“No creo que exista una literatura femenina”

Paula Vázquez, autora de Las estrellas (Mansalva), habla de su trabajo de exploración literaria sobre los complejos vínculos entre madre e hija.

Paula Puebla
Paula Vázquez
(Fotografía de Ana Portnoy)

Las estrellas (Mansalva) puede leerse como el testimonio de dolor, como un diario de viaje atravesado por la cuestión de la enfermedad y la muerte o, incluso, como una carta a la madre. En esta novela, desde su rol de hija, Paula Vázquez alumbra a su mamá a través de una escritura zurcida de parches y fragmentos, y se anima a visitar las zonas más sensibles del drama de la pérdida sin ahorrarse ironías, amores y pequeñas frivolidades de mujer. Llegada de Barcelona justo a tiempo de votar en las elecciones presidenciales, la autora y socia creadora de Lata Peinada, la primera librería especializada en literatura latinoamericana de España, recibe a Cuaderno Waldhuter un mediodía soleado en su casa en el barrio de Núñez.

¿Cómo fue el armado de un texto que tiene un carácter fuertemente testimonial y que además está atravesado por tantos tiempos, lugares y, sobre todo, estados de ánimo distintos?
Te diría que el texto se construyó en su totalidad en base a notas, fragmentos, incluso citas. Notas de cosas que iba tomando durante el proceso de enfermedad de mi mamá. Es un método bastante habitual para mí, no lo hago siempre, ni lo hice toda la vida, pero tengo momentos en los que llevo cuadernitos o incluso anoto en el teléfono. Esas notas pueden ser de cosas cotidianas, de algo que estoy leyendo, de algo que escucho en algún lado, y así. Durante la enfermedad de mi mamá fui tomando muchas notas, de libros o cosas que iba leyendo que no tenían nada que ver con la enfermedad, la muerte o el duelo, que podían ser literatura, ensayo o lo que sea. Venía desde hace un tiempo pensando qué era lo que quería escribir, estaba en una búsqueda. Tenía algunos cuentos escritos pero los sentía muy pegados al tono del libro anterior y no quería repetir esa fórmula. Entonces diagnosticaron a mi mamá y no fue sino a un mes de su muerte que me di cuenta de que quería escribir sobre eso. No sabía qué iba a ser, cómo iba a ser, ni siquiera de qué género iba a ser. Pero quería escribir un libro con el material que había recogido en ese tiempo. Ese fue el primer cimiento. Después me fui de viaje para escribir y lo que terminó pasando es que el propio viaje se articuló como artefacto literario. Terminó formando parte del libro y, es más, yo creo que sin ese viaje el libro no hubiera existido porque la parte dedicada exclusivamente al vínculo con mi mamá, a su proceso de enfermedad, a las reflexiones sobre los vínculos con las madres no me eran suficientes para hacer un libro.

Como lo subrayó Marina Mariasch en una reseña publicada en LatFem y como señala Fabián Casas en la contratapa, hay un híbrido de géneros. ¿Fue intencional o fue producto de este trabajo tuyo, previo, en el que notas, ideas sueltas y citas empezaron a convivir? ¿Cómo operó tu parte editora en la escritura?
Creo que fueron las dos cosas. Es deliberado porque los textos híbridos son los que más me interesan a mí, por lo menos hacia la última parte de mi yo lectora. Uno de los libros que más me impactó es Autorretrato en el estudio de Giorgio Agamben. De hecho hay cosas en la novela que están tomadas casi literalmente ese texto y no sé qué género es. No es literatura, pero tiene un discurso poético muy fuerte. Es una suerte de autobiografía pero construida con retazos de citas, de otros ensayos previos, de él u otros autores. Entonces creo que sí hubo una búsqueda deliberada porque me encuentro siendo una lectora apasionada de ese tipo de textos. Y, además, creo que es un reflejo de ese método de construcción del libro. En un paratexto del libro que escribí para la tesis de una Maestría que hice, digo que la fragmentariedad del texto para mí emula muy bien el estado de conciencia que supone el duelo, un estado de conciencia absolutamente alterado en el que uno percibe todo así de forma fragmentaria, extrañada.

