La lectura del abandono

En este ensayo exclusivo, Francisco Bitar propone un elogio a abandonar los libros: un gesto soberano en el que se confirma la autonomía del lector y, aunque parezca contradictorio, un profundo amor hacia la literatura.

FRANCISCO BITAR

Nadie sabe muy bien por qué se lee como se lee en un momento determinado, menos todavía cuando ese momento es ahora. Pueden aventurarse algunos motivos sobre los modos actuales: que la ya demodé práctica del fragmento ha condicionado nuestros hábitos menos hacia la búsqueda de la condensación luminosa que hacia la necesidad del corte; que la proliferación de las novelas de no más de cien páginas que se escriben ahora, y que parecen ser la única contraseña de estilo que le queda a la literatura, nos instiga a la brevedad. Que el hábito del linkeo, que el de la deriva, que el poco tiempo de lectura frente a la oferta sobreabundante de bibliografía. Ya sea por esto o por aquello, el caso es que el compromiso contraído con el libro se fue retrayendo hasta alcanzar su más feliz expresión: la del libro que se abandona. Porque hoy un buen libro no es el que no se puede soltar sino el que se puede abandonar en cualquier parte.
Hoy nada nos impide, por ejemplo, desactivar ya mismo la lectura de este ensayo: asediada por la interrupción desde antes de empezar, no hay lugar lo suficientemente prematuro para detener una lectura. Es que, una vez que nos entregamos alegremente al ejercicio del corte, sabemos que será posible revivir allí la felicidad de otros miles de libros abandonados y, por lo tanto, de otros miles de libros vueltos a empezar: abandonar un libro se nos presenta más importante que terminarlo.
La interrupción, operación fundante de la lectura del abandono, puede ser el resultado del tedio o de un reconocimiento maravillado o bien del intervalo al que nos somete la contingencia de la vida. Deceptiva o exultante (¿por qué no dejar por la mitad el libro que nos entusiasma, el que no podemos soltar?) será siempre un gesto soberano, en el que se confirma, como en Astier, la autonomía del lector: la traición feliz. (Como toda felicidad o como todo soplo de vida, la traición y la lectura del abandono están ambas en el futuro).

César Aira

Decimos que esto, abandonarlos, no va en desmedro de los libros buenos, al contrario: es propiedad de los buenos libros la de contener en cualquiera de sus páginas la puerta de salida. En los malos libros, en cambio, esa salida está tapiada desde que nunca ingresamos a ellos en primer lugar. Un libro malo es inexpugnable. Tanto es así que cuesta creer que los malos libros existan cuando nadie ha entrado en uno. ¿Alguien leyó alguna vez un libro malo? Para hacerlo, habría que planificar, indagar, pedir recomendaciones sobre un buen mal libro, lo que además de inconducente sería agotador. En este sentido también estamos en las antípodas del libro de buena calidad, que es el que parece salido de ninguna parte, el libro que nos sorprende.
¿Hacia dónde vamos una vez que salimos de un libro? Hacia otro buen libro, claro, pero así como alegremente nos despedimos del anterior sin mirar atrás, no encontramos ninguna obligación de ser fieles al que viene. Es por eso que podemos sentirnos libres de comprar nuevos libros mientras leemos el que ya se cae de nuestras manos, somos libres de ceder a la tentación. Por fuera de ellos (o peor aún, por encima de ellos) no hay superstición alguna a la que estemos obligados. ¡No más odiosos grupos de estudio! ¡Nunca más venerar a un autor!
Por supuesto, la idea de final es el gran atentado contra la lectura del abandono. Un chantaje muy occidental, después de todo, desde que una lectura acabada, lo mismo que las relaciones sexuales en Occidente, es la que nunca se queda a mitad de camino (interrumpirla, nos dicen, sería equivalente a no haberla emprendido). Es el final, nos dicen también, el que, más allá de toda solución intermedia, coronará la lectura: nos pondrá frente al tema del libro y nos realizará como lectores. Es el final el que puede redimir un libro mediocre, es por el final que soportamos lo demás.

Quizá los libros que buscamos los lectores del abandono estén hechos nadan más que de principios o nada más que de finales.

