Al César lo que es de César

Se reanuda, después de las denuncias por acoso y abuso sexual a Jean-Claude Arnault, la entrega del Premio Nobel de Literatura, y vuelven las preguntas: ¿Es el campeonato mundial de las letras?

FLAVIO LO PRESTI

Otra vez se otorgaron los premios Nobel, y otra vez se abrieron todas las preguntas que abren los premios periódicamente: ¿retribuyen objetivamente un mérito? ¿Son la medida de la excelencia literaria? Los premios son, desde siempre, un complejo resultado de condiciones políticas e históricas que utilizan, con una violencia relativa, la obra de los escritores como excusa de un statement, hoy quizás más que nunca: la dotación monetaria sería una indemnización por las molestias ocasionadas. Cuando revisamos las notas escritas y vemos los porcentajes con los que se calcula la cualidad representativa de los premios (tantas mujeres y tantos hombres, tantos europeos, tantos asiáticos y tantos africanos) nos damos cuenta inmediatamente de que la especulación pública no pasa por el mérito artístico (si es que una cosa así existe al margen de las otras variables consideradas) sino por la gravitación política y el morbo originado a raíz de lo que el premio estará diciendo con su decisión.

Peter Handke, Premio Nobel de literatura 2019

En el discurso de recepción del Nobel, William Faulkner pidió que los escritores escribieran con el corazón, y no con las glándulas: “Mientras no lo hagan –dice Faulkner–, trabajarán en la maldición. Escribirán no de amor sino de lujuria, de las derrotas en las que nadie pierde ningún valor, y de las victorias sin esperanza, y lo peor de todo, narrarán sin lástima o compasión”. Los lectores del mundo, encorvados sobre sus computadoras, parecen leer con las glándulas. Y esperar una bomba escandalosa, o ponerse la camiseta de las grandes editoriales que se frotan las manos a la espera de la unción.
De todos modos, el sesgo purista que reclama que el premio reconozca solo la excelencia literaria, un mérito exclusivamente artístico, es de una banal ingenuidad. ¿Pueden los candidatos de este año dejar de valer “literariamente” lo mismo que valen este año al año siguiente (y por lo tanto dejar de serlo)? ¿Son los candidatos “mejores” escritores que los que nunca son candidatos? Ni hablar de la alucinación romántica de postular la identidad personal entre autor y el sujeto de carne y hueso, portador de unos determinados atributos civiles, que sube al estrado a recibir la medalla. Son, todas, aristas de la fantasía ingenua de quien piensa la literatura como otra actividad con campeones.

Portada falsa de Time de 1979, tomada de El Péndulo 12

En su sueño meritocrático liberal titulado Nuestro pobre individualismo, Borges se espantaba de la conspiranoia argentina que desconfiaba de los premios literarios, y señalaba que “los americanos del Norte” y los europeos juzgaban que un libro era bueno si merecía un reconocimiento oficial. Quizás por eso en nuestra memoria de lector morboso Borges está subido como un ansioso rechazado por el Nobel, aunque también es una de las figuras que engalana la lista (célebre, neurótica) de los excluidos: Joyce, Proust y Kafka terminan de conformar el ignominioso cuarteto de una injusticia cuya existencia depende de lo ya dicho, una matriz que pone al premio en el lugar de una verdad en relación al valor.
Sartre lo rechazó por razones “personales” y “objetivas”. Las personales residían en que los honores recibidos por un escritor exponían a sus lectores a una presión que no consideraba deseable: “Si me suscribo de Jean-Paul Sartre no es lo mismo que si me suscribo de Jean-Paul Sartre ganador del Premio Nobel. El escritor que acepta un honor de este tipo genera una asociación con la institución que lo ha honrado”. Las objetivas dependían de que el premio involucraba a una institución occidental en el marco de una guerra que en tiempos de Sartre pasaba por simple (se limitaba al conflicto entre el bloque del este y Occidente) y que hoy es reconocidamente más amplia, reticular y total, y en la que el premio, como casi todo agente e institución cultural, debe reposicionarse (el año anterior fue suspendido a causa de las denuncias hechas a Jean-Claude Arnault por acoso y abuso sexual).

Olga Tokarczuk, Premio Nobel de Literatura 2018

¿Qué nos va a decir, con su particular elocuencia, el doble premio Nobel entregado por la academia sueca en este 2019? La espera terminó, y los premiados resultaron Olga Tokarczuk y Peter Handke. ¿Era más justo que quien recibiera el del 2018, vacante por los crímenes del depredador Arnault, fuera una mujer? ¿Se habrán detenido las especulaciones morales y políticas de los académicos en esas consideraciones?  Si leemos con el corazón, lo único que nos interesará es ir a buscar los libros de los dos. Anagrama está por publicar Los errantes, novela de la escritora polaca y, a mano, tenemos el libro de ensayos Contra el sueño profundo y la novela Los avispones, que Nórdica le publicó a Handke.
De momento, como después de la pelea Firpo-Dempsey en un viejo cuento de Cortázar, a todos nos invadió “una humillada melancolía casi colonial”: nuestro campeón de Coronel Pringles no recibió el premio, una vez más. Ya llegará, y se le dará al César lo que le pertenece.

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