Retrato del artista en formación

Fiordo publica Solo la noche, primera novela de John Williams, el autor de la extraordinaria Stoner

ANDRÉS HAX

Voy a escribir esta reseña pensando especialmente en dos públicos. Por un lado, escritoras y escritores jóvenes que transitan los primeros pasos en la escritura de ficción: aquellos que todavía no fueron publicados o están a punto de mostrar por primera vez lo que hicieron. El segundo supuesto público incluye a los que aún no han leído Stoner, la obra magistral del estadounidense John Williams (1922-1994), que terminó siendo –a partir del 2006- un best-seller internacional; pero, además, una novela desesperadamente amada por sus lectores, como son amados, por ejemplo, El guardián entre el centeno de Salinger y La conjura de los necios de John Kennedy Toole. Y la razón por la que imagino a estos lectores es la necesidad de hablar sobre Solo la noche, la primera novela de Williams, publicada originalmente en 1948, y que recién ahora es editada en Argentina por Fiordo con traducción de Salvador Cristófaro.

Solo la noche es un libro con luz propia pero al mismo tiempo desparejo; hasta “malo”, según algunos críticos. No es, de todos modos, un libro que pueda ignorarse: es el libro de un gran autor que escribió, para un sector de la crítica y el público, la “novela perfecta”. Una reciente biografía sobre Williams, publicada en 2018 por Charles J. Shields se titula, justamente, The Man who wrote The Perfect Novel. John Williams, Stoner and the Writing Life.

Pero que Solo la noche sea un “libro malo” no es simplemente la opinión caprichosa de críticos equivocados; Williams mismo dejó de reconocerla, la desheredó de sus afectos. Pero lejos de ser una razón para ignorarla, esto es de hecho un motivo para estudiarla como artefacto literario. Para un escritor en formación, leer bien Solo la noche es provechoso porque es un libro superable. Sin verse a sí mismo como un trastornado, un escritor novel podría decirse: yo puedo escribir algo mejor que esto. Algo que difícilmente podría declarar un novato (ni un veterano) tras leer Stoner. Y es que quien pretende escribir ficción tiene la necesidad de conocer malos libros de escritores y escritoras excelentes. Es reconfortante: esos artefactos despreciados pueden hasta convertirse en talismanes para animarse a escribir, y sobre todo para terminar de escribir las obras propias. Al margen, a quien no ha leído aun Stoner se le puede garantizar el placer durante la lectura de Solo la noche: hasta es probable que la novelita gravite existencialmente sobre el lector desprevenido.
El libro encuentra algunos de sus encantos en la fluidez de su historia, en la facilidad con la que puede leérselo de un tirón en un sillón un domingo triste, en el ejercicio de una de las más legítimas razones de la lectura: el extraño placer que asociamos con leer. Ser lectora, ser lector, es saber que uno puede voluntariamente acceder a mundos paralelos. En tiempos de pantallas omnipresentes, casi parece magia negra. Estar solo con un libro. Leerlo de principio al final. Solo la noche es, ante todo, gris e hipnótico. El placer de leerlo es equivalente a mirar la lluvia por la ventana un día entero, sin otra ambición. Pero también hay que advertir que Solo la noche es un libro raro y único, digno del autor de Stoner, y a cuya falta uno puede augurarle una nostalgia futura.

