Elogio de Richard Yates

Richard Yates no es solo el autor de cuentos extraordinarios, sino también de una biblioteca construida durante toda una vida

DAMIAN HUERGO

La obra de Richard Yates carga con el peso de tres elogios. Cada vez que se repiten, de reseña en reseña, de perfil en perfil, resuenan con el sonido de la tierra golpeando la tapa de madera que se va hundiendo en el fondo del pozo.  De Yates se dice que es el autor de los “fabulosos cuentos de Once tipos de soledad”, que retrata el siglo XX como pocos y, mi favorita, que es “un escritor de escritores”. Sin embargo, Yates no es sólo once cuentos bonitos ni un secreto a decodificar por mentes privilegiadas. Tiene una obra que lo respalda y lo ensancha y lo derrama. Una biblioteca construida durante una vida, como pedía Italo Calvino, que empieza con la novela Revolutionary Road (1961) y finaliza con Cold Spring Harbor, publicada seis años antes de su muerte en 1992.
A los 29 años Yates se consideraba escritor a pesar de no haber publicado un solo libro. Estaba casado con Sheila Bryant, una pelirroja que estudiaba actuación y que tuvo la virtud, entre otras, de abandonar a su esposo al reconocer que del alcohol y de los manejos de su madre –de la madre de Yates– no se iba a separar nunca. En sus últimos días felices, cuando aún hacía reír a Sheila y desayunaba mirando a su hija en Nueva York, Yates preparaba un libro de cuentos desparramados en revistas que lo imantaban de prestigio. Pese a su éxito provisorio, en su primera reunión con un editor de peso escuchó las palabras que todos los escritores oímos alguna vez: “Nunca publicamos un primer libro de cuentos, ¿no tendrás una novela?”. Yates mintió y dijo que sí, que estaba terminando la novela que aún no había empezado a escribir: Revolutionary Road (llevada al cine –y destrozada ahí mismo– por Sam Mendes y los gritos de los titánicos Di Caprio y Kate Winslet). 

Revolutionary Road (Sam Mendes, 2008)

Desde entonces, Yates escribió siete novelas y dos volúmenes de cuentos que, con el tiempo y las lecturas, le generaron ese misterioso cambio de identidad por el cual un autor pierde su nombre para cedérselo a uno de sus libros. Así, Richard Yates dejó de ser Richard Yates para convertirse en “el autor de Once tipos de soledad”. La editorial Fiordo se encargó de publicar ambos libros de cuentos (el segundo es Mentirosos enamorados), con exquisitas traducciones e interpretaciones de Esther Cross y Andrés Barba. Y, recientemente, para agujerear el lugar común de que Yates solo brilla en sus cuentos, acaba de distribuir por librerías la novela Disturbing the peace, traducida con el acertado título Sin paz
En su cuarta novela, Yates hizo lo que mejor sabe hacer: contar la historia de una caída. El que cae esta vez, luego de tropezar consigo mismo, con su vanidad, talento dudoso y alcoholismo, es John Wilder, un publicista neoyorquino de la estirpe de Don Draper con un poco menos de facha. Como en sus cuentos, Yates no enfrenta de inmediato a Wilder al conflicto o al drama que irá desenredando a lo largo del libro. En las primeras páginas lo presenta con morosidad, atento a sus deseos artísticos, a su tedio familiar, a la indiferencia hacia su hijo, como si estuviera contando la precuela de la historia que lo tendrá como protagonista. En otras palabras, Yates prepara el escenario, tensa la potencia de su protagonista; al punto que tras narrar un día cualquiera de un hombre cualquiera, no sorprende que al girar la página veamos al bueno de Wilder encerrado en un hospital psiquiátrico, compartiendo cubículo con dos locos que interpretan escenas de películas -como en el documental Wolfblood-, a las pocas horas de que la bomba de la alienación americana haya explotado dentro suyo.

Yates quiere a los personajes de su literatura, los respeta mediante el afecto, quizás por ser demasiados parecidos a su propia biografía, tal como la escribió Blake Bailey en A tragic honesty: The life and work the Richard Yates. Sin embargo, Yates no es complaciente con sus creaciones aunque los empuje a situaciones penosas. Las acciones no son giros sorpresivos, sino posibilidades para ir descubriéndolos, para acompañarlos hasta la cima y, en particular, en el recorrido que va desde la caída al abismo hasta el estallido contra el suelo duro y rocoso. Ahí reside la maestría de Yates, que pendula entre lo mejor de Hemingway (sus diálogos) y de su admirado Fitzgerald.
Las virtudes de Yates no son exquisiteces que solo pueden saborear los escritores. Su realismo empático, salpicado de humor negro, y su talento para observar las relaciones y aspiraciones de la clase media, se derrama hasta alcanzar a cualquier lector, de cualquier siglo, tiempo y espacio donde el capitalismo haya consolidado sus modos de vida. Su influencia excede al tridente Carver-Ford-Wolff, que lo canibalizó en la segunda parte del siglo XX. También la encontramos en los cuentos de Jamel Brinkley o en Marriage story de Noah Baumbach, por nombrar una película que nos tiene en estos días discutiendo con el pan dulce en la boca.
Un elogio que sí le podemos hacer a Yates (aunque sea para sacarlo un poco del entierro de los lugares comunes de la crítica) es que al leer sus cuentos o novelas, cargados de vidas trágicas que se estiran hasta el borde de sus posibilidades, nos quedamos con una extraña sensación de paz e indulgencia. No por el consuelo de observar que en el balcón de enfrente están peor que nosotros o lidiando con los mismos problemas. Sino por permitirnos observar en vidas ajenas nuestras propias miserias y contradicciones y, pese a ello, dejarnos con la sonrisa estúpida del que aprende a derrapar con humor y elegancia, al menos por el tiempo que tardamos en soltar sus libros.

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