La suerte de las mujeres
(relatos)

Publicaste un texto hace un tiempo en Infobae, en referencia a tu libro de cuentos La suerte de las mujeres (Añosluz Editora), que escribir es “enmendar la pérdida”. ¿Qué pensás que pusiste en palabras en Las estrellas?
No sé si logré ponerlo en palabras pero sí lo que siento con respecto del libro es que es un intento de representación en un espacio finito, de un universo infinito que es un vínculo de una hija con una madre, o por lo menos de mí vínculo con la mía. En las etapas siguientes que atravesé y que sigo atravesando después de escribir el libro, me sigo dando cuenta de cosas, entendiéndolas. Fui descubriendo cosas de nuestro vínculo y de la vida de mi mamá después su muerte. Creo que este libro intenta, desde un espacio de profundidad, exponer cómo era ese vínculo, cómo fue la vida de ella. Obviamente desde mi perspectiva. Por eso lo que dice Fabián, lo de “la madre de la invención”, me parece que es muy acertado.

¿Qué encontraste durante la escritura de esta novela que no hayas encontrado en la escritura de los cuentos que componen tu primera publicación? Porque parecieran ser dos Paulas distintas.
Sí, absolutamente. Me preguntaron en una entrevista y también me lo preguntó María Moreno cuando leyó el libro, por qué había decidido no explicitar el conflicto de fondo entre mi madre y yo. Más allá de que yo piense que sí hay lugares donde aparece, hay una elección por no quedarme dando vuelta sobre eso, en el conflicto, el núcleo, el disturbio. Creo que el libro anterior aborda más eso y, aunque no sean relatos autobiográficos, los veo atravesados por el conflicto y el vínculo con mi mamá. Eso es en particular lo que cambia de aquel libro a este. En Las estrellas hay una visión más total. Hay un capítulo que es una especie de lista, una descripción: ese capítulo representa la intención de la novela en general. En un tiempo y texto acotado, que es el libro, tratar de explorar la complejidad de ese universo infinito que es la vida de alguien y el vínculo con ese alguien.

Además de calar en el vínculo con la madre, el proceso de enfermedad y la muerte, vi que elaboras una especie de cartografía familiar, algo que también aparece en los cuentos. ¿Qué te entrega ese universo que te resulta atractivo? ¿Qué pensás que hay en esta constelación familiar?
Bueno, una cosa es lo que pueda pensar biográficamente y otra lo que está relevado literariamente. En este último sentido, me parece que las constelaciones familiares, al menos la de la mía, que es la que conocí íntima y profundamente, dan la posibilidad de relacionarse con lo autobiográfico, de impulsar a una escritura y de poder dar cuenta de algo de forma más vívida. Por lo menos para mí el impulso viene de ahí y no de universos absolutamente imaginarios. Me sale más esto que La invención de Morel, más allá de las obvias distancias. Creo que en los vínculos familiares se juegan casi los temas enteros de la humanidad, desde un punto de vista mítico incluso. De hecho, la relación con lo mítico en los vínculos familiares es un tema que me interesa mucho y con los arquetipos, los símbolos, hay una búsqueda relacionada con lecturas de otra parte de mi vida que me parece muy productivo para lo literario.

De hecho hay referencias astrológicas, de arquetipos…
Sí. Trabajé mucho con un libro que se llama El libro de los símbolos y con El Libro Rojo de Jung que, cuando estoy escribiendo algo, siempre lo tengo ahí. Me parece muy estimulante, despierta algo muy particular, leer cosas de ese universo para plasmar algo singular.

Ya que trazaste la línea entre lo estrictamente biográfico y autobiográfico y lo que elegiste tamizar y narrar en la novela, me gustaría que hablemos un poco de esto que se menciona como literatura del yo. ¿Qué es para vos? ¿Qué posibilidades hay ahí que no haya en otros estilos?
Me llevo bastante mal con este tipo de preguntas porque no puedo responder qué es algo. No sé. Y más en el campo de lo literario, quizás porque vengo de otros oficios en los que puedo responder claramente qué es algo. Acá se me vuelve un magma infinito y hasta te diría que no sé si un escritor o una escritora tiene derecho a decir qué es la literatura. Me parece que es más un trabajo del lector o del crítico, que es una forma un poco más jerarquizada de ser lector. En relación a la literatura del yo, creo que todo lo que se escribe proviene de moldear una experiencia, así sea una experiencia de lectura. Hasta Borges, que no sería un escritor asociado a la literatura del yo, escribe con sus lecturas, es decir, que escribe con sus experiencias también. La operación de encontrar sentido siempre se hace, incluso cuando el texto es catártico. Hay una elaboración. Es imposible plasmar todo lo que uno vive al detalle.

