La tercera forma

El escritor Francisco Bitar, autor de Teoría y práctica, desarrolla aquí, en exclusiva, las ideas que planteó hace unos días en un curso en CIA y que articulan, a la manera de Gyorgy Lukács, los fundamentos para la construcción de un género híbrido.

FRANCISCO BITAR
“Prima che si apra il paracadute”, Tullio Crali, 1939.

Las intenciones secundarias
Cuando a raíz de una beca que salió a mitad de este año pensé en la posibilidad de dar taller en Buenos Aires, el nombre del Centro de Investigaciones Antifascistas saltó de inmediato al paso. De hecho, tal era mi deseo de convertirme en un partizane más que creo que CIA estaba desde el principio en mis pensamientos.
Es posible que, como ocurre a menudo con la escritura, y en especial con la escritura de la Tercera Forma, las segundas intenciones (o las intenciones secundarias) pasaran de pronto a primer plano. Lo que hace pensar que quizá fue el deseo de pasar por CIA lo que me llevó a aplicar a aquella beca en primer lugar.

Sobre las Investigaciones y la Tercera Forma
Porque CIA es el lugar del que se puede decir, con todo rigor, que está fuera del poder, donde el coordinador, el tallerista, no tiene otra actividad que la de leer, pensar y hablar de sus intuiciones actuales, las que todavía no han cuajado en un corpus definitivo.
Es más, me atrevería a decir que uno de los dones de CIA, tal como lo imaginaba a través de los relatos de mis amigos artistas y talleristas que pasaron por acá, es el de capturar el pensamiento en el tránsito, mientras se piensa, lo que, al verse compartido con otros artistas, favorece su movimiento. Si, como dicen, un amigo es quien ayuda a pensar, CIA es el lugar de las amistades espontáneas.
Y esto es así porque CIA está fuera de la presión de otras instituciones, hasta donde los saberes están obligados a llegar ya cristalizados y los hábitos de la reunión del todo ritualizados. ¿A qué otra parte podría yo ir a hablar de este texto futuro? ¿A la universidad?

Sobre lo Antifascista
Como ustedes saben, Roland Barthes, un nombre que aparecerá a menudo en estas clases, decía que el lenguaje es fascista porque no se caracteriza por lo que permite decir sino por lo que obliga a decir.
Lo obligatorio del discurso se manifiesta en la afirmación (en un modo de afirmar que está a mitad de camino entre lo indicativo y lo imperativo) y en la repetición de ese dictum, y se padece a la manera de una falta.
Me parece ver este rasgo obligatorio, culpabilizante del discurso (que hoy tiene su expresión más monstruosa y banal en la alegría de los CEO’s), me parece verlo en los discursos argumentativos, de estructura subordinante, que en general dominan el panorama del ensayo argentino, tanto en críticos como en escritores.
Quiero decir: más allá de sus distancias profesionales, tanto los críticos como los escritores fuertes de la tradición están animados por un espíritu a la vez ilustrado y polemista, del todo paradigmático. Si no, que alguien me muestre un ensayo de escritor (uno de Saer, por poner un caso obvio, pero también uno de Aira), que corra por la horizontal, es decir, por la coordenada del sintagma.
Es que para hacerlo, para pensar y narrar, o para mimar el pensamiento con los recursos de la narración, habría que, entre otras cosas, dejar ingresar el plano biográfico en sus planteos. Y para estos escritores, enfermos de formalismo, lo biográfico está proscrito.
Acá estamos ya en el ámbito de la Tercera Forma.

Sobre lo Antifascista y la Tercera Forma
Por eso es que habitar la literatura argentina, aspirar a inscribirse en ella, resulta a veces tan aplastante, tan deprimente.
Al contrario de todo esto, y si bien tiene en el ámbito del ensayo su teatro de operaciones, la Tercera Forma, tal como la imagino, se corre de las estrategias de la argumentación o, al menos, no las privilegia.
Decir esto equivale también a decir que la Tercera Forma no pide para sí un objeto de reflexión respecto del cual todos los demás procedimientos textuales se verían subordinados.
Y así como no hay regencia en cuanto al tema, tampoco habrá en sus propósitos un principio de dominación respecto de otras posiciones.
Y aquí hay una filosofía de la Tercera Forma que, como toda filosofía, tendrá, como veremos en breve, una estrategia textual que le es propia: al contrario de los ensayistas macho de la tradición, la Tercera Forma se exhibe, se confiesa, muestra la falla.    

Al contrario de los ensayistas macho de la tradición, la Tercera Forma se exhibe, se confiesa, muestra la falla.

