Una isla a la deriva

Roger Deakin escribió, en sus Diarios del agua, un retrato de la Inglaterra posindustrial desde sus ríos, lagos y costas, dejando constancia de una concepción libertaria del acto de nadar

FERNANDO KRAPP
Roger Deakin

Roger Deakin fue un documentalista inglés, ambientalista y escritor de exteriores que en 1996, después de una larga separación amorosa, decidió recorrer todos los lagos, ríos y riachos, estanques y costas de Inglaterra. Diarios del agua fue publicado hace veinte años y se convirtió en un pequeño suceso editorial de largo aliento, y gracias a una impecable traducción y edición de Impedimenta está ahora disponible en español.
Tuvo, Deakin, una segunda motivación. La lectura del cuento El nadador de John Cheever, en donde un hombre recorre todas las piletas de un suburbio para llegar a su casa. Cuento y crónica difieren: a Deakin lo llamaba la aventura y el cambio personal, mientras que el texto de Cheever es una pequeña fábula sobre la soledad en los grandes suburbios americanos. Los dos ayudan, sin embargo, a pensar el acto de nadar vinculado con la escritura. El nadador como un solitario cuya búsqueda consiste en suspender un estado anímico.
Me pasó algo similar. A los 21 años, después de una relación complicada, un ataque de estrés y un principio de neumonía, decidí que lo mejor era dejar de fumar. Había empezado a los catorce y en cierto modo era un lazo que me unía a mi primera novia. No fueron muchos años como fumador pero me parecía que abandonar el tabaco era una forma de ponerle fin a ese vínculo. Empecé entonces a nadar con bastante frecuencia, entre tres y cuatro veces por semana, en una pileta de Adrogué.

De chico había nadado, así que para mí fue retomar un ejercicio que hacía a mis trece años con mi entrenadora, Virginia. Cuando te enseñaba a hacer espalda, te sujetaba por la cintura, te hacía bajar el plexo y elevar ligeramente el cuello, y con un par de movimientos, alcanzabas la técnica. Una vez que tenías la técnica, decía Virginia, el agua se convertía en un canal y no en un impedimento. Veía a mi alrededor a muchos nadadores principiantes, aferrados al borde de la pileta, con miedo a meter la cabeza bajo el agua, con problemas para avanzar o sacar una brazada elegante.
En cambio no hay nada más natural para un inglés que nadar. Viven en un país insular, rodeados de costa y la relación que establecieron con el mundo ha sido por intermedio del mar. Son los grandes cultores de la literatura marítima. Pero en Diarios del agua no hay nostalgia por el mar, como la que padecen muchos personajes de Conrad, que una vez puestos a escribir añoran aquella juventud perdida asociada a una forma flotante de libertad. Para Deakin meter la cabeza debajo del agua es recuperar la libertad; frente a las conductas cívicas, al mercado y el Estado. Nadar como un acto solitario, liberal e individual, una forma acuática del liberalismo inglés.

De todos modos, al momento de su publicación, el libro fue leído como una postura anti neoliberal. Deakin vivía en una choza en el campo inglés, y manejaba su propia granja. Su libro se convirtió en un alegato a favor de la vida salvaje y nació una corriente llamada “wild swimming”, que reclamaba por la libertad de las costas, la abolición de la propiedad privada en cuencas acuíferas y el libre acceso al agua, como los caminantes lo tienen en sus caminos. Deakin creía que así hay topografías para caminos y rutas, la natación en costas y lagunas crea su propio su mapa, aunque ese mapa esté relacionado con el mundo onírico.
“Nadar es mucho más interesante cuando se convierte en una actividad subversiva” dice Deakin, y eso me hace pensar en mi relación con el agua. Hay un paralelismo entre el agua y la infancia. De chico (hablo de mis cuatro años), corría por al lado de la pileta hasta tirarme en la parte más profunda, perseguido por el guardavida. Cada vez que me metía en el mar, mi vieja se paraba en la orilla y me hacía un gesto para que volviera y que no me metiera tan adentro. Se sabe: el bebé se forma en un vientre con agua. Pero mi relación con el agua no era de disfrute sino de pelea y de dominación.
Con los años los viejos vuelven al agua. Hace poco Entropía publicó el diario de Al Alvarez, otro inglés nadador, En el estanque. Alvarez, un poeta y narrador, montañista y jugador de póquer, empezó a nadar de grande porque su cuerpo estaba plagado de lesiones. El agua era el estado natural al que volvió antes de morir. Su diario está cargado de impresiones sobre el paso del tiempo, lo que ve desde la agua helada; hasta que en un punto comienza a percibir su cuerpo marchito, disolviéndose.
“Vengo de comulgar y estoy en éxtasis”, dice Héctor Viel Temperley, en una frase archicitada por aspirantes a dramaturgos. Temperley es, muy probablemente, el único nadador de nuestras letras. En su poema, “Crawl”, el yo lírico recorre imágenes y frases mientras nada hasta una escollera y literalmente se disuelve en el papel, en el enunciado. Es uno de los textos que mejor refleja el estado de éxtasis y de caos que provoca nadar en aguas abiertas. Al meterse en un río o al cruzar la rompiente de olas, la cabeza se convierte en una mezcladora de imágenes, de palabras, de voces y sonidos que generan, en ese breve segundo en donde el nadador saca la cabeza para respirar, un extraño montaje.

Después de entrenar un par de años en pileta, me propusieron nadar maratones en aguas abiertas. Hice varias, 2.500 en Baradero (bastante simple), una de 5 km y una de 10 km en Colón de Entre Ríos, y una de 4km en Villa Gesell, en el mar. La experiencia en todos los casos fue extraña y absurda. Lo que mas me interesaba era la relación que se establece con el paisaje; observar la costa alejándome por el agua, la persistencia retiniana del marrón, las imágenes saturadas de brillo por las antiparras. No hay narrativa ni tampoco épica, como en un deporte con conflicto y pelota. Cuanto te tirás al agua y te sumás al cardumen humano que te arrastra creando su propia corriente, no hay nada.
Pero en cambio Deakin logra un relato, una narrativa. Lo hace en la periferia, en los encuentros entre nadadores, en el mundo sumergido; las algas, la contaminación de las aguas, las piedras, las cosas que va encontrando mientras nada en el hielo o en las costas devastadas de Suffolk. Para Deakin nadar no supone superar el duelo por su separación, sino un viaje mediante la suspensión de su neurosis. Y mientras lo consigue deja un retrato de la Inglaterra posindustrial, flotante, alejada de las ciudades, siempre al borde de los acantilados: una isla a la deriva.

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