Berlín en pedazos

A partir de un conjunto de fechas pensadas como índices de una experiencia histórica, Valentín Díaz presenta una serie de notaciones a propósito de los 30 años de la caída del Muro de Berlín.

Valentín Díaz
Berlín, 1989.

1989-2019
La conmemoración que a lo largo de esta semana se lleva a cabo en Berlín intenta unir dos puntos del tiempo, los 30 años de la Friedliche Revolution (Revolución pacífica) y la caída del Muro, con una programación de eventos enfáticamente democrática, artística y heterogénea en sus registros (“de Daniel Barenboim a la leyenda Tecno WestBam”). En la gran escala, sin embargo, el rasgo distintivo es el espectáculo híper tecnológico: proyecciones sobre edificios emblemáticos, realidad virtual en los lugares de los hechos, una App (MauAR) para ver lo que ya no está. Algo así como un retro Muro, la estetización.

1962, marzo
Lo que sin embargo está presente y no falta es lo que hizo que el (definido pero no suficientemente asimilado) mayor movimiento de liberación del mundo apareciera como azote del terror en vez de como rotura de la última cadena, lo que condujo al arquetipo del Muro en vez de al “salto del reino de la necesidad al de la libertad”. Ernst Bloch

2006
Se dice que recién a partir de esta fecha, en ocasión del mundial de fútbol, el pueblo alemán volvió a usar o admitir el uso generalizado de la bandera alemana.

2018
El año pasado tuvieron otra conmemoración: los 100 años de la Revolución de noviembre de 1918. En ese caso, como en éste, la celebración fue dispersa, extremadamente variada, pero mucho más moderada, no hubo grandes actos, lo que nosotros consideraríamos “política”. 

1945
De todo lo que vuelve fascinantes los videos que, en colores, se conservan de los días posteriores al final de la Guerra, nunca deja de llamar la atención el silencio. Pero no se trata del trauma post bélico (tampoco de los escasos autos), no es tanto que no haya nada que decir cuanto que hay mucho por hacer. En esos videos, Berlín está en ruinas pero ordenada, la gente limpia y acomoda. Incluso hay una señora que en un primer piso parece mantener su vida cotidiana en orden pese a que una de las paredes del edificio ya no está ahí y verla es como ver un plano o una casa de muñecas.

1999
Volvió a despertar con sorprendente rapidez ese otro fenómeno natural, la vida social. La capacidad del ser humano para olvidar lo que no quiere saber, para no ver lo que tiene delante pocas veces se ha puesto a prueba mejor que en Alemania de aquella época. Se decide, al principio, por simple pánico, seguir adelante, como si no hubiera pasado nada. El reportaje de Kluge sobre la destrucción comienza con la historia de una empleada de un cine, la señora Schrader, que, después de caer las bombas, se pone inmediatamente a trabajar, con una pala del refugio antiaéreo, para poder “despejar los escombros –como espera– antes de la sesión de las dos de la tarde”. W. G. Sebald

1945
Lo menos sorprendente (y no por eso menos impresionante) de esos videos es la ausencia de hombres jóvenes. No hay ninguno. Sólo niños y viejos. El mundo recreado en esos días de excepción, en esa espera que parece haber inventado todo de nuevo, el mito de la reconstrucción alemana, fue obra de mujeres, pero también de invasores.

2016
Una vez fui por trabajo a una ciudad del norte de Holanda. Me pareció un lugar horrible. Lo único bueno que me pasó durante esos días de tedio fue conocer a un berlinés de mi edad que me contó algunas cosas de los primeros días después del 9 de noviembre de 1989. Era un ex habitante de la RDA, un Ossi y su familia vive aún en el barrio de Prenzlauer Berg. Al principio su abuelo no quería dejarlo atravesar el agujero en el Muro que en su barrio, como en muchos, habían hecho para acceder al oeste prometido. La hipótesis de los primeros días era que iban a volver a taparlos y que se hacían listas negras con los nombres de los que pasaban. Pero después armaron pequeñas bandas infantiles que salían en exploración y volvían antes de la caída del sol. Lo que más me gustó de su relato es que las banditas robaban en los quioscos. Me los imaginé con el frenesí de 400 golpes. Pero en este caso no había castigo. El Muro, es evidente, había partido en dos la historia del mundo y eso se traducía en experiencias temporales incompatibles. Pese a la idea de un Este “atrasado”, los niños del este eran más rápidos, incontrolables para los policías del oeste. Aunque quizás simplemente los adultos capitalistas les tenían pena.

1986
Claro, lo que importa del Muro no es su caída sino sus rastros (de los que los fragmentos conservados y la línea de adoquines y bloques de hierro en el piso es sólo la dimensión más brutal y en cierto modo turística). La gente que vivió los 80, se dice, todavía se mueve por la ciudad como si el Muro estuviera ahí.

2017
Después entendí, allí, que nada de lo leído sobre la caída del Muro importaba: para los jóvenes berlineses de un lado y otro, la edad de oro fueron los primeros años de la unificación. Más allá de los triunfos y las derrotas, desde el punto de vista de la historia de los objetos y las personas, el ritmo del cambio político era ilimitadamente lento, y por eso cumplía del modo menos pensado la vieja utopía benjaminiana de la disponibilidad de los espacios vacíos. Para ellos es un recuerdo algo confuso, como de resaca, de una sucesión de fiestas en casas desconocidas, el cambio de domicilio como forma de vida, la vida barata y por eso casi libre, la experimentación.