¿Ves algún tipo de correlación entre el auge de las subjetividades, más cercanas a lo autobiográfico y a la autoficción, con los tiempos políticos neoliberales?
Sí, podría decirse. Por supuesto que la literatura está inscripta en la cultura y eso no sé si determina pero sí condiciona culturalmente. Tendría que pensarlo bien sobre todo en los términos de qué es y cómo es esa literatura en relación al mandato venido sobre uno, esa cosa de introyección, del mandato de producción incluso, ¿no? Quizás desde ese lado, se puede vincular con el auge. El tema de las redes sociales, por ejemplo, pensadas en relación al cuerpo, la experiencia, la imagen propia…todo se vuelve un capital de explotación.

En ese sentido, entonces el autor se convierte en su propio gestor, promotor…
Exacto. Los escritores y escritoras que no viven de otra cosa tienen que hacerlo obligatoriamente. A veces leo a algunos quejándose de que otros promocionan sus libros en sus redes sociales. A ver, ¿quién lo va hacer si no? Las editoriales lo hacen con un grupo muy pequeño de autores. Desde ese punto de vista, es bastante sencilla la asociación.

En el texto de Infobae del que hablamos antes, decís que la conversión del dolor es una capacidad femenina, de la función femenina y por eso inscribiste a tus cuentos dentro de la literatura femenina. ¿Ubicarías a Las estrellas dentro de esa misma categoría?
Ya no estoy más de acuerdo con eso, no creo que exista una literatura femenina. Sí creo que existe una literatura escrita por mujeres, que las mujeres tenemos diferencias y particularidades respecto de los hombres, culturales fundamentalmente. Respecto de la función femenina como conversora del dolor, eso sí, lo sostengo. No quiero decir que los hombres no tengan capacidad de hacerlo, ¿no? Porque los hombres tienen potencias femeninas también, a eso me refiero.
Este libro no lo pondría dentro de una literatura femenina porque no creo en eso. Sí es una literatura escrita por una mujer, que soy yo, y que sí explora un vínculo femenino, que es el que existe entre una madre y una hija. Eso entre otras cosas, porque en la novela también aparece la posibilidad del amor. Hay muchos hombres también, es un tema revisitado. Alguien me preguntó por qué había puesto eso y la respuesta fue porque es parte de lo que soy. ¿Por qué no lo voy a poner?

Entonces, acerca de este gran equívoco de la literatura femenina, ¿pensás que es más una política o una posibilidad de mercado?
Fundamentalmente lo segundo. Lo primero puede ser si uno tiene una decisión política de dar presentar un texto como una carta en un espacio político, marcando una posición política, o lo que sea. Pero sino, fundamentalmente, lo que pasó en los últimos años es una captación. Que es básicamente lo que hace el capitalismo con todo lo que existe en el mundo, ¿no? Lo que ocurrió con la imagen del Che, que terminó siendo una estampa de remera. El mercado se dio cuenta de que las mujeres representamos una porción importante de las que compramos libros y que, además, escribimos. Entonces también quizás nos sentimos más cercanas a lo que escriben otras mujeres, que exploran ciertos temas que antes no estaban visibles. Sí creo que hubo una captura por parte del mercado editorial y, por supuesto, creo que eso hay que aprovecharlo.

Las estrellas
(novela)

¿Qué es un libro para vos?
Los libros fueron para mí una primera puerta para conocer otros modos, otros mundos, otras formas de vida. Porque, podría decirse, que yo crecí en dos encierros. En primer lugar, en Del Viso, un pueblo cerca de Capital pero donde no había una librería, no había una plaza, no había una biblioteca. En mi casa tampoco había libros. Mi mamá fue ama de casa, mi papá era comerciante, se dedicaba al campo. Y parece que hablo de hace cien años, pero un señor una vez al mes venía a tocar el timbre de mi casa con los catálogos y ese era un momento de felicidad extrema para mí, comprar cualquier basura. Eran unas novelitas infantiles horribles, con ediciones horribles, mal traducidas, pero yo era muy feliz con eso. Antes de eso, tenía un apego muy tremendo a un diccionario que había pedido para una Navidad y me habían regalado, imaginante la necesidad de palabra que tenía. Era un Larousse ilustrado de tapa ropa que leía antes de dormir, a los siete años. No había cable, ni cine. Era un páramo. En principio un libro fue eso, mi lazo con los libros era como lectora.
Después, cuando tenía a los 10 años, nos mudamos a un segundo encierro en un country en Pilar. Empecé a venir a Capital, a los 14 años, a hacer cursos en el Rojas. El primero fue un taller literario con Diego Paszkowki. A partir de ahí, los libros hicieron un giro y me di cuenta de que uno también podía escribirlos. Para mí eso es un libro, una posibilidad de libertad, de elegir otra forma de vida, de construir una vida distinta del modelo y el espacio en el que crecí. Es descubrir que otra cosa era posible. Un primer motor.

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