Pero incluso cuando lee un libro entero, el lector del abandono no está buscando el final. Al contrario, si llegó al último punto es porque a priori no se presentaba como uno; el final era un lugar como cualquier otro para seguir camino hacia el libro siguiente. Es decir: lo que nosotros buscamos, como constructores de túneles que somos, es solamente la plataforma de despegue hacia el próximo libro. Y ese lugar específico desde el cual trazar una conexión puede estar en cualquier parte, incluso en el final, a condición de que no se presente como rúbrica.
No es entonces la idea de final en sí misma la que nos resulta indeseable sino lo que el final, en su estructura, sostiene desde el otro lado: la trama, aquella red que une el final con el principio del relato, justamente donde el lector del abandono no se deja entrampar. Trama y trámite comparten la misma raíz: el puro medio, es decir, la parte obligatoria, la burocracia de la lectura. No por casualidad, la trama es la parte del relato sometida al esquema: cuántas veces hemos escuchado que este escritor hizo un cuadro de su novela con el fin de reducir el espectro de error antes de sentarse a escribir o que otro incluso se compró un pizarrón y fibrones de colores para poder ordenar sus ideas. Las tramas, su planificación y ejercicio, son en definitiva un motivo de sufrimiento para los escritores pero no tienen por qué serlo para el lector.
Y bien, ¿qué nos queda cuando extirpamos la trama, es decir, la parte del medio? La respuesta: el principio y el final, es decir, las partes afirmativas del relato (y aquí llamamos parte afirmativa a la desprovista de todo trámite). Puestos en posición de escritores –el anverso obligado, el daño colateral, podríamos decir, de la lectura– el principio es aquella información que se presenta a pesar de uno, en una conversación, en una imagen, en una charla oída a medias; un dato embrionario y elemental, apenas la punta de un hilo del que tiramos y que eventualmente hará aparecer el relato. El final es el que se precipita, el que nunca está donde se anticipaba al principio sino siempre un poco más atrás o un poco más adelante. Ya sea en uno o en el otro, el caso es que el escritor nunca estuvo del todo presente ni al empezar ni al terminar, exactamente como en la vida.

Quizá los libros que buscamos los lectores del abandono estén hechos nadan más que de principios (los espejismos de conflicto, el juego de coincidencias) o nada más que de finales (el policial de pistas falsas, las series que llevan a ninguna parte). En esta tradición, la del lector del abandono, el de Borges es un libro hecho de pasadizos: él mismo se encarga de construir los túneles, eximiéndonos de la necesidad de abandonar su libro; Aira es el que arruina sus bellos comienzos al dictado de su profusa imaginación pero sólo para recomenzar bellamente al interior de sus tramas; Puig es el gran maestro de la lectura del abandono, porque en sus libros los hechos nunca se tocan de frente, al punto que nos preguntamos cuándo empezará la novela: estamos siempre antes del principio. En Puig se está siempre a punto de empezar y todo se precipitará de manera catastrófica, sin haber empezado.
Y aunque la hagamos a un lado como mero trámite, tampoco nos proponemos con esto proscribir la trama, todo lo contrario. La lectura del abandono celebra la trama porque en ella se confirma el gran propósito de la lectura: el olvido. La trama del libro es, justamente, la parte que se olvida, y extirparla significa señalar su vacío. Sucede que, al hacerlo, al expulsarla de nuestra lectura antes de entrar en ella, incurrimos en un olvido rápido, incluso en uno automático. La lectura del abandono es el olvido de lo que nunca ocurrió: la trama. Y es gracias a ese olvido que podemos recomenzar rápidamente en otra parte, en otro libro.
Esta rapidez, sin embargo, no es el resultado de una obligación sino de un entusiasmo. Al contrario de la lectura metódica (la del apuro por el relevo bibliográfico o el estado de la cuestión, es decir, la lectura del todo), la lectura del abandono pasa por alto, saltea, agujerea, no se responsabiliza porque no había responsabilidad alguna en primer lugar. Es la lectura fuerte. Ambos, el lector metódico y el lector del abandono, están en extremos opuestos: la del metódico es la lectura del apuro por terminar, con la esperanza siempre postergada de empezar alguna vez por sus propios medios; la del lector del abandono es la alegría de pasar a otra cosa, es el lector que vive en la felicidad de estar siempre empezando.
Así, la biblioteca del lector metódico es asunto del pasado, porque en ella se apila la acumulación de lecturas ya terminadas y archivadas; lo mismo podría haber allí, en la habitación que destina a acumular libros, un depósito de objetos de otra época, ya sin uso ni significado que el lector metódico no se anima a descartar pero que molestan y deprimen. El lector del abandono, en cambio, ama su biblioteca como ama su pasado, porque al igual que ese pasado, o al igual que las unidades de ese pasado, los libros representan para él episodios inconclusos, libres de viajar hasta el presente en el momento menos pensado. Como sucede en nuestras vidas, los lectores del abandono estamos rodeados de libros vivos, sin terminar.

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