Un mundo ideal

Fruitlands, una experiencia trascendental reúne el diario y otros textos íntimos con los que Louisa May Alcott, autora de Mujercitas, recuerda esa comuna utópica que pretendía poner en práctica la filosofía trascendentalista de Emerson, Hawthorne y Thoreau.

NICOLAS ARTUSI
@sommelierdecafe
Fruitlands

“Un mundo en el que tú y yo podamos decidir cómo vivir sin nadie que lo impida”: con su potencia para el hit, Disney puso letra a un viejo anhelo norteamericano. Solo en la década de 1840 se fundaron más de ochenta comunas precursoras del hippismo entre las dos costas de un país que abrazaba el capitalismo desenfrenado de la Revolución Industrial: allí se liberaban los terrenos del yugo de la propiedad, se renunciaba al comercio, se respetaba a humanos y animales por igual y se negaba la tentación de la carne en pos de una elevación espiritual. Estaba todo dado para el fracaso. Y uno de los más estrepitosos fue el de Fruitlands, una comuna que pretendía poner en práctica la filosofía de los trascendentalistas (como Emerson, Hawthorne o Thoreau) y que en su afán de perseguir la belleza, la virtud, la justicia y el amor sin que entren el dinero, la urgencia, el desprecio o el odio solo duró siete meses. A las preguntas existenciales se superpusieron otras de carácter más práctico (¿cómo van a sobrevivir al invierno o qué pasará cuando caigan las primeras tormentas?) y el destino podrido de esa tierra de frutas habría quedado sepultado bajo un manto de hojas si no hubiera sido que allí vivió Louisa May Alcott, la autora de Mujercitas.

Tras el deseo de un padre dado más a la introspección que a la labranza, la familia Alcott fundó su propia comuna en 1843 cerca de Harvard, en un terreno de unos cien acres. Era un experimento trascendental condenado a la intrascendencia. La pequeña Louisa tenía diez años y ya atenuaba la angustia o el aburrimiento escribiendo, todo el tiempo: en Fruitlands, una experiencia trascendental (Impedimenta) se compilan fragmentos de su diario íntimo, cartas con los mandatos fundacionales de la comuna (horror: “¿Podré saborear un traguito de té o de café?, rezará tal vez una consulta. No. Abstente de todo lo ardiente, así como de las bebidas alcohólicas”) y, lo más importante, un cuento largo subtitulado Capítulo de un romance no escrito que parodia, con el espíritu agridulce de la fábula decimonónica que finalmente eleva el ánimo, la elipsis vital de la comuna, desde la ilusión inaugural hasta la decepción de la clausura. Nadie quiere vender el alma para sostener la carne pero los dictados del espíritu se rebaten con dilemas más prosaicos, como: “¿Y hoy quién lava los platos?”.

Midsommar, de Ari Aster.

Casi dos siglos después, no hay nada más actual que la idea del edén tardío. Ahí donde la ficción popular contemporánea se ensañe en la antiutopía, sean la novela El cuento de la criada o las series Years and Years y Black Mirror, la utopía supone una novedad o una rebelión. El ultracapitalismo se discute con el anhelo de apartarse de la sociedad y la ilusión de una existencia armonizada con el ambiente, las ideas y los sentimientos. Pero tal vez haga falta algo más que filosofía para sobrevivir. Y eso es lo que emparenta a la arcaica Fruitlands con Midsommar, la que probablemente sea la mejor película de este año: aun en el fracaso o el espanto, y apenas como posibilidad, el refugio utópico es la última esperanza intelectual para un mundo que se volvió invivible. En la quimera norteamericana del siglo xix o en la sueca del siglo XXI solo se vestirán túnicas de hilo, se negará el dinero, se consagrará el veganismo y se esperará la llegada del solsticio con la ilusión de un crédulo. Más que luz eléctrica o señal telefónica, será imperativo contar con una buena dosis de tolerancia a lo grotesco: en dos minutos, la fundación de un mundo se convierte en un picnic perpetuo. En Fruitlands, como en cualquier otra comuna, el idealista pensaba que el mundo todavía no estaba maduro para él: con la impunidad del fanático, mandó fruta (en el culto de Midsommar hizo cosas muchísimo peores). Parece difícil, por no decir imposible, enfocarse en el mundo de las ideas cuando en el mundo de los átomos crujen la panza o se llagan los pies. ¿Pero acaso no vale la pena fantasear con lo irrealizable? Según Alcott, Fruitlands estaba llamada a ser “un Paraíso donde la Belleza, la Virtud, la Justicia y el Amor pudieran convivir felizmente, a salvo de la intromisión de la serpiente”: noble en el afán de dejar atrás las apariencias y las vanidades de un mundo depravado, se hundió el día en que se quedaron sin madera ni maíz y ante una tormenta fuerte que se avecinaba empezó la desbandada. “El mundo no estaba preparado para la Utopía”, concluyó: “Y aquellos que se empeñaban por fundarla solo obtenían burlas a cambio de incontables quebrantos”. El pecado capital fue la credulidad, pensar que la sociedad se arregla con la contemplación introspectiva, la exaltación de lo espiritual o la represión del disfrute. La vida en los bosques es romántica porque es cierto, como dijo Thoreau, que somos en parte hojas y materia vegetal, pero es más cierto todavía que cualquier experimento social que condene el goce estará destinado al fracaso: según el maestro, “muy probablemente la alegría sea condición para la vida”.

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