John Williams

Stoner ha ingresado en muchos cánones íntimos, en muchas listas de los libros más importantes de mi vida. Es un libro que uno termina de leer sintiendo de golpe una pérdida casi tan sentida como la que transmite la noticia de una muerte. Solo la noche sirve, además, como consuelo de escritores noveles, como una melancólica introducción a ese monumento que es la novela consagratoria de Williams, también publicada por Fiordo en 2016 en traducción de Carlos Gardini (actualmente va por su undécima edición). A diferencia del gris Stoner, Max Evartz, el protagonista de Solo la noche es un bon vivant que depende de su padre, distanciado por sus interminables viajes de negocios. Lo conocemos al principio del libro mientras sueña que está en una fiesta elegante. De repente, los invitados comienzan a atacar y se despierta en su departamento. El primer párrafo del segundo capitulo comienza así: “Los rayos del sol de la mañana metieron sus dedos inquisitivos por las persianas a medio abrir y le tocaron la cara con tibieza y suavidad, impersonalmente. Se movió un poco y se hizo a un lado. Entonces el teléfono junto a su cama empezó a sonar y se irguió de golpe, sobresaltado, con los ojos abiertos, pero sin ver. Parpadeó y sacudió la cabeza para ahuyentar los persistentes restos del sueño. Levantó el teléfono.”
Max Evartz es demasiado vago y egocéntrico para entrar, siquiera por benevolencia, en la categoría de flâneur. La novela documenta un día en la vida de este sujeto cuyo clímax será un intenso y accidentado encuentro con su padre en el restaurante de un hotel. Como William Stoner, Max es un hombre que terminó en el margen de la vida, insatisfecho y atormentado. Es un observador que se deja llevar por las circunstancias. Williams retrata su mundo interior bajo la influencia de Proust y James Joyce. El milagro de una novela como Stoner es que nos llega a conmover y hasta fascinar una vida triste y malograda. Cuesta más empatizar con el protagonista de Solo la noche. Y justamente allí –para quienes intentan leer libros por placer pero también intentando ver cómo funcionan– está la fascinación de comparar Stoner y Solo la noche.
Hay algo molestamente fascinante en su deriva. Como en una obra de David Lynch, el libro expresa una profunda soledad, tan aniquiladora que converge con lo siniestro, como en los cuadros de Edward Hopper. Y lo llamamos soledad, pero es otra cosa. Es estar al borde de un abismo. Visto en contexto de la obra de Williams, Solo la noche es el prólogo de esa soledad que atraviesa el alma de Stoner, un hijo de humildes agricultores que, accidentalmente, se da cuenta que puede intentar dedicarle su vida a la literatura. Aunque ese amor por la literatura nunca vacila durante esa vida dedicada a la docencia en una universidad estatal, el resto de los elementos de su existencia se ven en jaque perpetuo por la mala fortuna: un mal jefe, un matrimonio en derrumbe constante, una relación confusa, distante y dolorosa con la hija, un trabajo que apenas da de comer…
Tal vez leer esta primera novela de un autor genial equivale a estudiar un dibujo en una carta de Van Gogh. Es un esbozo. Williams lo escribió cuando tenía veintidós años y era miembro de la Fuerza Área estadounidense en Burma (ahora Myanmar) durante la Segunda Guerra Mundial. El avión C-45 sobre el cual él era operador de radio fue derribado y tres de los ocho tripulantes sobrevivieron al aterrizaje forzado.
Según declara Nancy Gardner Williams, su ultima esposa, en una entrevista incluida en la edición de Nothing but the Night (título original en inglés) en la colección de The New York Review of Books, John Williams escribió Solo la noche mientras estaba en la jungla, convaleciente, sin nada para hacer. En esas circunstancias habrá sido un alivio habitar, mediante la escritura, una vida tan vacua como la de Arthur Maxley. Aunque hay un problema con esta historia. Según la biografía de Charles J. Shields, todo esto es invento. Es cierto que Williams estuvo en la Fuerza Área durante la Segunda Guerra Mundial y que participó en misiones de alto riesgo como radio-operador en un avión de abastecimiento. De hecho, pudo estudiar letras gracias a una beca para soldados. Pero Shields afirma que Solo la noche fue escrita después de la guerra. No es grave. Ni es el único. William Faulkner paseaba por Oxford Mississippi cojeando por una herida inventada. Decía que su avión había sido derribado -en la Primera Guerra Mundial– mientras volaba para la Fuerza Área Real de Canadá. Una invención total.
Considerando la familia de Stoner, a Salinger y Toole podemos agregar a Raymond Carver y Lucía Berlin. Con el resurgimiento de Stoner (desmontado magistralmente acá por Julian Barnes), John Williams, que en total escribió solo cuatro novelas, parece haberse instalado en el panteón de la literatura estadounidense del siglo XX. Quizás sea en ese gran fresco una figura pequeña y secundaria, pero está, y está claramente con su ingenio y su indudable potencia.

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