La histeria de la Tercera Forma
La Tercera Forma sería entonces la manera de tramitar esta histeria: mi voluntad de pertenecer a la literatura argentina, de escribir mi página en ella, pero, al mismo tiempo, mi imposibilidad de pagar el precio por hacerlo, lo que a veces me hunde en los más ridículos y paralizantes rencores.
Es que no tengo las condiciones que hacen falta. Porque prefiero declinar la polémica (por miedo al ridículo pero sobre todo por miedo a que no me quieran).
Porque mi deseo se mueve rápido y yo obedezco, lo que significa que no puedo dedicarme a una misma matriz de estudio o de producción durante mucho tiempo.
Y sobre todo porque tengo una enorme tendencia a olvidar. Olvidar es mi superpoder, lo que no favorece la feroz tendencia acumulativa de saber que exhiben nuestros escritores. Creo que al saber hay que quemarlo (es decir: proferirlo y olvidarlo) en ceremonias públicas como esta.
Son todas condiciones que me llevan a darme una forma y así, como dicen los evangelistas, parar de sufrir. 

Justo antes del comienzo

Una forma nueva
Mi deseo, en todo caso, estaba allí desde el comienzo o desde apenas antes del comienzo: el de proponer un taller distinto a los que venía impartiendo durante años (los más o menos convencionales de cuento y novela), uno que parpadeara hacia una forma nueva.
Digo una forma nueva para distinguirlo del pomposo, o más pomposo aún, nueva forma. Decir nueva forma me parece intencionado, y ya sabemos las consecuencias que trae consigo la búsqueda deliberada de lo nuevo en literatura: apenas la cosa gestual, lo impersonal y afectado.
Cuando hablo de una nueva forma no me refiero en absoluto a esa impostura. En primer lugar, no digo que esa forma, aunque no del todo estudiada, no existiera antes; de hecho, trabajaremos algunos libros o pasajes donde la Tercera Forma parece manifestarse.
Pero me refiero sobre todo a que es una forma nueva para mí, porque veo de lejos una zona franca hacia donde se dirige mi escritura aunque yo no sepa todavía del todo de qué se trata. Y creo que es una condición fundamental esa indeterminación para dar taller: la que posibilita enseñar algo a otro al mismo tiempo que me lo voy enseñando a mí. Creo que para dar taller debe existir la sensación de que uno enseña una intuición o un entusiasmo.

Contra los novelones
Entonces: todo empezó, como siempre, sin saber que se trataba del comienzo.
O todo empezó, como siempre, con algo anterior que llegaba a su fin.
Desde hacía un tiempo, yo sentía que tanto mi escritura como mi lectura se movían por fuera de la ficción en términos estrictos.
Si el paradigma de la ficción son los novelones, debo decir que salvo en mi adolescencia, cuando me obligué a darme una escolarización con el único fin de ponerme yo mismo a escribir, salvo entonces, nunca fui bueno para las novelas largas (quizá tampoco lo fuera entonces, pero por algún lado había que empezar).
Menos que nunca fui bueno para esos novelones en el último tiempo, cuando una novela larga no podía sino remitirme a la tortura de uno de dos formatos y a lo que ello implicaba: o el best séller o el gran libro porgramático, la extorsión mercantilista o la extorsión vanguardista.

Contra el cuento
Tampoco el cuento deparaba un consuelo. Tal como yo lo veía y lo practicaba, el cuento no podía más que responder a la pregunta del cómo por encima de la cuestión que todavía me interesaba de la novela: a quién.
Y ese cómo del cuento funciona mediante una fuerza de sugestión sin concesiones subjetivas, mediante la cual nos es dado intuir hasta qué punto la vida de un personaje se juega en el acontecimiento que se narra.
No es su tarea, la del cuento, informarnos qué pasó con dicho personaje, sino apenas sugerir que, por esto que se contó, su vida tiembla, tambalea.
En este sentido, el cuento es el modelo ejemplar, luego del poema, del afuera, el arte del no saber, lo que para mí empezaba a volverse insuficiente.

Contra la literatura como exterioridad
Ni la presión mercantil, ni la vanguardista, ni la sugestiva.
Pero hay algo más que me fastiaba y que pertenecía también al orden de lo no dicho: la presentación del texto como mera exterioridad, como el resultado de una serie de decisiones tomadas entre bambalinas. Como si éstas, las decisiones que se toman en la composición de un texto, sus giros, las idas y venidas discursivas, no fueran también el resultado de un momento de escritura, de un pasaje determinado en una trayectoria de escritura, de, al fin, un estado de ánimo. 
“He resuelto escribir de esta manera”, parece decirnos, siempre sin hacerlo, el escritor con su libro exterior. “Ahora es el turno de ustedes de desentrañar todo el arsenal que opera allí”. Como dice Joyce sobre su Ulises: “Escondí acertijos en mi novela para mantener ocupados a los críticos durante los próximos quinientos años”. Y si bien Joyce me simpatiza, y me simpatiza también la ironía sobre la actividad, para él claramente pueril, de la crítica, eso que dijo me parece de una vanidad un poco boba.
Creo que hay allí, en la posibilidad de poner el mecanismo por el lado de afuera, un posibilidad de escritura, es decir, de inteligencia y elegancia, que viene del ensayo y que los mejores supieron coordinar con el relato. Un caso ejemplar: César Aira.

