Las noches difíciles

Kafka consideraba que dormir mal lo volvía más lúcido aunque llenara las páginas de su diario con sus problemas de sueño. Aquí, una serie de estrategias de los escritores para enfrentarse al insomnio.

DIEGO ERLAN

Semanas atrás, mientras conversaba con el escritor español Javier Montes, Edgardo Cozarinsky confesó una de sus rutinas en las noches de insomnio. Cuando entiende que no podrá conciliar el sueño a pesar de que aún no amaneció, cuando acepta que es inútil obligarse a cerrar los ojos para que el sueño lo invada pero al sueño no le interesa presentarse, entonces se incorpora de la cama y camina hasta su biblioteca. Se ubica de espaldas a ella y, en penumbras, agarra alguno de sus libros: el que sea, el que sus manos encuentren en el tanteo. Después enciende una lámpara y se obliga a leer el libro que agarró. De ese modo, el azar o el insomnio lo empujan a releer los clásicos. El sueño no vuelve más pero al menos siente que aprovechó de algún modo el tiempo.
En uno de los textos del libro Volver a comer del árbol de la ciencia  (publicado en Colombia por Tusquets y aquí próximamente por Sigilo), el colombiano Juan Cárdenas recuerda el largo período de su infancia en el que tuvo serios problemas para dormir. Una madre médica y enemiga de la industria farmacéutica no le dio ninguna pastilla para conciliar el sueño sino que lo sometió a un tratamiento de plantas medicinales y ejercicios de respiración que no hicieron más que profundizar el insomnio. En esas noches deambulaba por la casa en tinieblas y, de a poco, sus ojos se acostumbraban a la oscuridad y lograba ver los objetos que, a esas horas, adquirían un halo misterioso. En esa misma época se aficionó a la lectura. Cada noche elegía una pila de libros de la biblioteca de sus padres y se los llevaba a la cama. Cuando lo obligaban a apagar la luz, Cárdenas seguía aferrado a los libros, pasando sus páginas, esperando que las pupilas pudieran abrirse. Casi como Cozarinsky: leer a oscuras hubiera sido una forma de lidiar con esas noches en vela.

Recorrer una casa a oscuras sin poder conciliar el sueño es una de las imágenes recurrentes que aparecen en uno de los grandes libros sobre el insomnio. Escrito por Blake Butler, Nada. Retrato de un insomne (Alpha Decay) es un texto híbrido mezcla de ensayo, novela y memoria de una persona que, en 1998, pasó 129 horas sin dormir. Ese fue su período más largo de insomnio y uno de los más dramáticos: en esos días contrajo mononucleosis. Tenía la cara hinchada y unas llagas insoportables en todo el cuerpo. No podía tomar nada. Ni pensar. Ni siquiera moverse. Lo que otros podían atravesar dormidos, Butler tuvo que hacerlo en la plenitud de su conciencia, en plena percepción del dolor que no cesaba ni por un segundo. Noches interminables. Forcejeos de la mente (consigo misma) para que de una vez por todas se apague, o por un momento desaparezca. Suele decirse que el primer requisito cuando nos disponemos a dormir es dejar la mente en blanco, tan vacía como nos sea posible. Cuando el cuerpo descubre que el sueño es una práctica necesaria se rinde ante el dolor y se revela, dice Butler, como un campo de concentración infernal en el que la mente se derrama, se regocija en la batalla, atormenta la consciencia finalmente en la máxima expresión de su lucidez. No poder dormir es una pesadilla.
Henry Kellerman, en un estudio de 1981 sobre los trastornos del sueño entendía que la palabra insomnio era un eufemismo para referirnos a la “ansiedad generalizada”, es decir, no más que el síntoma de un trastorno subyacente mayor que puede terminar adoptando una forma inesperada. Digamos: el insomnio como una enfermedad indeterminada hecha a medida de cada uno. Butler entiende que el insomnio, más que miedo a la muerte pareciera ser una hipersensiblidad de la particular circunstancia de estar vivo. En octubre de 2018, investigadores del Servicio de Neurología de la Unidad multidisciplinaria del sueño del Hospital de Clínicas de Barcelona y el Departamento de Neurología de la Universidad de Innsbruck, Austria, encontraron 292 referencias al insomnio y a los desórdenes del sueño en los diarios y la correspondencia de Franz Kafka. El insomnio de Kafka era crónico y sus orígenes, según estos investigadores, se debía a una serie de factores: 1) una personalidad compleja, 2) pensamientos intrusivos a la hora de irse a dormir, 3) una excesiva preocupación por las horas de sueño perdidas y sus consecuencias al día siguiente y 4) una extraordinaria intolerancia al ruido. Este último factor hacía que no pudiera escribir de día, cuando todos estaban despiertos, y debía hacerlo de noche. Allí tenemos el trance de escritura que lo llevó a terminar su relato La condena en una sentada, una misma noche.

