Paisaje con autor

En su reciente libro Disminuya velocidad (Deacá), el poeta correntino Franco Rivero consigue traducir los signos de la naturaleza en un lenguaje que parte de lo cotidiano para acceder a lo místico.

VICTORIA D’ARC

Uno de los grandes poetas correntinos, Juan Genaro González Vedoya, suele decir que encuentra inspiración en el río, los árboles y los hombres, pero que las figuras del río y de los árboles, grandes astros del firmamento terrestre, no son simples elementos de un paisaje. Para González Vedoya, “están llenos de vida”. “Ellos hablan un idioma particular, distinto al nuestro, no tienen palabras y por eso lo que yo intento hacer es comprenderlo y volcarlo a la poesía”, dice. El poeta como médium, como guardián de las puertas de la percepción, como traductor de los signos del universo. Esa idea también se encuentra en un tema clásico del compositor Mateo Villalba que se llama “Lluvia correntina” donde, en un momento, se describe el sonido de la lluvia caer sobre la parra, como si fuera un arpegio, mientras la familia se reúne alrededor de una guitarra, de un mate, y de la abuela como emblema de la memoria. La lluvia como arpegio es la figura que expande esa construcción, la que permite rastrear allí no una sustancia lacrimógena sino el sentido profundo de lo vital. No hay duda: la imagen que cifra Villalba es el retrato de la infancia. De un momento de la historia personal que se convierte en memoria y también en melodía. Y por eso, a pesar del componente nostálgico no es tanto una pérdida sino un recuerdo que está vivo. Toda esa educación sensible contenida en la composición de Villalba es lo que Franco Rivero (Ituzaingó, Corrientes, 1981) absorbió desde la niñez y descubrió que allí estaba su educación estética cimentada por el chamamé, la música del Paraguay y la polka. Sin libros en su casa salvo La Biblia y el efecto mántrico del “Cantar de los Cantares”, encontró que la inpiración melódica para escribir provenía de esos temas que de manera inconsciente habían edificado en su interior toda una sensibilidad poética. La poesía de Rivero se nutrió de esa música: en esas melodías litoraleñas, en esa lírica chamamecera, el poeta se expande y comulga con el universo. Justamente, los poemas que recorren su libro Disminuya velocidad parecieran fundir al ser con el universo y articular ciertas preocupaciones místicas que atraviesan la existencia. Comprender, entiende Rivero, tiene que ver con estar en el paisaje. Absorber el paisaje, ser atravesado por él.

“Es la oscuridad la que hace
que el sonido
sea inmenso

Y es su voz
otra oscuridad
pero canta”

La nostalgia, el amor o el vacío se expresan en el paisaje y, desde luego, también en las cosas. En este punto, la poesía de Rivero encuentra en el paisaje de Corrientes, lo que Juanele Ortíz encontraba en el de Entre Ríos. El río que fluye, el árbol que se mueve por el viento y roza sus hojas en la conciencia del mundo. Es notable, por ejemplo, el carácter místico que Rivero consigue formular en esa suerte de diálogo del poema “Takuru”.

“el hormiguero parece
un accidente del campo
pero es
el campo

a diferencia del árbol
nosotros
no hicimos raíces
somos
la tierra

cómo podrían separar
la tierra
de la tierra
takuru

takuru
es hormiga
y hormiguero
yo dije que es tierra
y tierra

vi árboles
de muchas veces mi tamaño
caerse
como si fuesen de pasto

vi rayos partir
árboles
en dos

y fue cada vez
la muerte sólo una escena
del campo

a mí en cambio
en la tormenta
cuando la lluvia
me da con todo
en la corteza
muestro más
de mí

me abro de mí
en mí

y nadie distingue
ni así
muerte y vida

sigo siendo
la tierra

La potencia poética de Rivero radica justamente en su sensibilidad de percibir el paisaje –lo natural– y condensarlo en imagen, sentido y melodía, como hace en el poema “Garúa en Castelli”, que remite claramente a la imagen de la lluvia como arpegio de Villalba:

no es este silencio

es mi deseo de oír
el movimiento
de las gotas

el sonido
que hacen
en el techo

y mi calma

que está
como ese espacio

va del techo
al suelo

entre la caída
y el golpe

la aceleración
no hace ruido

oigo explotar
no grito”

La percepción profunda de la relación entre el ser humano y la naturaleza. Y hasta quizás late allí todo un componente de filosofía oriental, que desde luego aparece también en los evangelios apócrifos, de que dios está en las cosas. ¿Pero qué es dios en definitiva? ¿Y qué son las cosas? ¿Y qué somos nosotros frente a la belleza? Nada. O quizás tierra, tal vez aire, o al menos un destello de memoria.

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