¿Qué occidente? ¿Qué literatura?

En Los avispones (Nórdica), la primera novela del reciente Nobel de literatura Peter Handke, la narración se retuerce siguiendo la reconstrucción de las percepciones de un narrador ciego

FLAVIO LO PRESTI

Es gracioso, a veces, pensar en el concepto de Occidente. A veces, hablando en sobremesas, nos amparamos en ese rótulo incólume para pensar, por ejemplo, la extrañeza en las películas de Miyazaki: ¿somos capaces de entender lo que pasa en ellas? Sin embargo, hablamos de Occidente y metemos en esa bolsa a Alemania y al Cono Sur, y entonces leemos Los avispones, de Peter Handke, y la primera pregunta que aparece es, ¿qué cosa es Occidente? Siempre me llamó la atención un cierto tipo de representación de las relaciones familiares, y en particular las paterno filiales, y hasta las sociales, en las películas y en los libros creados en lugares fríos de Europa. El primer sustantivo  en el que pienso es distancia, el segundo frialdad, el tercero laconismo. ¿Hay una parte del mundo en que la gente se comporta de esta forma distante con los que tienen su propia sangre? En una región, en un país, en una zona cultural restringida en la que, en general, se habla hasta excesivamente, las relaciones familiares esbozadas en la primera novela del reciente Premio Nobel resultan casi incomprensibles.
Digo esbozadas porque hay dos aspectos del libro que hace de todo lo narrado un objeto difuso: en primer lugar, que el personaje principal y centro de las percepciones sea ciego; en segundo lugar, el hecho de que al final se insinúe (pero cómo saberlo) que otro ciego es el que reconstruye en el libro que acabamos de leer una viaja lectura, algo que contribuye  a que (como dijo famosamente Borges sobre Faulkner) no sepamos lo que pasa, aunque sepamos que es terrible.
¿Y qué pasa? En una zona rural de Alemania, en una zona agreste y áspera, un joven ciego vive con su padre y su madrastra y recuerda obsesivamente (en capítulos  de extensión variable, con un estilo que por momentos registra el mundo objetivo de una forma insoportablemente detallada y precisa y que intenta reconstruir la forma en que el ciego “produce” sus percepciones a partir del sonido) algunos acontecimientos: la muerte de su hermano Matthias, la desaparición regreso de su hermano Hans, el regreso o la partida en colectivo de uno de los personajes, la aparición de una bicicleta cuyo abandono el pueblo le imputa al ciego, una inundación, las hormigas que invaden la casa, el destrato despótico del patriarca Benedikt hacia hijos y mujer, una pelea en la fonda de la hermana del ciego… Pero no sucede nada más que infinitesimales registros de esos sucesos (y algunos otros: un paseo por el río, excursiones al cine y una larga conversación técnica con el proyectorista), nada en términos “épicos”.

En sus ensayos, Juan José Saer decía que la novela había optado en el siglo XX, por razones históricas, por una horadación lenta de la épica, por un desmigajamiento que atestiguaban los movimientos  más interesantes de la narrativa del siglo: la narrativa de Musil, de Joyce, de Beckett, el Noveau Roman. Quizás como un avatar final de ese modernismo cuya emergencia es más fácil reconstruir como resto arqueológico que imaginar hoy, esta primera novela de Handke cuestiona desde las frases, el montaje y el estatus mismo de la narración (¿quién narra? ¿qué es lo que se narra?) la épica, quebrada en mil pedazos .
Nos hemos preguntado en estos días para qué sirve el Premio Nobel, y al margen de la discusión sobre si Handke es un energúmeno “cancelable” a partir de sus adhesiones políticas, quizás sirva en este caso para preguntarse si el estrecho panorama que el presente le ha dejado a la narrativa puede ampliarse revisando el pasado.

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