La compleja personalidad de Kafka también lo llevaba a cuestionar este padecimiento ya que consideraba que uno está más lúcido después de una noche de mal sueño. Así al menos le escribe en una de sus cartas a Milena: “Ayer dormí un poco mejor e inmediatamente escribí esas estupideces sobre el viaje a Viena”. Esta faceta de Kafka (la lucidez de las malas noches) es analizada por Peter Schwenger en su libro At the Borders of Sleep (Minnesota Press, 2012), donde el crítico explora las conexiones entre literatura y los estados liminales entre la vigilia y el sueño, desde la somnolencia y el insomnio. Además del caso del autor de La metamorfosis también estudia a escritores y artistas como Marcel Proust, Stephen King, Paul Valéry, Fernando Pessoa, Giorgio de Chirico, Virginia Woolf y Philippe Sollers. Una de las conclusiones a las que llega Schwenger es que ese territorio liminal, justamente, sería un estado productivo donde se cruzan el pensamiento racional y la potencia del inconsciente.
Sin embargo, como en el caso de Butler, no poder dormir es un padecimiento que conduce a la locura. Un confidente de Heinrich Himmler de nombre Félix Kersten confesaba que en sus últimos días Hitler padecía una enfermedad incurable cuyo síntomas eran dolores de cabeza insoportables, debilidad muscular, temblor en las manos, balbuceo al expresarse, parálisis de extremidades, alucinaciones extáticas, megalomanía y, también, insomnio. Lo mismo padecía Stalin. Por el contrario, en uno de sus ensayos, Michel de Montaigne se sorprende ante las anécdotas de algunos de los mayores personajes de la historia que hasta en medio de las más tensas batallas o en los asuntos más importantes conseguían dormir profundamente. Uno de los ejemplos que menciona es Alejandro el Grande: el día asignado para la furiosa batalla contra Darío, durmió tan profundamente y hasta tan tarde que Parmenión tuvo que llamarlo dos o tres veces por su nombre para despertarlo. Montaigne recuerda también el relato que cuenta Plutarco sobre el emperador Otón, quien la misma noche en que había resuelto matarse, tras ordenar algunos asuntos domésticos, distribuir su dinero entre los sirvientes y afilar la hoja de la espada, se quedó tan profundamente dormido que los criados lo escuchaban roncar.

El último libro de relatos de Dino Buzzati, publicado en 1971, se llamó Las noches difíciles. No es una sucesión de historias extraordinarias sobre insomnes imperecederos. Son relatos extraordinarios. Punto. Sin embargo, al promediar el libro hay un relato que se llama “Tictac” y es el caso de una mujer que una noche empieza a escuchar el sonido de un reloj a sus espaldas. Ella, que nunca había tenido problemas para dormir, esa noche permaneció despierta sin saber de dónde provenía aquel sonido sutil pero persistente que la perseguía. Nunca pudo silenciar el sonido hasta la madrugada. Y al día siguiente, a las tres de la tarde, esa mujer termina atropellada por una camioneta. El neurólogo que cuenta el caso al narrador llama a ese fenómeno “el del reloj” o “del repiqueteo fatal” y forma parte de una serie de informes de fenómenos parecidos donde ciertas personas escuchan un ruido rítmico como advertencia de que algo sucederá. A veces fatal pero no siempre: muches veces ese ruido premonitorio señala una época de bonanza. Lo extraordinario del relato es que al final, mientras el narrador lee los informes y el neurólogo explica las particularidades de cada caso, empieza a sonar un reloj como si estuviera debajo del suelo. El narrador se paraliza pero el neurólog intenta tranquilizarlo: “El repiqueteo es por mí”, dice. Pero a diferencia de todos los casos estudiados al día siquiente de escucharlo al neurólogo no le sucede nada. Ni bueno ni malo. “Desde hace más de un mes. Cada noche. Tictac tictac. No me da tregua. ¿La llamada del destino? ¿La arcana sentencia? Es el reloj. Pero a los demás les sucede algo al día siguiente. A mí nada. Día tras día, todo sucede como de costumbre. Ni desgracias, ni sorpresas, ni revelaciones, ni golpes de fortuna, ni amores. ¡El destino que llama a la puerta! Usted lo ha leído, ¿no es cierto? Se ha convencido, ¿no es cierto? El reloj de Moira hace tictac y al día siguiente… Pero a mí nada… ¿No es triste? ¿No es una humillación? Un pobre diablo, eso es lo que soy…” Buzzati consigue una imagen que podría funcionar en el libro de Butler. El insomnio como pesadilla. Aunque a veces, esa pesadilla puede convertirse en otra cosa. Miguel Briante lo sabía. En una entrevista, cuando María Moreno le preguntó en qué piensa durante las noches de insomnio, Briante supo responder de esta manera: en lo lindo que sería que le dieran el Premio Nobel e ir a la ceremonia borracho.

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