El terror de lo cotidiano

Cortes de luz interminables, hiperinflación y el fantasma de un femicida son los elementos que se conjugan en Ese verano a oscuras, este relato ilustrado donde Mariana Enríquez vuelve una y otra vez a sus obsesiones que parten de lo real para conseguir estremecer el género.

MAGALI ETCHEBARNE

Todos quienes leemos a Mariana Enríquez –en sus libros, pero también en su obra periodística– sabemos de su gusto, interés, obsesión por vampiros, fantasmas, criaturas sobrenaturales. Pero también, y quizás sea eso lo que a mí más me atrape de su literatura, sabemos de su interés por atender a esa otra forma del terror que es su versión más perturbadora, más brillante: cuando la realidad, con su rareza intrínseca, se exacerba y en esa exagerada pronunciación se desbarata por completo el estado de lo predecible o deseable. Es una suerte de sugestión de lo sobrenatural que subyace o sobrevuela nuestra vida cotidiana; la extrañeza que acecha, esos otros mundos que están todo el tiempo presentes en este.
Ese verano a oscuras es ese tipo de historia. Frente a algo del orden de lo real interpone el miedo, la presión de una fobia: ¿Qué pasaría si un corte de luz se sostiene en el tiempo, si la luz no vuelve más? ¿Qué pasaría si una crisis avanza y avanza, se profundiza sin freno? ¿Tiene límite? O: ¿Qué pasaría si aparece un asesino serial en mi edificio? ¿Y si un femicida atacara en serie?
Nada de lo que pasa en este relato pertenece de manera directa al orden de lo sobrenatural y de lo imposible. Casi todo lo que se cuenta–la crisis energética que tiene al país a oscuras, la hiperinflación que desdibuja los precios, la desocupación que mantiene a los adultos tomando vino frente a un televisor apagado, buscando trabajo o deambulando en busca de ciudadanías europeas, el kiosquero con sida– tanto como el ambiente que se describe –la Catedral de La Plata, “hermosa ruina” en “perpetuo peligro de derrumbe”, las torres de edificios muy altos, muy baratos, con paredes finas como el papel que permiten viajar a todos los ruidos y en los que jamás entra el sol, una pileta en el centro del complejo sobre la que flotan insectos y “cierto tufo”–  pertenecen al mundo de lo real. Un mundo que, como la catedral, parece estar siempre por venirse abajo.

Los datos corresponden a la historia reciente de la Argentina, de una Argentina que conocemos, que a veces parece transformarse, pero como quien apenas altera el camino de siempre para llegar al mismo lugar. Y un corte de luz sostenido, en pleno verano, en plena crisis económica, puede ser, dice este relato, una verdadera fuente de horror. Para colmo todo transcurre en un barrio de condiciones de vida modesta, una clase media golpeada pudriéndose al sol, con paranoia y sin heladera, que pronuncia más fuerte cada padecimiento.
El punto de vista es el de dos adolescentes. Y eso habilita una mirada ligeramente extrañada, que se aparta del cinismo y la resignación de los adultos y todavía se encuentra más abierta y dispuesta a la sorpresa; expectante, como deseando que algo de más allá de este mundo anude tanta tensión y finalmente venga a confirmar la intuición extrasensorial (que la luna roja explote en el cielo, que las estrellas les devuelvan la electricidad o terminen con todo)

Pero aunque buena parte del relato se sostiene en ese estado de suspensión, finalmente ocurren cosas contundentes. Las muertes llegan con una violencia escabrosa y con la sensación de que estuvieron anunciándose desde hacía tiempo. Muertes que nunca se van del todo, dejan detrás un estremecimiento, una vibración, un cuerpo colgado del balcón, meciéndose y golpeando contra la pared hasta desfigurarse, y hacen crecer el fantasma del asesino, el que realmente podría volver y matar a más mujeres.
A partir de ahí, en la oscuridad de los rincones secretos de ese edificio en el que se refugian para hablar y fumar las protagonistas, esa figura aparece y desaparece y quién sabe si estuvo realmente ahí, después de todo, ¿no es un fantasma una alucinación perturbadora? Pero lo que se impone en Ese verano a oscuras es una realidad sofocante y grotesca, super argentina, cruel en su desidia, perversa en su brutalidad. 

