido, conversamos unos minutos en el balcón, mirando esporádicos fuegos artificiales”.


1957
Martes, 24 de diciembre. Vamos con Silvina a casa de Borges. Con él están su madre, Norah, Guillermo y los chicos. Brindamos. Borges me regala Empedocle d’Agrigente de Jean Zafiropulo; a Silvina, Sappho (pronúnciese Psafo) de Jean Larnac y Robert Salmon. Lo traemos a comer en casa.
BIOY: «Cuando yo era chico, Navidad tenía poca importancia».
BORGES: «Cuando yo era chico, no tenía ninguna: la celebraban solamente los ingleses y los alemanes, en Belgrano. Ahora es una especie de ensayo de primero de año, que es, como Navidad, una especie de ensayo de carnaval. Ahora celebran Navidad y primero de año con cohetes; pronto lo harán con caretas».
BIOY: «Cuando yo era chico no había esta manía de los petardos. Recuerdo que mis primos Blaquier, en Vicente Casares, tiraban petardos: yo veía esa actividad como un rasgo peculiar del carácter de los Blaquier que no podía compartir».
Martes, 31 de diciembre. Borges anuncia que vendrá a brindar con nosotros a las doce menos cuarto; llama poco después de las doce, desde lo de Elvira: «Estoy tied up. Un abrazo. Los extraño mucho».

1959
Miércoles, 30 de diciembre. Come en casa Borges. Me regala el ejemplar, hecho para él, de sus Poemas, de una edición de veinticinco, tirada por una sociedad de bibliofilos.

1960
Sábado, 24 de diciembre. Come en casa Borges. Trae regalos; para mí, un libro sobre la filosofía de Spinoza. Le regalamos té y jabones.
Sábado, 31 de diciembre. Come en casa Borges. Brindamos con champagne. Después de comer, Borges y yo vamos a la ventana de la sala de Silvina, hasta que sean las doce. BORGES: «Esperamos algo que no sabemos bien en que consiste». Miro los árboles y los senderos de la plaza, la estatua de Alvear y pienso en la máquina del tiempo de Wells y en que todos somos unas máquinas del tiempo de vuelo de ave de corral. «Qué raro —comenta Borges— que en tantos años como viví no hubiera un momento en que yo haya estado más adelante en el futuro que ahora.»

1961
Sábado, 30 de diciembre. Borges, por carta, me comunica una broma que inventó: «¿Esta leche es buena?», pregunta uno. Otro, con la cara redonda, sonriente, del señor Cortés (empleado de Emecé), contesta: «Sí, señor, es leche buena y mañana es Navidad». Borges aconseja no situar el episodio el 24 de diciembre, para que solamente arrastrado por el idioma el facsímil de Cortes dé su contestación.

1963
Martes, 24 de diciembre. Después de comer, voy con Silvina a buscar a Borges. Hace mucho calor. Vemos la iluminación, cerca del obelisco. En la avenida de las Palmeras, en un banco, descansamos y tomamos fresco los tres. Buenos Aires tiene esta noche poca animación: no hay sirenas ni silbatos; apenas algunos fuegos de artificio, que de pronto sobresaltan con explosiones.
Miércoles, 25 de diciembre. Come en casa Borges. Trae, para Silvina, una milonga sobre los malevos Iberra, con letra suya (de Borges) y música de Guastavino.

1963
Martes, 31 de diciembre. Desde hace mucho tiempo, pasamos todos los fines de año con Borges y Silvina. Esta noche escribimos; somnolientos, progresamos todavía hasta la una.
BORGES: «Si el amor no sirve para la felicidad, nunca debe ser fuente de desdicha».

1964
Jueves, 31 de diciembre: Por la noche, come en casa. Escribimos el cuento de los sabores. BORGES: «Pasaremos el año escribiendo». «Ojalá», digo.

1970
Jueves, 24 de diciembre. A las nueve y cuarto voy a buscar a Borges. Baja con él su madre, flaquita, trémula y un poco tiesa, pero lúcida; dice que quería darme un beso. Traen ambos regalos para nosotros. Se agarra ella de mi brazo; lo retiene entre sus manos.

1972
(Bioy está cuatro meses en Francia hasta el 23-12-1972).
Lunes, 25 de diciembre. Conversación con Borges: «La que está muy mal es Madre. Anoche creíamos que había llegado el fin».

1973
Lunes 24 de diciembre.
BIANCO: «Estás muy raro. Te olvidás de todo. Antes no te olvidabas».
BORGES: «Antes no era tan viejo».

1974
Martes 31 de diciembre. Comemos y, a las once y media, en la penumbra del hall, Marta se duerme en su silla, después Silvina, mientras Borges perora. De pronto me pasa algo extraño, no sé dónde estoy. Despierto porque Silvina conduce a Borges al baño. La mucama llega llorosa, porque es año nuevo.

1976
Viernes, 24 de diciembre. Come en casa Borges. Dice: «Hay un neologismo que todo el mundo usa, desde el pueblo hasta el rudimentario Videla, pasando por la señora Clelia Tortoni: navideño».
Viernes, 31 de diciembre. Come en casa Borges. Hay que esperar el año nuevo: Silvina se duerme, yo me duermo. Borges habla de la crítica de Shakespeare; yo contribuyo con las palabras Don Braulio. Temo que Borges descubra que estoy durmiendo y trato de justificar a ese don Braulio entre Pope y Johnson.

1977
Sábado, 24 de diciembre. Come en casa Borges. Se va el 1° de febrero a Francia, con María Kodama, para recibir el título de la Sorbonne. (…) Cuando se va, me dice: «Tenía miedo de que no pudiéramos pasar esta fecha juntos».

1979
Martes, 25 de diciembre (Borges recién regresado de un viaje a Japón. Comentan el viaje con Bioy. Almuerzan) Bioy anota que Borges observa:
«La más clara prueba de que Dios no existe es el acto de cagar. La persona que descubra un modo de sustituir el papel higiénico se hará rico. Entonces verán nuestra época como increíble y bárbara. “Se pasaban un papel por el culo —dirán— y se ensuciaban la mano. Qué gente sucia.”».

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