Crónica de la cura

El ex The Cure Lol Tolhurst estuvo en Buenos Aires presentando Cured, autobiografía en la que se cruzan los recuerdos de la banda, su lucha con el alcoholismo y la relación con su padre

FERNANDO KRAPP

En una de la torres en Puerto Madero, Laurence “Lol” Tolhurst toma su tercer café del desayuno. Está sentado en una silla, detrás de una mesa ubicada en el centro de una pequeña tarima, entre dos carteles que anuncian la salida de su libro Cured, editado en España por Malpaso. A Tolhurst parece no importarle mucho las formalidades de las presentaciones ni de los lanzamientos. Simplemente, toma su desayuno.
Nacido en 1959, en Horley, un pequeño pueblo fabril al sur de Inglaterra (el mismo día en que murió Buddy Holly en un accidente aéreo), el ex baterista y tecladista de The Cure, quien ayudara a diseñar el sonido post industrial de la banda y fuera expulsado de la misma a fines de los ochenta, no visita Buenos Aires desde hace treinta años. Recuerda, dice, poco y nada de aquellos años, porque la banda, liderada por su compañero de escuela Robert Smith, estaba presentando uno de sus discos más significativos e importantes: Kiss Me, Kiss Me, Kiss Me.
Ahora su visita tiene otro motivo: el libro, del que prefiere hablar cuando las preguntas se van hacia detalles de grabaciones o de chimentos de la banda. Este hombre, nacido en el seno de una familia proletaria, decidió sentarse y escribir un libro que no solo contase los vericuetos previos al ascenso de una de las bandas más importantes del post punk: buscó narrar su propio descenso y salida de The Cure, la relación problemática con un padre ausente y la larga lucha con el alcoholismo. Pide un nuevo café, mientras la fotógrafa lo ronda, y responde cada pregunta tomándose una pausa indisimulable.
¿Cómo surgió la idea de un libro que cuente los inicios de la banda?
Mi madre me transfirió el amor por la literatura. Siempre fui un lector muy ávido, durante toda mi vida, al igual que Robert (Smith). Siempre quise escribir un libo, y hace unos cinco años atrás, un amigo de Nueva York me preguntó si todavía estaba con ganas de escribirlo. Me dijo que un amigo editor de él estaba viajando a Los Ángeles, lugar donde vivo, y que quería conocerme. Y entonces pensé: bueno, ahora voy a tener que escribirlo. Lo conocí y las cosas progresaron. El me dijo que tenía una buena idea para un libro. Y rápidamente empecé a trabajar.
Tener un deadline es una buena motivación.
También cumplí 60. No pensaba llegar a esta edad y fue algo increíble. Quería recordar mi vida antes de perder mi mente y de volverme más viejo. Quería explicarme algunas cosas de mi vida a mi mismo. Entonces busqué, por recomendación de otro amigo, un agente literario. Cuando estás a mediados de los cincuenta años tenés cierta perspectiva de lo que pasó. A los treinta, los hechos son muy cercanos. A esta edad te podés despojar del ego y tratar de ver las cosas con mayor objetividad. Y ahí sentí que estaba en el mejor momento. Puedo ser autocrítico, remover cosas de mi pasado, entender con cierta distancia algunas decisiones que uno tomó en el medio de un torbellino de confusiones. Esa fue mi motivación.

Hay una sensación de época cuando relatás tu infancia en Horley, como una novela de Charles Dickens.

