Nacimiento, cópula y muerte

El brasileño Rubem Fonseca es uno de esos escritores cínicos, políticamente incorrectos y escandalosamente extraordinarios. Los cuentos de El agujero en la pared son ocho muestras notables de su talento narrativo.

PAULA PUEBLA

La escritura de Rubem Fonseca tiene el don de la plasticidad. Sin sujeciones a ningún tema, estilo o género específico, sin miedo a los saltos de fe que emprende el autor en cada texto, sin ataduras ni prejuicios y, sobre todo, sin subestimar al lector, los ocho cuentos de El agujero en la pared condensan lo mejor del espíritu fonsequiano.
El robusto universo literario del brasilero nacido en 1925, ganador del Premio Iberoamericano de Narrativa Manuel Rojas y amigo de Thomas Pynchon, es imprevisible pero, al mismo tiempo, mantiene una tensión constante entre la erudición y los códigos de la calle, entre los poderes concentrados y los buscavidas, entre el dinero y la miseria. Fonseca no reviste sus historias disímiles con la facilidad de los moralismos; por el contrario, se ríe de ellos y se ríe con ellos porque encuentra en el humor –como contenedor, a su vez, de la ironía, el sarcasmo o el absurdo– la operación política y literaria justa para sobrevivir a las violencias de la desigualdad social latinoamericana. “Nadie aprende nada en los libros. Aprende en las esquinas de las calles, y hace falta una esquina para tí”, le dice un personaje a otro en el cuento que da nombre al libro reeditado por la editorial chilena Tajamar.

El autor no le teme a las palabras porque el miedo no es parte de su mapa de preocupaciones. Fonseca domina el lenguaje coloquial, en primera o tercera persona, para ponerlo a funcionar: “…que se jodan los bosques, los bosques se incendian hace millones de años y el mundo no se ha acabado”, escribe en “El globo fantasma” o “nosotros los empleados bancarios somos muy calientes, vivimos con la verga dura, debe ser porque agarramos dinero todo el día”, escribe en “El enano”. Advirtámoslo: no es la narrativa de Rubem Fonseca la fuente indicada para aquel lector que busque un alegre paseo por las veredas anchas donde respirar los primaverales aires de la corrección política.
Tras una mirada corrosiva de la sociedad –que, con comodidad, trasciende la estrictamente brasileña– los personajes presentados en el libro habitan siempre las fronteras y discuten de manera permanente con los límites entre lo correcto y lo pecaminoso, lo posible y lo improbable. El deseo se mueve por las historias como una culebra solitaria en la Floresta de Tijuca porque desconoce de polarizaciones sociales: es el combustible de los antihéroes, los sujetos de los bajos fondos, de las prostitutas, de los desocupados pero también de los millonarios, de las damiselas de la alta sociedad carioca. En “Placebo”, un hombre rico, desesperado por el avance de la enfermedad de Parkinson, abandona la medicina tradicional para meterse en ese otro mundo al que solo acuden los desahuciados: “estás dispuesto a intentar todas las alternativas por más idiotas, por más cosa de negros, por más rocambolescas, ¿te gustó lo de rocambolescas?, por más rocambolescas o charlatanas que parezcan” y por eso acepta pagar con un feto de tres meses –“un repelente monstruo anfibio”– su tratamiento. En “Artes y oficios”, un millonario acomplejado de Rio de Janeiro no soporta la mirada de los ricos de alcurnia. “Sufro porque me llaman bruto a mis espaldas, y hacen eso porque soy nuevo rico” por lo que contrata un ghostwriter, sin mostrar su cara, para que le escriba “una novela de doscientas páginas mínimo, al estilo Machado de Assis”. Fonseca es un escritor al que le importa la política: no le escapa a las miserias de las clases acomodadas, tampoco a los sucios rebusques de las clases populares. Sus relatos hacen convivir estos mundos para develar los secretos de una sociedad selectiva y marginalizante. “Nacimiento, cópula y muerte, es todo lo que hay”. En El agujero en la pared hay sexo, asesinatos, corrupción, abortos. Rubem Fonseca acuña en su narrativa una forma de denuncia que desprecia la solemnidad y enarbola los poderes paliativos de la mirada cínica en una escritura de gran calidad y trayectoria.

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