La columna perfecta

Reciente ganador del Premio Roger Caillois 2019, el poeta y narrador ítalo-mexicano Fabio Morábito es dueño de una obra precisa y contundente. Aquí, un recorrido por algunas recurrencias de su obra.

DIEGO ERLAN

Nunca había escrito una columna en ningún otro medio. Nadie sabía si podría funcionar. Ni siquiera él. Sin embargo, a medida que las columnas de Fabio Morábito empezaban a llegar a mi correo en la revista, advertí enseguida que eran perfectas. No podían superar los dos mil caracteres con espacios y solían tener dos mil caracteres con espacios, como si llegar a ese número redondo fuera el signo de la perfección. Era increíble. No sucede a menudo. Ni una palabra de más. Ni una de menos. En una entrevista publicada en Atletas revista, Morábito recordó aquellos tiempos. Al comienzo los dos mil caracteres de la columna le parecían “una barrera infranqueable” pero después, ese límite se hizo casi orgánico, al punto que una vez terminada la colaboración no sabía cómo escribir una prosa de más de dos páginas. “Sentía que dos páginas eran suficientes para decir cualquier cosa.” Al tiempo que narraban una anécdota o una historia mínima, reflexionaban sobre cuestiones como los subrayados en los libros, las bibliotecas de infancia, las anécdotas de escuela que funcionaban como excusa en realidad para hablar sobre la lengua, sobre el idioma, sobre la literatura. En periodismo hay un término, deadline, que es a su vez el látigo y el punto de no retorno. El deadline es la contractura que produce no llegar con un texto o que los colaboradores no entreguen su texto a tiempo. Con Morábito eso no pasaba. Sus columnas llegaban siempre. Incluso una vez, alguno de los otros columnistas no pudo entregar su texto y tuve que recurrir a él. Entonces me enteré de que Morábito tenía columnas escritas con anticipación, porque, según me confió aquella vez, le gustaba trabajarlas con tranquilidad y paciencia, como si fueran un poema. Me comentó, además, que las entendía como un ejercicio de rigor con el lenguaje.

Eso puede comprobarse en un libro extraordinario: El idioma materno, donde reunió todas esas columnas. En la entrevista con la revista Atletas, Morábito planteaba que el escritor necesita ser preciso, “lo necesita con todas sus fuerzas, y justamente por eso comprende que no sabe escribir, porque su aspiración a la completa adherencia se cumple pocas veces; en la mayoría de los casos acaba por decir algo que no tenía pensado decir. Yo rara vez respeto mis propósitos de partida, por eso he aprendido a hacerme los menos propósitos posibles cuando empiezo un poema o una narración. Mi ideal sería escribir un texto sin saber la palabra que sigue a la que acabo de escribir, y con ese método llegar hasta la última palabra, trátese de un poema o de una narración. Quizá sea eso escribir de verdad.”

En uno de los cuentos de Grieta de fatiga (2006), Fabio Morábito dejaba traslucir, ya desde el título, una de sus obsesiones: la corrección de estilo. El relato empieza con un joven y aplicado corrector de una editorial que llega a la casa de un renombrado escritor con el original intervenido de su última novela. Raimundo Guerra, el autor, se encuentra delicado de salud por eso al corrector lo atiende su esposa. Es una mujer de unos sesenta años, elegante, que alguna vez fue actriz y conoció a Guerra precisamente al corregir una de sus novelas. Ambos personajes, sentados en el living, dirimen una batalla por la literatura. ¿Qué significa escribir bien? El corrector de estilo ha hecho su trabajo a conciencia: enmendó las repeticiones superfluas, los adjetivos previsibles, las comas que sobran o faltan y las construcciones tambaleantes. Pero la mujer abre la carpeta y empieza a leer en voz alta sin incorporar las correcciones manuscritas. Incómodo, el corrector pretende hacer lo mismo pero agregando las correcciones, pero al leerlo lo hace de un modo tembloroso sin la fluidez del original. Después, la mujer empieza a recitar, de memoria y con los ojos cerrados, el final del libro, un monólogo conmovedor que el corrector ha modificado línea por línea pero ella lo recuerda intacto. “Esas palabras dichas por ella, impresas en su memoria, se le antojan definitivamente exactas, inamovibles.” Entonces, el muchacho se pregunta: ¿puede haber una corrección que siendo acertada a la vez sea inútil? Se sabe: una cosa es redactar y otra muy distinta es escribir. De eso se trata El idioma materno.

Sus textos gozan de una belleza inusual. Como lo hace con sus cuentos, en sus poesías o incluso en sus novelas, tanto en Emilio, los chistes y la muerte (Anagrama, 2009) como en la más reciente, El lector a domicilio (Sexto Piso, 2018), Morábito siempre prueba un movimiento que descoloca y desbarata las defensas. Allá un corrector que empieza a cuestionar su trabajo, por allí un lector que lee de una manera maravillosa y sin embargo sin compenetrarse en el texto. La escritura, la lectura, el arte atraviesa la obra de Morábito y en aquellos textos de El idioma materno destila objetividad poética, lucidez intelectual y sensibilidad extrema. Pudieron ser leídos como ensayos pero también como memorias, como anotaciones sobre el lenguaje, como ejercicios de escritura. “Todo idioma lleva entonces la semilla de la incomprensión lingüística y por ende de la diversidad idiomática, incluyendo a los que no pueden hablar. No es posible hablar exclusivamente un solo idioma. Siempre que hablamos, hablamos sobre un trasfondo, conocido o meramente intuido, de una diversidad de lenguas. Sólo podemos hablar porque nuestro idioma no está solo.” Los textos de Morábito son un compendio de frases subrayables como esta “Quizás el último reducto del alma sea el acento”, con una mezcla de contundencia irresponsable y un atisbo de duda que la vuelve más interesante. Es lógico que un personaje atravesado por un origen tan particular donde confluyen Alejandría, Italia y el DF mexicano) produzca una literatura única. Tan particular como sus ideas: “El extranjero más extranjero de todos es aquel que escribe en otro idioma, en virtud de una doble extranjería: la de la escritura, que es una traición al mundo, y la de escribir en una lengua que no es la materna, que es una traición al habla. Morábito aventura que tal vez es en esta traición a la lengua de origen donde radica la sola salvación posible, el único perdón al que puede aspirar un escritor por haberse apartado del mundo y del habla. Todo escritor se hace escritor gracias a esta traición, sugiere Morábito: “Se aparta de la lengua madre para adoptar una lengua que no es la propia, una lengua extranjera, una lengua sin lágrimas. Se abdica del idioma materno porque se abdica del llanto y se abdica del llanto porque sólo dejando de llorar se puede escribir”.

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