Playlist: tres episodios musicales

En el día de la música, tres momentos singulares en su historia, de Bach a Satie.

DIEGO ERLAN

Ofrenda musical
J. S. Bach

Uno de los primeros ejemplos que utiliza el científico Douglas Hofstadter para su monumental estudio sobre una teoría de la conciencia (Gödel, Escher, Bach) son algunas de las composiciones de Bach. Una leyenda dice que Federico El Grande, Rey de Prusia, contaba admirado que una vez Bach le regaló un tema cromático de fuga compuesto de repente y que tenía en su estructura una fuga a cuatro voces, otra a cinco y una última a ocho. Para entender esa supuesta desmesurada hazaña habría que decir lo siguiente: improvisar una fuga a seis voces sería como jugar con los ojos vendados sesenta partidas de ajedrez y ganarlas todas; por su parte, improvisar una fuga a ocho voces estaría por encima de las capacidades humanas. Si bien no amerita aquí profundizar el concepto de bucle que desarrolla Hofstadter, podemos detenernos en la composición de Ofrenda Musical, uno de los mayores logros contrapuntísticos de Bach y una de las grandes obras maestras por su expresividad y belleza. Dedicada a Federico El Grande, la pieza consta de una fuga a tres voces, una fuga a seis voces, diez cánones y una sonata-trío.


Winterreise
Franz Schubert

Según parece, en la génesis del Winterreise encontramos un robo y una obsesión. El robo es el de Franz Schubert, que un día, en las oficinas de un funcionario que lo había citado, encontró los poemas de Viaje de invierno de Wilhelm Müller y esos textos lo conmovieron de tal manera que no pudo aguardar al funcionario ni un minuto más y así empezó su obsesión en torno a esos textos que lo llevaron a componer ese ciclo de veinticuatro canciones para voz y piano. El proceso al parecer no fue fácil. En ese tiempo, los amigos de Schubert lo veían apesadumbrado y por eso querían saber qué le pasaba y él respondió que estaba inmerso en un ciclo de canciones espeluznantes. “Tengo curiosidad por ver lo que dicen de ellas. Me han costado más esfuerzo que cualesquiera otras de mis canciones”, respondió. Esa noche, luego del concierto privado que Schubert les dio a sus amigos, ellos quedaron absolutamente anonadados con el tono sombrío de estas canciones. Uno de ellos dijo que sólo le había gustado una canción, “El tilo” a lo que Schubert respondió: “A mí me gustan estas canciones más que todas las demás, y a ustedes también les pasará lo mismo”. En el libro «Viaje de invierno» de Schubert. Anatomía de una obsesión, Ian Bostridge cuenta que otro de sus amigos, el funcionario y poeta Johann Mayrhofer, consideraba Viaje de invierno como la expresión de un trauma personal: “[Schubert] había estado mucho tiempo gravemente enfermo [con la sífilis que había contraído a fines de 1822], había pasado por experiencias demoledoras, la vida había perdido su color; para él había llegado el invierno. Le había agradado la ironía del poeta, enraizada en la desesperación, y él la expresó con sonidos cortantes.” Schubert murió en Viena en 1828. Tenía 31 años. Recién entonces, el Viaje de invierno había llegado a su fin.


Gymnopédies
Erik Satie

A veces imagino a Erik Satie como un Felisberto Hernández parisino, patafísico y delirante. Una de sus composiciones que me llevan a un trance particular es Gymnopédies, una melodía que, en algunas interpretaciones, como la de Pascal Rogé, se vuelve un ralenti contenido, brumoso y melancólico, en algún punto desesperante. El pianista de cabaret, precursor del noise, era un personaje incomprendido y absolutamente hermoso. En el epílogo al libro Objeto Satie, de María Negroni, Pablo Gianera recuerda una escena: lo que encontraron los amigos de Satie cuando entraron su habitación en Arcueil, hasta entonces inaccesible, una vez que Satie murió en julio de 1925. Dentro de las cajas de puros que guardaba como un acumulador empedernido había cuatro mil rectángulos mínimos de papel manuscrito en los que Satie había consignado en secreto descripciones de paisajes imaginarios, órdenes religiosas inexistentes, instrumentos musicales imposibles de tocar. Los Cuadernos de un mamífero son el catálogo posible de esa imaginación exuberante.

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