La ciencia de hacer regalos

Uno de los grandes escritores satíricos británicos imparte aquí, en un relato de su primer libro, una clase práctica para entender qué regalar en estas fechas.

SAKI

Quiero que quede perfectamente claro (dijo Reginald) que no deseo un libro de oraciones “Jorge, Príncipe de Gales” por Navidad. Este hecho nunca tendrá demasiada difusión.
Habría que impartir (prosiguió) clases prácticas de educación sobre la ciencia de hacer regalos. Nadie parece tener la menor idea de lo que el otro, y las reflexiones más extendidas sobre el asunto no pueden considerarse propias de una comunidad civilizada.
Está, por ejemplo, la pariente del campo que “sabe que una corbata siempre es útil” y te envía algún horror con topos que sólo es posible llevar en secreto o en Tottenham Court Road. Había sido útil si la hubiera conservado para atar los groselleros, en cuyo caso habría cumplido la doble función de sostener las ramas y espantar los pájaros, pues es sabido que el herrerillo común posee un gusto estético más sólido que la típica pariente del campo.
Después están las tías. Son siempre una categoría de trato difícil en lo que a regalos se refiere. El problema es que nunca las atrapa uno lo bastante jóvenes. Para cuando se consigue educarlas en la apreciación de que nadie usa mitones de lana rojos en el West End, se mueren, se pelean con la familia o hacen algo igual de desconsiderado. Por eso hay siempre tan pocas tías adiestradas.

Mi tía Agatha, por ejemplo, me envió unos guantes la Navidad pasada, e incluso escogió un modelo que se usaba en ese momento y que tenía el número de botones adecuado. Pero ¡eran tres tallas más grandes! Se los envié a un muchacho al que odiaba íntimamente: no se los puso, por supuesto, pero podría haberlo hecho; entonces llegó la acerbitas mortis. Fue casi igual de confortable que enviar flores blancas a su funeral. Por supuesto, escribí a mi tía y le dije que eran justo lo que necesitaba mi existencia para florecer como una rosa; me temo que me consideró algo frívolo: mi tía proviene del norte, donde viven en el temor de Dios y del Conde de Durham. (Reginald finge poseer conocimiento exhaustivo de las cuestiones políticas, lo que le proporciona una excusa excelente para no tratarlas.) Las tías con un punto de extracción foránea son las más adecuadas para entender esas cosas; pero si uno no puede elegir la tía, lo más sensato a la larga es elegir el regalo y enviarle la factura.
Incluso los propios amigos, de los que cabría esperar un mayor entendimiento, poseen curiosas ideas sobre el asunto. No colecciono ediciones baratas de las Rubaiyyat de Omar Jayyam. Las cuatro últimas que recibí se las regalé al ascensorista, y me gusta imaginármelo leyéndoselas, con notas de Fitzgerald incluidas, a su anciana madre. Los ascensoristas siempre tienen madres ancianas; eso demuestra, en mi opinión, su enorme sensibilidad.
Personalmente, no acabo de ver dónde reside la dificultad de escoger regalos apropiados. Cualquier muchacho educado de forma adecuada es capaz de apreciar una de esas decorativas licoreras expuestas tan reverentemente en el escaparate de Morel; y no importa en absoluto recibirlas por duplicado. Y así siempre quedará ese momento supremo de atroz incertidumbre antes de saber si hemos elegido crema de menta o Chartreuse, como la emoción expectante al ver la mano que muestra tu pareja en el bridge. Se dirá lo que se quiera del declive del cristianismo; el sistema religioso que ha producido el Chartreuse verde no puede morir nunca. Y luego, claro, están los vasos de licor, las frutas escarchadas, los cortinajes y muchas otras cosas de primera necesidad que constituyen regalos muy apreciables; por no hablar de los lujos, como el pago de facturas o algún detalles encantador en forma de joya. A diferencia de la supuesta mujer virtuosa de la Biblia, no estoy por encima de los rubíes. Mujer que una vez hallada, por cierto, debió suponer todo un problema en la época de Navidad; la situación no se habría resuelto con menos de un cheque en blanco. Puede que sea una suerte que haya desaparecido.
Mi mayor encanto (concluyó Reginald) reside en que soy muy fácil de contentar. Ahora bien, por el libro de oraciones “Príncipe de Gales” no paso.


En 1904, Hector Hugh Munro (más conocido como Saki), mientras trabaja como corresponsal de The Morning Post en Varsovia publica su primer libro de cuentos, Reginald, que recoge relatos publicados en The Westminster Gazette. Uno de esos relatos, incluido en sus Cuentos completos, es el que aquí ofrecemos, en donde combina la sátira y esa ácida ironía característica del autor. Más allá del tema, que suele quitar el sueño por estas horas, el texto contiene un detalle relevante: manifiesta el interés de Saki por el Rubaiyyat, del poeta persa del siglo XII Omar Jayyam, que tenía una fama importante en la cultura inglesa de la segunda mitad del siglo XIX en la adaptación libre de Edward Fitzgerald. En la última cuarteta del poema, aparece la palabra “saki”, que en persa significa copero. Esta es una de las versiones del origen de su seudónimo. En la poesía sufí, saqi, el copero, es el muchacho encargado de verter el vino divino que permitirá al poeta convertirse en espejo de lo invisible. La figura a la que el poeta apela en busca de inspiración. La elección del nombre, al parecer, sería una declaración de principios.

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