En fin, es este, el agotamiento de todo lo anterior, lo que nos pone en el punto de partida, y que tiene del otro lado el deseo de escribir algo distinto. La pista principal me la proporcionaba lo que ya estaba pasando en la lectura. Porque últimamente, los únicos libros que puedo leer son libros en general breves, personales, con alguna noticia del mundo. Mejor si traen fotos o dibujtos. Libros que no son otra cosa que el cuento de una idea.

Empezando: Tercera Forma y lectura

La biblioteca
Tengo muchos libros, no por el gusto de leerlos, o no solamente por eso, sino porque es la condición que debo enfrentar en el camino hacia el Libro, es decir, hacia el libro verdadero, el que me hará feliz. Entretanto, se acumulan, confiriéndole a mi biblioteca la función de un campo de pruebas cuando no de un enorme descarte.
Ahora: ¿cómo es ese libro que busco? Si lo supiera, ya lo hubiera leído, o todavía más: ya lo hubiera escrito. Sé, en todo caso, que no está hecho de la misma manera que los libros que ya leí, aunque muchos de esos libros podrían alimentarlo o podrían ayudar a imaginarlo.
Ese libro corresponde a la Tercera Forma.

El subrayado
¿Cómo es que los libros que leí “podrían alimentar” el Libro futuro?
Una manera de saberlo o de rastrear la respuesta, es volver sobre los subrayados.
Al hacerlo, al volver sobre la historia de nuestros intereses como lectores (que es el documento de los giros en nuestra historia personal), debemos separar la paja del trigo, desde que, cuando hablamos de la Tercera Forma, no hablamos de cualquier subrayado sino de uno en particular, con un dibujo propio.
Porque a la Tercera Forma no le corresponde la línea que viaja por abajo de las palabras sino la marca que se abre con llaves o corchetes o largas flechas en los márgenes.
Es decir, le corresponde no la frase sino el párrafo, no la mera ocurrencia verbal sino la ocurrencia o la imaginación estructural.

El lápiz
Es el que viaja de libro en libro, aunque no siempre es el mismo lápiz; se podría decir que el lápiz que uso para subrayar también viaja de lápiz en lápiz.
Ese lápiz no sólo subraya sino que también anota: prolonga o discute ideas que propone este libro en particular, y lo hace en los márgenes inferiores o superiores de la página.
Incluso podría decirse que no sólo subraya y anota sino que también escribe. Muchos de mis libros empezaron o continuaron en las páginas de cortesía, lo que significa que en buena medida nuestra propios libros no hacen más que abrir fisuras en los libros que leímos. Con esta herramienta: un lápiz.

Terminar un libro
Así, al terminar el libro, me encuentro con los hilos minúsculos de mi propia letra cubriendo las páginas de cortesía en porciones variables según lo productivo que el libro hubiera resultado.
Por las páginas de cortesía consumidas hasta el último rincón, comprendo, o comprendería un investigador improbable que se dedicara a cotejar aquellos lugares fronterizos, diaspóricos entre el fin de la lectura y el comienzo de la escritura, ese investigador, digo, comprendería que la historia de mi lectura podría tabicarse. Y ese tabicado correspondería a los períodos de atracción por diversos escritores: un período John Ashbery, por ejemplo, un período Gambarotta, uno Saer, mucho más lejano, siempre un período Barthes.
De ahí la importancia de fechar un libro no en las portadillas, cuando lo compramos, sino al final, cuando terminamos de leerlo.

Cerrar el libro
Al cerrar el libro, nunca, o solamente en contadas ocasiones, leo la contratapa, que tampoco leí al principio, antes de empezar a leer.
Si el libro me gustó, si despertó, con su último párrafo el intervalo de respeto o de ecuanimidad que logran los buenos libros, respiro hondo con el libro cerrado y, una vez repuesto a medias de la conmoción, me dirijo a la solapa, si es que hay una.
Ahí repaso la biografía del autor o la autora, calculo el momento en que se escribió este título en particular y juego a adivinar, por la edad de ese momento, en qué andaría entonces. ¿Sería la edad en la que se tienen hijos o en la que uno se divorcia? ¿Sería la edad en la que se mueren los padres o en la que los hijos se van a vivir solos?
Después me pongo a mirar la foto, de pronto embellecida por el libro que acabo de leer.
Esa lectura que intenta descifrar los ojos del autor es la lectura de la Tercera Forma.  

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