Yasujirō Ozu: el viejo renegado habla

En Poética de lo cotidiano/ escritos sobre cine (Gallo Nero), la reticente voz de Yasujirō Ozu se hace oír para contar los secretos de su cine

MATÍAS LAPEZZATA
La hierba errante (1950)

Tengamos o no conocimiento de la obra de Yasujirō Ozu, uno de los más grandes directores de cine del siglo XX, leer La poética de lo cotidiano. Escritos sobre cine provoca la sensación de estar con un viejo amigo sentado a la mesa. Gracias a un trabajo de investigación de años, se reúnen en este volumen y por primera vez traducidos al español, escritos de Ozu dispersos y publicados a lo largo de toda su vida en diferentes sitios. También, partes de lo que fuera su diario, entrevistas y comentarios transcriptos de conversaciones en su mayoría ya olvidadas. Se actualiza así el legado de uno de los directores que, en su momento, mejor supo leer la historia y la génesis del cine occidental, y que por tenacidad o inconformismo, se convirtió en un “autor total”, en términos de forma y tema.
Casi enemigo declarado de cualquier intervención que no fuera estrictamente cinematográfica, Ozu sorprende aquí por el interés en la conversación y en la escritura ligada, siempre, a su historia: siempre parte y se mantiene en el ámbito de su propia experiencia, conectando la historia con su propia vida, haciendo de una primera persona cuyos argumentos avanzan por axiomas su principal arma de expresión. Ozu renegó de la escritura para hablar del cine durante toda su vida, y siempre dijo que escribir no era lo suyo, y que por eso no lo hacía. Sin embargo la profusión de escritos, en los que revisa una y otra vez los temas, la forma y la historia del cine, parecen indicar lo contrario. El viejo renegado, adorador del sake, las siestas y el trabajo, dice lo que no hace, y hace lo que no dice.

Quien acceda al libro desde la cinefilia encontrará no pocas sorpresas en relación a dos grandes cuestiones que definen su obra, la forma y el tema. En cuanto a la primera, interesa la decisión de Ozu de subvertir algunas normas impuestas por la gramática occidental del cine (especialmente en la manera de filmar los diálogos, donde la cámara alterna entres dos tomas de personajes que hablan uno frente a otro, pero filmados mirando siempre en la misma dirección), con la que el cine de los Estados Unidos colonizó todos los extremos del planeta desde sus inicios. Es una maravilla leer (también podríamos decir “escuchar”, porque sus expresiones son simples y directas) lo que tiene para decir en relación a sus famosas tomas con la cámara al ras del suelo, en las que apunta siempre hacia arriba (sus asistentes se quejaban constantemente  de las contracturas provocadas por trabajar tan cerca del piso y en situación tan incómoda).  Por otro lado, son muy apreciables las reflexiones sobre la profundidad de campo con que compone sus escenas, desmarcándose a su vez de toda la tradición japonesa. Podemos imaginarle a Ozu, en estas intervenciones orales o escritas, un aire al Sensei de Uma Thurman en Kill Bill: un ser cuya espiritualidad es más bien material, definida por el desinterés, por algunos vicios personales y por el insulto arrebatado.
La otra cuestión importante aparece en relación al tema casi exclusivo al que se dedicó: la familia (salvando sus inicios, cuando filmaba por encargo comedias de época ambientadas en el siglo XVI, famosas por entonces: livianas en su tono, cine de samuráis y de entretenimiento con fines netamente comerciales). Soltero sin explicación y segundo hijo de cuatro, vivió siempre con su madre, quien lo atendió hasta cumplir 84 años, cuando finalmente tuvo que contratar a alguien que la ayude. “(…)Yo sigo haciendo vida de soltero sin ninguna razón en concreto. Alguna vez seré un parásito en la casa de mi hermano mayor, o buscaré una familia que me adopte.” Tal forma de concebir su propia vida parece extraña para alguien que, en su filmografía, tuvo como eje de continuidad las relaciones filiales ligadas a la historia de Japón.
Para quienes no accedan al libro desde la cinefilia, este puede ser una puerta de ingreso a un universo fascinante. Con una sección completa dedicada a todas sus películas, Ozu tiene allí un comentario para cada una, que son muchísimas si pensamos que en sus comienzos podía filmar (para el estudio que lo cobijó toda su vida) un promedio de seis por año. Así, el libro funciona como un camino de iniciación: no expulsa su lectura a quien recién llega, más bien todo lo contrario.

Además, aunque el cine no sea nuestro principal interés, nos encontramos con pasajes que no pueden dejar a nadie indiferente:

“Esto me ha sucedió a mí en la segunda guerra chino-japonesa, durante la batalla del río Xiushui. Estaba en la primera línea. Junto a la trinchera había un árbol de albaricoques con flores blancas bellísimas. En un determinado momento comenzó el ataque enemigo y empezaron a llover proyectiles de los morteros, que caían silbando. El fragor de la artillería pesada resonaba entre el crepitar de las ametralladoras y los fusiles. Con los vaivenes del viento las flores blancas empezaron a soltarse y caían al suelo danzando suavemente. Era una imagen bellísima. Contemplando aquellas flores pensé que se podía representar a la guerra también así”.
Ozu, que se jactaba de su buena salud y de sus raciones de sake diarias, murió en 1963 a la edad de 60 años, luego de una vida entregada al trabajo, y convencido de que todo lo que hacía lo hacía para y por sus amigos.
En palabras de Win Wenders, su obra es un tesoro. De algún modo, este libro es uno de sus destellos.

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