Sí, ese fue uno de los mejores premios; descubrir que yo podía hacer una cosa así. Cuando la gente piensa en The Cure solo toma imágenes creadas por la prensa, por la televisión. Crean una imagen en su mente que no es necesariamente completa. No hay otros libros. Bueno, hay uno que hicimos a los diez años de formar la banda, pero es más bien una colección de artículos. Pero no hay otra cosa. Y para mí, cuando empezamos a tocar, fue una época muy importante en términos culturales. Hubo un gran cambio.
¿En qué sentido?
Los años setenta en Inglaterra fueron años oscuros y depresivos, en varios sentidos. Era chato, todavía se vivía un clima de pos guerra. No había un incentivo para hacer cosas. Y de pronto, de todo eso, surgió el punk. Sobre todo en Inglaterra, fue un movimiento político. Pero también aparecieron personajes políticos como Margaret Tatcher. Hay paralelismos con el tiempo que vivimos hoy que a mí me parecen preocupantes. Y lo que quiero hacer, con este libro, es promover lo que se venga en arte y música.
¿Cómo fue el proceso? ¿Trabajaste sobre una línea de tiempo o hiciste entrevistas a viejos amigos de la banda?
Cuando empecé, pensé en las fotografías de la época. Vos sabés, las fotos que hay son conocidas, era una época en la que no había esto (levanta un celular). Unos amigos me dijeron que tenían varias fotografías inéditas, me propusieron escanearlas y mandármelas. Y dije no: voy yo para allá y las veo yo. Porque no estaba tan interesado en las fotografías, sino en el contacto con las imágenes. En lo que las fotografías producían con mi memoria.
¿Leíste otros libros para pensar el tuyo?
Cuando estaba preparando el libro hice mucha investigación. Leí otras memorias y autobiografías. Hubo tres libros que me sirvieron como referencia. Uno fue Cuando fuimos jóvenes de Patti Smith, porque es un libro que en definitiva trata de cómo es pasar de una juventud naive al mundo real. La de ella es un experiencia distinta, porque transcurre en Nueva York, pero le encuentro cierta relación. Otro es Slash: de Guns and Roses a Velvet Revolver de Anthony Bozza, no es una gran obra literaria pero me pareció muy honesto. Y American Comedian de Steve Martin, un libro que en verdad es sobre la relación que él tuvo con su padre.
Estabas buscando eso: honestidad.
Ocurrió, durante el proceso, que si no atravesaba mi vida con honestidad, no iba a tener ningún sentido escribir un libro. Leí varios libros sobre temas similares, y rápidamente me daba cuenta cuando estaban dejando cosas afuera. No es necesario dar golpes bajos, ni contar con lujo de detalle las heridas de guerra, pero sí tenés que dar las razones correctas de lo que ocurrió. Durante los primeros seis meses mi editor me escribía preguntándome si tenía algo para darle, y yo siempre decía: pronto, pronto. ¡Estaba aterrado! Porque lo sabía: tenía que contar todo. Después de un tiempo, él me dijo de una escritora que vive en Los Ángeles. Mostrale a ella tus notas y tu trabajo, y veamos qué te dice. Entonces fui, ella era un poco más grande que yo. Me quedé a un costado mientras leía mis primeros capítulos y después de unos minutos, me miró y me dijo: sos un escritor. Y me sentí aliviado. Estaba haciendo bien el trabajo. Necesito tener un poco de validación para saber que estoy haciendo las cosas bien.

¿Cómo fue lidiar con la figura de tu padre?

Le tengo mas respeto ahora después de haber atravesado todo el proceso de escritura. Durante mucho tiempo no tuve conexión. Nunca me dio la mano, nunca un abrazo. Ya sabés, estuvo en la Segunda Guerra Mundial y yo entendí, ahora, que tuvo problemas con eso. No estaba bien. Era un hombre en shock. Creo que hizo lo mejor con lo que tuvo. No fue una mala persona. No tuvo un modo distinto de expresar lo que sentía. Sobre todo en Inglaterra que, durante el tiempo en que él creció y se formó, era muy represiva. Nadie decía nada. Las únicas veces en las que pude conectar con él fueron cuando tocaba el piano y cantaba con una voz como la de Tom Waits. Mi relación con mi hijo es totalmente distinta. Todas las cosas que pasaron entre mi padre y yo no las quiero para mis hijos. Entonces lo cambié. Me siento mejor con él, ahora.
¿Cómo fue lidiar con el alcoholismo, el otro tema importante del libro?
No quiero ser sentimental sobre el tema. Uno entiende que hay mucha gente que pasó por una experiencia similar a la mía. Para mí, el propósito de The Cure, la banda, también fue una terapia, una cura. Con lo que me pasó, uno entiende que lo que hace involucra también a muchas otras personas. Con el tiempo, encontré un modo de estar mejor, de sentirme bien, de sanar algunas heridas. Eso fue lo que quise compartir con la gente. Quise escribir un libro que también pudiera ayudar. Más viejo me pongo y más entiendo que todos somos iguales, y todos tenemos los mismos problemas.
¿El libro fue un modo de hacer terapia?
No tanto, quería hacer un libro sobre la redención, no un cuento moral o algo terapéutico. Cuando escribí el libro, compartí un espacio con un actor y con un músico. Yo me ponía en una esquina, con mi computadora, y escribía. Me lo recomendó un amigo, porque cuando uno escribe un libro así, siempre se pone obstáculos. Entonces fui a este lugar y a veces, mientras escribía, me caían lágrimas. Mis compañeros de oficina me veían y preguntaban si estaba bien, y yo respondía que sí, por supuesto. Porque no estaba solo recordando mi vida, la estaba reviviendo. Y eso fue lo maravilloso de todo el proceso.

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