Una cuestión de estilo

Trazar una historia del periodismo de moda implica recorrer las mutaciones de su discurso para entender que la moda es un fenómeno significativo. A partir del libro de Kate Nelson Best (El estilo entre líneas) recordamos La Moda, revista editada por Alberdi, y además recuperamos una pieza del poeta Mallarmé traducida por César Aira en 1969 para la efímera revista El Cielo.

DIEGO ERLAN

En su prólogo a una antología de textos sobre el dandismo, Alan Pauls cita una célebre frase de Lucio V. Mansilla, autor dandi por antonomasia, en la que se definía de esta manera: “Soy el hombre de mi facha y de mi fecha”. En esa conjunción, entiende Pauls, conviven cuerpo y tiempo y es allí donde se despliega la práctica del dandi. El cuerpo como superficie obvia, como pantalla, podríamos decir el cuerpo como escenario donde se inscriben los signos distintivos del arte dandi. El tiempo, por su parte, aparece en sus dos sentidos, por un lado el presente, único horizonte concebible, y por otro el tiempo como oportunidad, en la medida en que los golpes del dandi solo tienen sentido si son efectivos y solo son efectivos si golpean cuando deben golpear, en las coordenadas de espacio-tiempo que les aseguren justeza, nitidez, penetración. No hay práctica dandi que no tome el propio cuerpo por objeto, que no sea un tratamiento, una estilización, una transformación de sí. Pero esa autoestetización encuentra su razón de ser cuando interviene en un escenario y una coyuntura que siempre son sociales e involucran reglas, protocolos y relaciones de fuerza. Pienso en esta definición y, de manera inevitable, pienso en el periodismo de moda. En la sustancia que lo conforma, en los elementos que lo constituyen: el cuerpo como escenario y el tiempo, que de algún modo marca la pauta de sus páginas: los modelos de temporadas, las tendencias que vienen, la novedad permanente.

Varias veces Roland Barthes observa hasta qué punto la difusión masiva de las revistas de Moda modificó el fenómeno de la moda y desplazó su sentido sociológico: al pasar a la comunicación escrita, la Moda se convierte en un objeto cultural autónomo, dotado de una estructura original y, probablemente, de una finalidad nueva, es decir que cuando a la moda se le añaden otras funciones, análogas a las de toda la literatura, la moda se convierte en relato. La retórica, dice Barthes, abre la Moda al mundo; a través de ella el mundo está presente en la Moda, no sólo como poder humano productor de un sentido abstracto sino como conjunto de “razones”, es decir como ideología.

Estas ideas de Barthes son el punto de partida para que la autora británica Kate Nelson Best desarrolle esa meticulosa historia del periodismo de moda que es El estilo entre líneas y de esta manera entender por qué el periodismo especializado es parte integral del sistema y hasta quizás, como plantea Barthes, ha dado forma y posiblemente creado el concepto de moda y su valor simbólico. El novedoso libro de Nelson Best, que tuve la oportunidad de editar para Ampersand, permite entender este complejo entramado de actores, estas relaciones de fuerza y de intereses, esta puja de egos que no deja de ser también, y fundamentalmente, una industria enorme de gran poder económico. Revistas especializadas, suplementos semanales, columnas, blogs, cuentas de Instagram, podcast, programas de televisión o segmentos en los noticieros articulan días tras día, a veces incluso minuto a minuto, todo ese discurso alrededor de la moda. La pertinencia de este trabajo de Nelson Best se encuentra, justamente, en la situación del periodismo en general, y del periodismo de moda en particular: somos testigos de un punto de inflexión, de un cambio de paradigma. Sus dinámicas están puestas en crisis dado el vértigo contemporáneo, los social media y la irrupción de nuevos actores en la escena mediática. Nelson Best atraviesa todas las épocas: desde los discursos editoriales conservadores de siglos anteriores hasta el empoderamiento de la mujer actual. Lejos del prejuicio que implica hablar sobre moda, como si fuera una práctica banal, Nelson Best, de la mano de Barthes, plantea justamente todo lo contrario.

