Una manera particular de observar el mundo

Leila Sucari cuenta cómo escribió Fugaz, una novela fragmentaria, plagada de claroscuros, sobre la experiencia disruptiva de la maternidad.

LEILA SUCARI

Para escribir Fugaz necesité de la impunidad de la soledad. A diferencia de la experiencia con mi primera novela, Adentro tampoco hay luz –que trabajé en el taller de Fernanda García Lao–, esta vez no compartí el proceso con nadie.
Fueron dos años de escritura silenciosa, de trabajo hacia adentro. Un proceso de introspección, de rasgar y pulir; de avanzar sin saber muy bien hacia a dónde iba. En mi caso, gran parte de la escritura pasa por fuera del Word. Se trata de mirar, de buscar una voz, una manera particular de observar el mundo y de decir. Una vez que encuentro eso, después trato de dejarme llevar. Confiar y escuchar lo que se revela a partir del lenguaje. No tiene tanto que ver con un proyecto intelectual sino con estar atenta, darle lugar a la intuición.

Disfruto de sorprenderme cuando escribo, que un párrafo me de el puntapié para el siguiente. Es un trabajo artesanal, casi como el de un escultor o un ceramista que parte de un bodoque de arcilla sin forma y va moldeando, cortando, hasta que nace algo. Todo lo que veo y lo que sucede es material posible para ser deformado y usado, cuando escribo leo mi alrededor en clave del universo de ficción en el que estoy metida.
Fugaz es una mezcla de sueños, vivencias y la pulsión de la imaginación; ese espacio oscuro y misterioso que me da tanto placer habitar. En cuanto a lo concreto, escribo porque le robo tiempo a todo lo demás: tiempo al ocio, al trabajo, al sueño y al orden de mi casa. Hay que aprender a dejar a un lado la vida, entregarse a la escritura como si se pudiera detener el tiempo.

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