Ser y estar

¿Qué sucede entre nosotros y los espacios que habitamos? Extranjero residente en Buenos Aires, el director de cine y ensayista chileno lee La ciudad y la casa, de Natalia Guinzburg

JAVIER ZORO
El Cid Campeador, centro de la ciudad de Buenos Aires

En la tienda de pastas, mientras me atendían, empecé a concentrarme involuntariamente en los ruidos del local: hornos, palos de amasar, heladeras, agua hirviendo, caja registradora. De pronto me pareció algo armónico, casi musical, como en esa película de Björk, Bailarina en la oscuridad. Se lo comenté muy despacito a mi novia y respondió sorpresivamente la señora que atendía: “sí, a mí me pasa cada cosa con los sonidos”.  “¿Qué cosa?” –le pregunté-. “No sé, escucho por ejemplo cuando están friendo las papas y me imagino las olas del mar. Y después con el tráfico lo mismo, como la marea que va y viene…¿será que uno viene de un lugar con mar y no se acostumbra? ¿o que uno trata de armarse un lugar parecido al del que viene?”.“¿De dónde viene?”. “De Solymar, de Uruguay”. “Ah, yo de Viña, de Chile”. Éramos dos extranjeros literalmente en medio de Buenos Aires, porque todo esto ocurría en Caballito, a media cuadra del Cid Campeador, el centro geográfico de la capital.
Con mis amigos que están en otras ciudades me comunico por redes sociales. Con muy pocos me escribo mails, con ninguno cartas. Sin embargo, esta semana leí La ciudad y la casa de Natalia Ginzburg, una novela epistolar de 1984, el año en que nací. En esa prehistórica era anterior a Internet la gente, al menos cierta clase media más o menos acomodada de Roma, se mandaba cartas con bastante asiduidad. Se juntaban a comer, se llamaban por teléfono y, además, se escribían cartas, porque hay cosas que sólo se atrevían a decir por escrito. “Por teléfono sonabas un poco raro y no te dije que…”. Tal vez no fuera solo cuestión de timidez, hay cierto placer escritural en todo ese chismorreo, divague o confesión de la carta. Y también dolor: “la correspondencia es un género perverso: necesita de la distancia y de la ausencia para prosperar” –decía Emilio Renzi en Respiración Artificial.  

Natalia Ginzburg

Todo comienza con un desplazamiento. Giuseppe tiene su vida más o menos resuelta: tiene 49 años, un departamento propio en un barrio histórico de Roma, un hijo grande, amigos con los que se junta todas las semanas, un trabajo con el que se alcanza a pagar a un psicoanalista. ¿Por qué dejar todo eso para irse a Princeton? ¿Sólo porque su hermano –con el que nunca fue muy cercano- está allá? No es –o al menos no parece- que Giuseppe sea un soñador o un aventurero, más bien lo contrario. Antes de partir le escribe a su ex amante Lucrezia: “Llega un momento en que todo aquello en lo que posamos la mirada por primera vez nos resulta ajeno. Lo miramos como turistas, con interés, pero con frialdad. Pertenece a los demás”.
¿Es posible o deseable vivir en ese estado de distancia, frialdad ante su ambiente? Pienso en la señora uruguaya -quisiera decirle “mi amiga uruguaya”, pese que no me sé ni su nombre-, que involuntariamente arrastra las olas del Atlántico como el caracol a su concha. Pero Giuseppe, ¿qué arrastra Giuseppe? Pareciera atraerle la idea de desapegarse de todo, vivir en un espacio neutro, como un suicidio lento o, quizás, como un desdén hacia los suyos, que traduce un aún más hondo desprecio de sí mismo. Difícil saberlo. Igual que en las buenas películas, las relaciones humanas –es el título también de un hermoso ensayo de Ginzburg- mantienen su misterio y ambigüedad. 
Suele pasar en grupos muy unidos que cuando uno parte, el resto empieza a disgregarse rápidamente. Que se escriban cartas no quiere decir que sean anticuados en sus relaciones: matrimonios abiertos, amigos con ventajas, paternidades gays, rencores silenciosos, amores imposibles. Viven casi todos en Roma, pero no son todos romanos. Tienen la costumbre de juntarse casi todos los sábados fuera de la ciudad en la casa de “Las Margaritas”, la casa de campo donde vive Lucrezia con su marido y sus cinco hijos: “Cuando compramos esta casa tan grande, tan amarilla y tan vieja, me parecía preciosa, pero ahora hay días que no la puedo soportar ni por delante, ni por detrás, ni por dentro” –escribe Lucrezia-.

No es del todo racional la decisión que uno toma respecto a la ciudad y a la casa donde habita. ¿Dónde vivir? ¿Cómo vivir? En un bello ensayo titulado La casa, Ginzburg cuenta todo el enloquecedor proceso de búsqueda de vivienda junto a su marido: ella quería con jardín, con árboles, que se pareciera a su casa de infancia en Turín; él también quería una casa parecida a la de su infancia en Roma, tan distinta, quería ver desde las ventanas, los tejados, chimeneas, campanarios. Después de cientos de anuncios subrayados y visitas, se decidieron por una casa en el centro, sin jardín, sin árboles, pero que a Natalia le gustó porque quedaba muy cerca de un lugar donde había sido feliz muchos años antes de conocer a su marido.
Ya desde Princeton, “ciudad llena de ardillas y árboles”, Giuseppe le escribe a Lucrezia: “No me apetece salir solo, no siento curiosidad por mirar a mi alrededor, no me siento ni un visitante ocasional ni un habitante, sino alguien que no sabe qué ser y dirige a todas partes una mirada indecisa”.
Sedentarias o nómadas, azarosas o planificadas, felices o trágicas, las trayectorias que recorremos sobre el globo nos definen en lo más íntimo. “Uno puede vender o ceder las casas a otras personas, pero sigue conservándolas para siempre en su interior” –le escribe Giuseppe a su hijo Alberico-. Los espacios nos marcan. Somos los espacios.

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