Lo que más me gusta de la literatura de Mariana Enríquez, y quizás esto se deba a que no soy una lectora sesuda de género, es su capacidad para pasearnos por espacios e imaginarios que creemos conocer muy bien (o al menos los de cierta generación) y volverlos aterradores: la adolescencia en los márgenes, el conurbano y su sordidez familiar, lo podrido en lo conocido, la música como educación estética de una generación que fue adolescente con todo, los años posteriores a la dictadura y la posibilidad de que vuelvan, el no futuro, el estado infame, un país sin energía, y todo lo que pende de un hilo: ¿No es, acaso, cualquier sensación de estabilidad una rareza, una ilusión provisoria, la falsa calma del asesino? 

El relato asume desde el comienzo, y de manera explícita, su condición de rareza en el panorama literario local; eso de que el terror pertenece a otras partes del mundo, principalmente a Estados Unidos, de que no es demasiado abultada la tradición local sobre el género. Lo asume y lo pone en escena a través del libro sobre asesinos seriales que leen furtiva y obsesivamente las dos chicas. “Nosotras estábamos hartas de que nos dijeran que en la Argentina no hay asesinos seriales”, dice la protagonista y enseguida lo desmiente resucitando las historias de El Ángel y del Petiso Orejudo. O de los militares, dicen ellas al pasar, pero enseguida las callan. 
Acá tenemos, acá también hay, nos dice. Y este cuento no solo reafirma que acá también hay de esto –relatos sobrenaturales, asesinos seriales, crueldad– sino que es lógico que creamos en un terror argentino porque nuestra cotidianidad nos provee casi sin pausa situaciones horripilantes, y hay fantasmas a cada paso –y en cada etapa histórica que se nos ocurra– y que hay mucho material apto para el género.

 Hace poco, haciendo esas cuentas mentales que hacemos los que nos obsesionamos con el pasado, me di cuenta de que todas las historias con las que yo me crié, por ejemplo, las que repetían mis amigos del barrio, las que yo repetía y me persiguieron mucho tiempo, eran historias de horror: la del hombre gato que te atacaba de noche, la de Cata, la señora que curaba el empacho y te podía hacer desaparecer debajo de su pollera, la del loco de la cortada Martín De María que había dejado a su madre muerta pudrirse en una silla de la cocina hasta que los vecinos nos dimos cuenta por el olor, o la del cartero de la otra cuadra que pasaba todas las tardes: cuando era chico, le había disparado a su padre en la cabeza cuando este volvía de trabajar en los talleres del ferrocarril en la estación de Escalada. Se había escondido detrás de una rama grande de costilla de Adán y desde ahí había apuntado y no falló. Todos los adultos sabían cuánto le gustaba al padre pegarle a su esposa y por eso todos guardaron silencio. Se llevaron al chico un tiempo a un campito por Glew, hasta que creció un poco, y el rumor dejó de correr.
Supuse mucho tiempo que era un imaginario que compartimos las persona nacidas y maduradas en el conurbano, y no me equivoqué cuando descubrí la obra de Mariana, sus fascinaciones y su lucidez quirúrgica para alumbrar eso que circula –muchas veces como un perímetro mental construido con costumbre, fantasía y miedo– y transformarlo en un mashup perfecto. Su virtud para contarnos con aparente simpleza un escenario minado de monstruosidad.
Lo raro, en su literatura, es lo cotidiano cuando se lo examina con un poco de detenimiento, como esas palabras que usamos todo el tiempo pero que, cuando las masticamos de más, se descomponen hasta que ya no las reconocemos, se nos vuelven ajenas. En pocas páginas, detiene el tiempo y nos ilumina a los fantasmas que todavía duermen debajo de nuestras camas.

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