En 1966, Barthes decía en una entrevista que lo que está en juego en el vestido es una determinada significación del cuerpo, de la persona. Y citaba a Hegel, quien entendió que el vestido hacía significante al cuerpo y, por lo tanto, permitía el paso de lo simplemente sensible a la significación. Del mismo modo, los psicoanalistas se han preocupado por el sentido del vestuario, que concierne a toda la persona, a todo el cuerpo humano, a todas las relaciones del ser humano con su cuerpo así como a las relaciones del cuerpo con la sociedad. Esta es una de las explicaciones de que grandes escritores también se hayan preocupado tanto por la cuestión de la vestimenta en sus libros: allí están Proust, Balzac, Baudelaire, Poe. Al recorrer la historia del periodismo de moda encontramos un dato, no sé si extraordinario pero sí muy significativo: una lista de nombres en la que figuran Manet, Cocteau, Klimt, Man Ray, Salvador Dalí, Damien Hirst por mencionar algunos. Todos, en algún momento, tuvieron relación o colaboraron con revistas de moda. Y no sólo artistas plásticos: como decía antes, tanto Balzac como Flaubert escribieron para revistas de moda; Mallarmé y Oscar Wilde dirigieron revistas dedicadas a la moda; Edgar Allan Poe fue redactor invitado de la revista estadounidense Graham’s Magazine. No podemos dejar mencionar en esta breve historia a tres autoras fundamentales como Dorothy Parker, Joan Didion o Sara Gallardo. De hecho, como dice Nelson Best, los periodistas de moda históricamente vinieron del mundo literario. Incluso en la Argentina tuvimos el caso de La Moda, una revista dedicada a la música, al arte pero también a la cuestión de la elegancia y los usos de las prendas. Dirigida por Juan Bautista Alberdi, sólo duró 23 números que salieron durante cinco meses. Me da gracia que las razones para cerrar la publicación hayan sido, como escribió Alberdi en el último número, los problemas con la imprenta, una considerable deserción de los suscriptores y la poca oportunidad que se les daba a las publicaciones literarias. No muy diferente a lo que sucede ahora.

Bastante más efímera fue La Dernière Mode, dirigida por Mallarmé, que duró sólo 8 números. El poeta era su director pero también su único colaborador: firmaba con numerosos pseudónimos como Zizi, Miss Satin, Olympe, Marguerite de Ponty. Además de dedicarse a la moda, la revista hablaba de gastronomía, deportes, espectáculos, viajes. Al parecer, esa actividad periodística era para él una manera de jugar con el lenguaje, de experimentar con el estilo. El novelista y crítico de arte francés Rémy de Gourmont entendía que esas notas eran una prueba fehaciente de que “con el estilo se puede dejar el sello del talento en la descripción de un vestido o de una receta de cocina”. La revista, entonces, como laboratorio. Un dato para atesorar en el archivo es el siguiente. En el tercer y último número de la revista El Cielo, publicada en noviembre de 1969, Arturo Carrera y César Aira deciden incluir uno de los textos que Mallarmé publicó en aquella revista con traducción de Aira. Ese texto se titula “Joyas” y para Carrera concentra todo el anhelo del poeta: se emparenta con su manera de encarar su obra máxima y disemina sus variaciones prismáticas de la idea. Es un texto voluptuoso firmado por Marguerite de Ponty y fechado en agosto de 1874. Empieza así:

“Es tarde para hablar de las modas de verano, y demasiado temprano para hablar de las de invierno (o aún de las de otoño): aunque nos hemos enterado que muchas grandes casas de París se ocupan ya de su surtido de media estación. Por lo tanto, no teniendo a mano los elementos necesarios para comenzar una toilette, queremos hablar a nuestras lectoras de objetos útiles para perfeccionarlas: las Joyas. ¿Paradoja? No: ¿no hay acaso en las Joyas algo de permanente, y de lo cual corresponde hablar en un correo de Modas obligado a esperar las novedades de julio a septiembre?”

Y luego del recuento de piedras y formas de uso, Mallarmé remata:

“Todo esto mostrado por un instante a vuestras miradas, señoras, entra, a diversos títulos, en la canastilla: y una cachemira de las Indias de un precio cualquiera, esa vestimenta necesaria que no se usa sino raramente (porque la moda lo proscribe). Que resbale, este chal, de las espaldas, con sus pliegues orientales, y envuelva otras maravillas: todo nuestro delicioso alhajero, piedra por piedra o perla por perla, historiado. En cuanto a los encajes, los queremos de un gran precio, porque este trabajo, salido de las manos de las mismas hadas no debe conocer la mediocridad. Volados, bordados, túnica, abanico, sombrilla o pañuelo.
La Moda, esta vez, ¿no vendrá del Salón de Pintura? Se ha visto, desde luego con asombro, después no sin cierta satisfacción, un retrato y aún muchos, donde jóvenes y modernos rostros dominan uno de esos largos talles de los últimos siglos. Habrá que aclarar este punto curioso, al comienzo de septiembre, ¡si es que esta resurrección dura hasta la próxima temporada! Sobre todo porque ahora, con los ojos deslumbrados por irisaciones, opalisaciones y centelleos, no podemos mirar sin esfuerzo algo tan vago como el porvenir.”
El cuerpo y el tiempo, otra vez, como al principio, se encuentran y se transforman en esta historia.

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