2019
Siempre hay edad de oro y siempre hay decadencia. Si bien una cierta resistencia a la llamada gentrificación adquiere forma en Berlín (la reciente ley contra suba de alquileres, el no modesto triunfo de la resistencia a la instalación de oficinas de Google en la ciudad o la persistencia de ese gran espacio vacío en el antiguo aeropuerto de Tempelhof), lo cierto es que inevitablemente el elemento más extraño de la ciudad, la singularidad dada por los últimos 80 años de historia y especialmente por los largos años de la división y luego de reunificación, adquiere lentamente el decadente rostro del resto de las capitales europeas.

Berlín de Aleš Šteger

2011
La verdad de Berlín parece ser hoy la que ve el ojo extranjero. Entre los mil libros para leer en estos días está Berlín, del esloveno Aleš Šteger. Una serie de prosas breves y fotografías. La sobrevivencia del Muro lo recorre todo, como raya, o falla, como muro arqueológico: Grieta-Berlín llama a la ciudad.
Estoy tendido en un lugar vacío. Sólo una puerta, una ventana, una cama, la desnudez de las paredes, alrededor: el espacio. El techo a cuatro metros por encima de mí, un mapa lleno de grietas y colores que se deshacen. Como si los nombres de las calles que recorrí durante el día se hubieran caído y me hubiera sobrevenido un miedo infantil ante lo desconocido. El lento deslizamiento de blancas vocales en la luz penetra por la ventana. Mi lento deslizamiento al caer a través de esta grieta en el techo, a través de esta grieta llamada Berlín. Pero no me golpeo, no estallo, esta vez no, como le ocurrió a Ingeborg Bachman, con las manos temblorosas por el alcohol, las pastillas y la depresión, en un lugar cerca de aquí, allá en 1963. Un poco trémulo, pero seguro, me deslizo por la grieta de mis soliloquios; las palabras se vuelven en mí como cabezas de recién nacidos en un lugar desconocido. En el pasillo oscuro, busco a tientas el interruptor de la luz. Como si me tomara de la mano a mí mismo y atravesara los umbrales chirriantes de la casa hasta la gran puerta del estudio. Como si encendiera la luz y empezara a traducir: Dass es gestern schlimmer war, al es heute ist, Da je bilo vceraj hute kot danes, Ayer era peor que hoy. Berlín es un monstruo. Berlín es la ciudad más maravillosa del mundo. Ambas oraciones son válidas y a la vez no lo son. ¿Domesticidad? ¿Hogar? In der Mauerritze habe ich, V trnutku groze, En la grieta del Muro, einen schwarzen Käfer gesehen, sem zagledala crnega hrosca, he visto un escarabajo negro. Ich möchte sprechen mit ihm, Rada bise z njim pogovorila, Querría hablar con él, aus diesem feinen Haus ihm den Ausweg, mu pokazala pot iz te fine, mostrarle una salida, oder ihn gleich zetreten, ali ga kar na mestu pomendrala, o más bien pisotearlo. Ich lerne von ihm, ich stelle, Od njega se ucim, pretvarjam se, Aprendo de él, finjo, mich tot in diese Ritze Berlin fallen, da sem mrtva, padam v to razpoko Berlin, estar muerto, caer en esta grieta Berlín.
Traduzco las palabras, las llevo del alemán al esloveno, las parto, les doy una vuelta como el plano de Berlín me da vuelta a mí, me revuelve, me examina, me transporta. Las palabras de alguien que murió el año que yo nací. Palabras de desesperación y extravío en una ciudad que lleva el mismo nombre que la ciudad donde me encuentro ahora solo. Palabras de desesperación y extravío que bien podrían ser las mías, que bien podrían ser las de cada uno de nosotros. En plena noche me tiendo en ellas, en estas palabras, y además de los versos en esloveno que murmuro para mí, se insinúa en ellas quedamente una música. Viene del piso de arriba, ahora la reconozco, es ligera como el aire de mayo, es Garota de Ipanema, que llega en plena noche por la grieta-Berlín, por la horrenda y hermosísima Berlín.

2020
No sé qué forma terminará tomando el retro caída del Muro o si quiera si adquirirá una forma local, pero el corte de pelo Vokuhila (“vorne kurz, hinten lang”, corto adelante, largo atrás) se lleva hace tiempo con seriedad, como si nada y hay una peluquería con ese nombre.

La luchadora de sombras
de Inka Parei

1999

Cuando se cumplieron 10 años de la caída del muro, la escritora alemana Inka Parei publicó su primera novela, La luchadora de sombras, ambientada en los años posteriores a la reunificación. Lo que vuelve posible el registro de esa experiencia histórica en la novela es permanecer, quedarse sola en un mundo que se vacía:
Desde hace una semana reina el silencio en el ala lateral de la antaño señorial casa de vecinos judíos de la Lehniner Strasse, habitada ahora tan solo por mi vecina y por mí. Un ala con las típicas habitaciones berlinesas, sombrías, de planta cuadrada y achaflanada por uno de los ángulos, tres paredes exteriores que las convierten en espacios prácticamente imposibles de caldear, y el baño en el rellano de la escalera. Antes de comenzar el invierno se marcharon los pocos inquilinos que quedaban; la mayoría se mudó a los suburbios de Marzahn o Hellersdorf, a edificios de hormigón prefabricado, con calefacción central y tragabasuras. La última en salir fue una anciana desamparada que malvivía en el sótano.
Tengo la certeza de estar sola en el edificio. Desde hace unos días, nadie, aparte de mí, ha hecho rugir la cisterna; mi vecina ha desaparecido. Ya no se oye el tintineo del manojo de llaves, ni la tosecilla, ni ruido de otros pasos que no sean los míos. De cuando en cuando una ráfaga de viento arrastra la puerta del patio y la enclava en su cerradura. Lo demás es silencio, silencio de piedra.

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